15 de enero de 2019
15.01.2019
Punto de vista

Finisterre americano

"Cuando ninguna fuerza política se ha mostrado capaz de proponer un eje transformador ni en un sentido constituyente, ni en un sentido reformista, ni en un sentido constitucionalista o rupturista, tiene su oportunidad el eje reaccionario que lleva tiempo buscándola"

15.01.2019 | 04:00
Finisterre americano

Lo menos que uno se puede traer de Santiago de Chile es distancia. Y en enero, un poquito de calor. Uno se siente optimista buscando la sombra a lo largo de La Alameda, sobre todo cuando piensa en el frío de Madrid. Necesitamos las dos cosas, distancia y calor, me digo, mientras atravieso la Plaza de Italia de este Santiago que sigue verde, a pesar del verano, regado con aguas del deshielo, cada vez más intenso. A pesar de todo, desde la terraza del hotel, veo imponentes las cumbres nevadas de los Andes, testigos de otra distancia, esta vez temporal, de realidades que nos recuerdan el átomo temporal que nos es confiado vivir. Ambas distancias son decisivas para cualquier reducción de absoluto. Y el eje actual de toda construcción de subjetividad distingue a los que se entregan sin distancias a posiciones absolutas y a los que no.

Algo tendremos que hacer. Si no aumentamos la población que asume un espíritu de concordia, nuestros sistemas democráticos tendrán problemas. Estos no desaparecerán insistiendo en los dualismos amigo/enemigo. Por eso no puedo compartir la agenda de Fassin o de Boaventura de Sousa Santos, que confían en una unión de las izquierdas. Suponiendo que se sepa qué es eso, queda la cuestión de si no será la mejor manera de reforzar la posición absoluta de la derecha. A este juego siempre gana la derecha y los españoles lo deberíamos saber bien. Una asimetría siniestra reside ahí y permite decidir la cuestión.

En efecto, qué sea la izquierda constituye un problema teórico complejo. Como tal, es muy difícil llegar a consensos materiales acerca de lo que incluye ser de izquierdas, su alcance y sus límites, así como los rumbos de acción a seguir. Ese problema lo resuelve la izquierda exitosa desde Lenin de un modo sencillo: identifiquemos un líder infalible que defina el asunto y sigámoslo ciegamente. Pero esa actitud, que se parece mucho al dicho escolástico de credo quia absurdum est («creo porque es absurdo»), es contradictoria con la pasión de la izquierda por la búsqueda de un futuro complejo y con la multitud de aspectos que pretende atender cualquier programa social innovador. Eso hace muy frágil las convergencias de izquierda, muy probable el culto a la personalidad, y muy improbable un carisma racional, antiautoritario y flexible.

Por el contrario, sabemos con toda exactitud qué es la derecha en términos materiales y percibimos que se presta a una formidable instrumentalización cínica en defensa de intereses privilegiados. Esto tiene que ver con un hecho: la izquierda se acredita en el futuro, incierto por naturaleza; la derecha se acredita en la defensa absoluta del pasado y eso siempre implica una fuerte socialización compartida. Así, mientras que definir qué es la izquierda es incompatible con su elevación a posición absoluta, la ideología derechista que vemos formarse entre nosotros no hace sino recoger lo más negativo y arcaico del aparato psíquico de cada uno, forjado por el magma del tiempo, que alguien ya se encargará de ponerlo al servicio de intereses inconfesables.

Así vemos cómo se produce la asociación entre el supremacismo, militarismo, imperialismo, aceptación incondicional de tradiciones, por brutales que éstas sean, por un lado, y la defensa de posiciones económicas de ventaja, sin apelar ya a las viejas legitimaciones del capitalismo. En la actualidad, esos intereses responden a los más retrógrados aspectos del capitalismo, que van desde la industria de las armas, la especulación sobre aspectos vitales (vivienda, educación), el desprecio por el medio ambiente o la privatización de servicios públicos, sin olvidar el sometimiento de muchas mujeres a intensa explotación. Lo que estos intereses necesitan para imponerse mediante decisiones de apariencia democrática son cortinas de humo que conecten con la basura psíquica: compensaciones inconfesables, resentimiento, caos existencial, brutalidad, miedos de toda índole, afectos reprimidos, desorientación y necesidad de salvación mediante entrega a posiciones absolutas que taponen ese caos.

Hans Ulrich Gumbrecht, que está muy presente en Chile, acaba de publicar un ensayo sobre estas tierras como el nuevo Finisterrae. Fue una conferencia que impartió en la delegación de la Universidad de Stanford junto con Sloterdijk. Eso me cuenta Ivan Jaksic, el director de la delegación, prestigioso investigador de historia intelectual. Esa posibilidad de mirar las cosas desde el fin del mundo, esa institución de distancia, forjó las peregrinaciones medievales, como la de Santiago. Dudo que volar a la capital de Chile cristalice en una práctica similar, pero veo que aquellas sociedades medievales eran más refinadas de lo que pensamos, y la práctica casi obligatoria de la peregrinación tenía un profundo efecto para reducir absolutos. Venir aquí y permanecer horas extasiado ante esas moles gigantescas, que desde millones de años miran con desdén la vírica agitación de la vida y que se han desprendido de infinitas toneladas de limo para producir la Amazonía y la Pampa, podría ser un buen método para limpiarse de basura psíquica, que casi siempre tiene que ver con la megalomanía.

La consecuencia de no entregarse a posiciones absolutas es la neutralización del fanatismo. El efecto de esta mejora es la producción de puntos de vista comunes. Sólo se puede pactar sobre elementos valiosos que no asumen una interpretación absoluta. De este tipo son casi todos los problemas reales y sociales y, justo porque son de naturaleza compensable, algunos actores tienen necesidad de presentarlos como absolutos para seguir gozando ilegítimamente de su estatus. El privilegio se defiende así. Esta estrategia es especialmente intensa cuando la situación política entra en esa zona en la que la democracia por sí misma no implica estabilidad.

Esto es lo que hay detrás del movimiento político de nuestro país. Cuando ninguna fuerza política se ha mostrado capaz de proponer un eje transformador ni en un sentido constituyente, ni en un sentido reformista, ni en un sentido constitucionalista o rupturista, tiene su oportunidad el eje reaccionario que lleva tiempo buscándola. Que Ciudadanos se haya prestado de forma tan inmediata a formar ese nuevo eje, muestra a las claras su carácter completamente insincero. Ciudadanos nunca tuvo una agenda reformista seria. La puso encima de la mesa mientras contenía la opción constituyente o lastraba un reformismo que afectara a intereses vitales de sus promotores. Ahora olvida completamente todas estas veleidades y se entrega a una política regresiva que es saludada con enorme satisfacción por el PP.

Pues en realidad las fuerzas reales que dirigen a Casado son las verdaderas triunfadoras del escenario presente. Ahora vemos con toda evidencia que las invocaciones de defensa de la Constitución que hacía el PP, en el fondo ocultaban una aspiración regresiva en todos los aspectos centrales. Se decía Constitución, pero en el fondo se querían decir "ni un paso adelante". La lógica inevitable de esta actitud, que dificulta resolver cualquier problema, impone una consecuencia: ahora, la mejor manera de no dar un paso adelante es colocar la ficha pasos atrás, en la casilla de salida de 1978. Esa opción por fin ha identificado el psiquismo en que apoyarse. Y eso es VOX. Por supuesto esto supone la pérdida por parte del PSOE de la centralidad que le daba la capacidad de estabilizar la Constitución. Que en Andalucía Ciudadanos gobierne con VOX muestra que no puede ser un candidato a sustituir al PSOE en esa función. La pretensión de Casado –un mandado en esta historia- de ser el centro del sistema es cínica y ridícula, toda vez que VOX es su otra cara.

Así que esto veo desde la distancia de este Finisterre americano. Nunca antes la Constitución del 78 estuvo más huérfana de apoyos políticos, pues sus defensores nominales ya impulsan políticas tan incompatibles con ella como los independentistas catalanes. Que eso coincida con la orfandad de intereses populares, políticos y sociales, de millones de votantes razonables, progresistas, dotados de sentido de lo justo, es la única esperanza. También la distancia forja sus ilusiones.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook