11 de enero de 2019
11.01.2019
Grupo Treinta

La casa de Salomón

Las riquezas de la Casa de Salomón son innumerables y abarcan todos los campos del saber. Incluso se afirma en La Nueva Atlántida, sorprendentemente, que se disponen de medios para circular por el aire y "buques y botes que navegan bajo el agua"

11.01.2019 | 04:00
La casa de Salomón

La Nueva Atlántida, fábula escrita por Francis Bacon en los últimos años de su vida y publicada tras su muerte, en 1627, cuenta el escritor inglés cómo un barco con 51 personas parte de Perú y atraviesa el entonces denominado Mar del Sur con la intención de atracar en las costas de China y de Japón. Los tripulantes del barco, agobiados por una situación límite de supervivencia, llegan a un lugar desconocido para la civilización, más allá del viejo y del nuevo mundo, la isla de Bensalén, o dicho de otro modo, el país de la paz.

Huéspedes en la ciudad que les acoge, residen en una institución que se denomina la Casa de Extranjeros. El gobernador de dicha institución, a la sazón sacerdote cristiano, les cuenta cómo veinte años después de la ascensión del Salvador, es decir, hacia el año 50 aproximadamente, una suerte de milagro permitió la conversión de los habitantes de la isla. Este pedazo de tierra perdido en el océano Pacífico conseguía de este modo salvarse del paganismo. Para justificar la legislación de la isla de Bensalén, el sacerdote se hace eco de las medidas adoptadas por un legendario rey, Salamona, un legislador divino de inagotable bondad capaz de establecer leyes perpetuas.

Entre las más atinadas decisiones del mítico rey se encuentra la creación de una sociedad, un colegio denominado la Casa de Salomón en donde los más sabios del lugar se dedican al estudio. William Rawley, teólogo y secretario de Bacon, ha escrito que la intención de su señoría con este proyecto era exhibir «un modelo o descripción de una casa de estudios, instituida para la interpretación de la naturaleza y la producción de grandes y maravillosas obras, para beneficio de la humanidad». Y las palabras de Bacon ratifican esta afirmación, pues en La Nueva Atlántida se lee que el fin con el cual se establece la Casa de Salomón «es el conocimiento de las causas y movimientos ocultos de las cosas», ya que de lo que se trata es de extender los límites del conocimiento humano. Las riquezas de la Casa de Salomón son innumerables y abarcan todos los campos del saber. Incluso se afirma en La Nueva Atlántida, sorprendentemente, que se disponen de medios para circular por el aire y «buques y botes que navegan bajo el agua». Entre los sabios que investigan en la Casa de Salomón hay compiladores e intérpretes de la naturaleza, todos ellos benefactores de la humanidad.

Sabedor de los bienes que provienen de la comunicación con el extranjero, el mítico rey, Salamona, ha dictado una ley que obliga a tres sabios de la Casa de Salomón a viajar en dos barcos, cada doce años, con la finalidad de informarse de los avances que se producen en las artes y en las ciencias por todo el mundo y traer, al mismo tiempo, libros de toda clase a la isla. Estos sabios de la Casa de Salomón permanecen durante algún tiempo fuera de la isla, en el extranjero. Forman una comisión que no comercia con oro, plata o joyas. Comercia con el conocimiento. Bacon emplea la metáfora de la Luz para expresar que la sabiduría es el único camino. De hecho, el nombre con el que se conoce a estos sabios que viajan por el mundo es el de mercaderes de la luz. Cuando uno de estos sabios retorna a la isla de Bensalén es agasajado por toda la comunidad.

Aunque se muestra receloso ante las innovaciones y la mezcla de costumbres, el mítico rey también se ha manifestado benevolente en sus leyes con los extranjeros que llegan a la isla. En este sentido, en La Nueva Atlántida se cuenta que, gracias a las buenas condiciones y medios de vida que se otorgan a los extranjeros, la mayoría de ellos permanece en la isla y no quiere volver a su patria. Ni que decir tiene que los tripulantes de este barco perdido en el Pacífico, del que se habla en La Nueva Atlántida, encuentran en la isla de Bensalén una acogida y una actitud tan generosa que les deja incluso más sorprendidos que los relatos que les transmiten los sabios de la ciudad. Bacon, además, señala con puntualidad que hay en la isla de Bensalén «benevolencia y una libertad y deseo de acoger cariñosamente a los extranjeros».
Quizá no sea casualidad, y con esto me despido, que el final abrupto de esta fábula sea una bendición del sabio de la Casa de Salomón, que autoriza a publicar esta historia «para bien de otras naciones».

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