25 de enero de 2019
25.01.2019
La Opinión de Murcia
Conversaciones

Leer

Cuatro de cada diez españoles no lee nunca, lo que se dice nunca. y de esos, la mitad alega que es por falta de tiempo

24.01.2019 | 19:11
Leer

Cada cierto tiempo, quizá con la cadencia de las olas de frío o de cualquiera otra penuria de esas que nos suceden a los humanos para recordarnos que los dioses son volubles y no nos quieren, de vez en cuando, digo, aparece el Barómetro de Hábitos de Lectura, elaborado por la Federación Española de Gremios de Editores de España, para darnos un mal rato a quienes nos dejamos la vida (en alguna parte hay que dejársela) en este oficio de juntar palabras y esperar que lleguen a algún sitio.

El último, que ha sucedido en estos días en que una montaña se ha enamorado de un niño y se niega a dejarlo ir; en que algún país hermano se acerca peligrosamente al abismo del enfrentamiento civil; en que las calles están cortadas y con el taxímetro en marcha, en estos días, decía, nos hemos enterado otra vez de que cuatro de cada diez españoles no lee nunca, lo que se dice nunca. Y de esos, de ese cuarenta por ciento de conciudadanos que rehúyen la lectura, la mitad alega que es por falta de tiempo mientras algo más de la tercera parte tiene un arrebato de sinceridad y confiesa abiertamente que no les gusta o no le interesa.

No será la primera vez que digo que, si he de elegir entre leer y escribir, elegiría leer. Pocas cosas me han reportado más placer, más compañía, más consuelo que la lectura. No recuerdo cuál fue mi primer libro, aquel que llevaba la dosis necesaria para convertirme en adicto irrecuperable ya para siempre. Intuyo que ni siquiera lo leí yo mismo, sino que me llegó a través de la voz de otro, pero aquella primera dosis dejó un eco de felicidad que he seguido buscando ya incansablemente, sin pausa. Leer es siempre un acto satisfactorio si tenemos en cuenta una simple regla: «Solo se debe leer aquello que no se puede dejar de leer».

El otro día, en uno de los talleres literarios que imparto, una alumna me conmovió con un comentario: «No sé si habré aprendido a escribir, pero estoy segura de haber aprendido a leer». Se refería, claro está, a reconocer lo maravilloso en lo escrito, a interpretar sus claves, sus secretos, su definitiva belleza. Otra adicta, irrecuperable ya.

Seguramente usted, que ha detenido por un momento sus afanes, sus quehaceres y sus apuros para dialogar conmigo esta columna, no necesite el consejo, pero por si acaso, hágase un favor y busque ese libro que le sacuda el alma, ese que sea capaz de asombrarle, de fascinarle, de apasionarle, y luego vaya por ahí contándolo, enganche a otros, sea rebelde contra la estadística, contra la basura de la tele, contra el cerrilismo y, sobre todo, contra el sistema que le quiere así, a la intemperie, iletrado y dócil.

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