18 de enero de 2019
18.01.2019
Grupo Treinta

Magallanes, al fin

El borde mar magallánico clausura cualquier horizonte y genera una sensación de introspección. El mundo no termina aquí, lo sabemos, pero hace una pausa: potente, liberadora, abrupta.

18.01.2019 | 04:00
Magallanes, al fin

Cuando en agosto de 1519 el explorador portugués embarcó en Sevilla pretendía superar la barrera continental americana y cumplir con la expectativa colombina: conectar Europa y Asia por mar. Lo consiguió. Para ello navegó hacia el sur, por un espacio sin referencias cartográficas, hasta llegar al estrecho que llamó "de Todos los Santos". Un mes después el mundo de los antiguos se había desvanecido: la salida occidental del estrecho era la entrada a un nuevo océano y, con él, a un nuevo mundo. Así empezó la modernidad, en este lugar remoto.

Como diría Vicente Huidobro, en Chile «los cuatro puntos cardinales son tres: sur y norte». Mil kilómetros al sur de Santiago la cordillera se hunde en el océano. ¿O es el océano el que empieza a meterse en la tierra? Así se extiende un archipiélago de cientos de islas, a miles de kilómetros de la isla chilena más famosa, Rapa Nui. Nada que ver el Chile polinésico con el Chile del desierto, ni este con el Chile de los icebergs. Todos ellos quedan lejos de Santiago, la capital que marca el centro de una cartografía nacional en vertical, encajonada entre la gran cordillera de los Andes y el inmenso océano Pacífico. Casi 6.500 kilómetros de costa, que en sus extremos concentran disputas históricas, unas geoestratégicas y otras honoríficas. ¿Cuál es el país más austral del mundo? La argentina Ushuaia posee el reconocimiento internacional como 'ciudad más austral', pero también está el chileno Puerto Williams, que se reivindica como el 'pueblo más austral'. Curiosidades aparte, ¿qué significa estar al borde de todo? Allí estuve, no tan al sur, pero en un lugar que pone fin al mundo.

El avión salió de Santiago a las 4:30 de la madrugada. El objetivo era conocer el estrecho de Magallanes, que durante los próximos tres años acaparará cierta atención. Celebramos (nosotros, los historiadores, con indisimulado -y, tal vez, excesivo- entusiasmo) el quinto centenario de la circunnavegación magallánica. Cuando en agosto de 1519 el explorador portugués embarcó en Sevilla pretendía superar la barrera continental americana y cumplir con la expectativa colombina: conectar Europa y Asia por mar. Lo consiguió. Para ello navegó hacia el sur, por un espacio sin referencias cartográficas, hasta llegar al estrecho que llamó 'de Todos los Santos'. Un mes después el mundo de los antiguos se había desvanecido: la salida occidental del estrecho era la entrada a un nuevo océano y, con él, a un nuevo mundo. Así empezó la modernidad, en este lugar remoto.

El avión llegó a Punta Arenas a las 8 de la mañana, 2.200 kilómetros después (un Murcia-Atenas). Durante el vuelo vi volcanes, glaciares, cerros nevados, un mar en calma, esperando al sol naciente. El frío a la salida del aeropuerto era una bienvenida previsible. Enseguida apareció el estrecho y se quedó ahí, definiendo el espacio y absorbiendo el tiempo. No se ve: está en todo, en la gama cromática, el viento constante, la vegetación ruda, las nubes que tridimensionan el cielo. El encantamiento es inmediato.

A través del aeropuerto de Punta Arenas llegan los turistas que van a las Torres del Paine, uno de los monumentos naturales más espectaculares. También llegan los suministros para las bases internacionales de la Antártida. La ciudad supera los 100.000 habitantes, muchos de ellos con apellidos croatas, descendientes de marineros dálmatas. Llegaron a Magallanes cuando el estrecho era el principal nexo entre Europa y los puertos del Pacífico, California despuntaba y todavía no se había abierto el atajo panameño. El poblamiento aumentó con españoles, ingleses, suizos, alemanes, italianos, algunos chilotes y argentinos atraídos por una fiebre del oro que no duró mucho y por el establecimiento subvencionado de la ganadería ovina. Luego la pesca y algo de petróleo.

Originariamente la zona había sido habitada por los selknam, indios canoeros que pintaban sus cuerpos y cubrían sus cabezas con máscaras durante ritos de iniciación que imitaban la dureza del hábitat. Hasta el siglo XIX no fue posible colonizar la zona. Puerto del Hambre marca el lugar donde españoles e ingleses fracasaron en sus intentos por establecerse y dominar el paso interoceánico. Morían por inanición. El Estado chileno forzó la ocupación por soldados y funcionarios con la construcción del Fuerte Bulnes, que luego fue presidio y cuenta la historia de una desalentadora supervivencia prorrogada durante décadas, propia de los lugares inhóspitos del planeta. Los ocho centímetros de tierra fértil, los árboles deformados por la dirección del viento, los arbustos de hojas recias y espinosos tallos configuran un paisaje que se protege a sí mismo. Frente al fuerte se divisa la Tierra del Fuego. ¿Hay algo más allá? El borde mar magallánico clausura cualquier horizonte y genera una sensación de introspección. El mundo no termina aquí, lo sabemos, pero hace una pausa: potente, liberadora, abrupta.

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