09 de enero de 2019
09.01.2019
Pasado a limpio

La guerra del Año Nuevo

"Los seguidores de un líder se llaman gregarios; si lo son de un malvado, serán secuaces y si lo son de caudillos de la clase que sean, podrán ser fanáticos"

08.01.2019 | 21:12
La guerra del Año Nuevo

De todos es sabido que el hombre, antes de ser agricultor, fue nómada primero. En la tribu, el hombre y la mujer siempre han hecho el mismo camino, aunque no fueran conscientes de ello. La mujer tardaría aún mucho tiempo en mostrarse señora de su casa, pues entonces, como ahora, para tener casa había que tener algo más que un salario. Que la sal sirviera como remuneración al trabajo no parecía satisfacer a Cicerón, que decía que vivir de un salario era indigno de un hombre libre, tal vez porque en Roma existía la costumbre de pagar periódicamente a los esclavos con sal, e incluso comprarlos con sal, pues los griegos decían despectivamente de alguno que no valía ni su sal. Algo más prestigiosa era la soldada con la que se pagaba a los militares reclutados, de donde viene el sueldo.

Pero tampoco éste se pagaba con gusto, pues el primer honor del ciudadano era servir a la milicia de su polis y para ello tenía su panoplia, que le permitía pertenecer a los mejores cuerpos de ejército cuanto mejor armada estuviera. Cayo Mario, el tercer fundador de Roma, incorporó al ejército a los proletarios, aquellos que no tenían propiedades y que lucharían a cambio de la soldada que pagaría el Estado. Por si no bastaba con el sueldo, el lema de Horacio debía compensar su falta: dulce y honorable es morir por la patria.

Hacía una metáfora Heráclito cuando dijo que la guerra es el origen de todas las cosas. Aunque él escribió padre, tal vez porque el principal motivo de la guerra es la patria. Para iniciar las campañas militares, en los tiempos antiguos, el año empezaba en marzo, que era el mes de Ares, dios de la guerra, Marte en la versión latina. Cuando el ciudadano iba a la guerra, abandonaba los campos, perdía sus cosechas, se endeudaba y terminaba esclavizado por sus acreedores, que aumentaban su patrimonio con las tierras de los depauperados milicianos, mientras que aquellos iban a la guerra como militares de rango y mantenían sus tierras con el trabajo de los esclavos. Cuando los Gracos intentaron reformar el sistema que tendía a colapsar por el aumento de las desigualdades, fueron hostigados hasta la muerte, para dejar claro quiénes mandaban en la antigua Roma.

Las campañas en Hispania provocaron el cambio del calendario cuando el cónsul Quinto Fulvio Nobilior pidió al Senado que se adelantara el comienzo del año para que diera tiempo a reclutar y desplazar un ejército de 30.000 soldados hasta Segeda, cerca de la actual Calatayud. El Senado acordó que el año consular empezaría en las calendas de enero, el mes dedicado a Jano, el dios de las puertas que tenía dos caras, no para entrar y salir, sino para abrir y cerrar. Podría pensarse que desde entonces el mundo se abriera a los romanos, pues Hispania fue el primer territorio fuera de la península itálica al que se expandió Roma, aparte de la Provenza, tan provinciana ella. Mas la otra cara es la de un mundo cerrado a dos grandes clases, la de los asalariados y la de los que gobiernan a la soldadesca.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, incluso se ajustó el pequeño desfase de unos once minutos del calendario juliano. El cálculo lo hicieron en la Universidad de Salamanca, para seguir con la tradición de que fuera Hispania el origen de los cambios en el calendario, pero el mérito se atribuyó al papa Gregorio XIII, en cuyo honor se llama gregoriano.

Los que gobiernan a los asalariados no quieren tener esclavos, pues es más barato pagar escuálidos sueldos que retribuyen el precio de una imaginaria libertad. Es éste un sueño económico, pero también político, pues tal es la democracia cuando se convierte en una marioneta en manos de los plutócratas, servidos fielmente por demagogos sin escrúpulos para los que la verdad vale tanto como la mentira.

Mentira no es el tiempo, que transcurre inexorable sin que nada podamos hacer para detenerlo. Fue Albert Einstein quien demostró que, pese a todo, la temporal es una dimensión elástica, pues no discurre a la misma velocidad para todos, pese a la sensación subjetiva del transeúnte. El tiempo no existe en la gloria, donde uno puede escuchar a Freddie Mercuri, a Luciano Pavarotti o a Monserrat Caballé, que a diferencia de María Callas, tuvo un marido al que casi nadie recuerda, porque para el amor no hay visibilidad que importe, ni barrera que lo contenga, pues el amor es la fuerza más poderosa del universo. Es el lema de la película Interestelar, pero está contenido también en miles de obras de arte, literarias y en alguna otra que pasa por ser una revelación divina, por más que muchos de sus seguidores no entiendan el mensaje.

Los seguidores de un líder se llaman gregarios; si lo son de un malvado, serán secuaces y si lo son de caudillos de la clase que sean, podrán ser fanáticos. Y aunque no lo parezca, distintos son los fantásticos. En particular, los militantes y seguidores de ciertos partidos creen cuentos de ciencia ficción, como que los problemas de la sociedad se arreglan con cuatro recetas que contienen el odio en su composición. El odio al diferente es el caldo de cultivo de las guerras, el que provoca las migraciones y el que alienta la masa que sigue una divisa. En general, las banderas son agitadas por quien nunca morirá por ellas.

Ayer un anciano pedía ayuda frente a un cajero y los transeúntes desconfiaban de su aspecto o de una estrafalaria celada. El hombre necesitaba sacar unos euros de su exigua cuenta, pero es analfabeto y vive en la calle. La ley que obliga realizar todas las transacciones en los bancos, a rezar en el tempo de Juno Moneta, y que permite el desahucio del indigente no es justa, sino perversa celada, por más que creamos que vivimos en una democracia y que superamos la crisis. La de la supervivencia es la misma guerra de todos los años.

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