14 de diciembre de 2018
14.12.2018
Grupo Treinta

Imaginar el futuro

13.12.2018 | 21:35

En 1969 el ser humano pisó un astro distinto al que le vio nacer. El impacto que ese acontecimiento tuvo en el imaginario colectivo fue tremendo, pero en realidad llevaba años, décadas, preparándose. Sin ir más lejos, un año antes, el escritor Arthur C. Clarke publicó su libro 2001: odisea en el espacio, y Stanley Kubrick hacía lo propio con la película homónima (basada en la obra de Clarke).¿Qué relación tienen con la llegada a la Luna?

Podríamos preguntarle a Wernher von Braun, un niño lector de Verne y Wells que acabó enamorado de los cohetes. Durante los años 30, esa ilusión infantil le espoleó para convertirse en el ingeniero jefe culpable de los desastres del cohete V-2, arrojados sobre los aliados durante la Segunda Guerra Mundial... que también fue el germen del viaje espacial. Tras la guerra, von Braun se nacionalizó estadounidense y lideró la rama de la NASA dedicada al desarrollo del Saturno V, el cohete que llevó a tres hombres a la Luna. El cohete y el viaje a la Luna habían pasado de la imaginación al mundo tangible.

Ahora saltemos a China, año 2007. Neil Gaiman, celebrado autor de ficción, fue invitado al primer congreso de ciencia ficción aprobado por el Gobierno chino. Movido por la curiosidad, preguntó a un alto oficial la razón del evento, después de tanto tiempo dando la espalda a ese género por considerarlo inútil. «Es simple. Los chinos somos brillantes fabricando cosas si otras personas les dan los planos. Pero no innovan e inventan. No imaginan». Así que enviaron delegaciones a empresas como Apple, Microsoft o Google y hablaron con gente que trabajaba allí. Descubrieron que casi todos habían leído ciencia ficción siendo jóvenes. Esté correlacionado o no con ese apoyo al género, en el año 2015 Cixin Liu ganó el premio Hugo (el más importante de la ciencia ficción) a mejor novela. Era la primera obra traducida al inglés que lo conseguía.

A veces olvidamos el poder de la ficción. Incluso aunque vivimos en una ficción que aceptamos y conforma nuestra sociedad (leyes, derechos, naciones, religiones...). Olvidamos que construimos sobre las ficciones generadas previamente. Cuando los fundadores de Estados Unidos quisieron crear una nación justa, desarrollaron ideas que habían imaginado Montesquieu y Locke. Cuando von Braun creció, pensó en Julio Verne y Wells.

La ficción nos puede enseñar otros mundos u otras formas de gobierno. Nos puede llevar a lugares donde nunca hemos estado o ayudar a mejorar nuestra realidad. Sin embargo, hemos visto durante años cómo librerías, canales de televisión y cines se llenaban de zombies y otras catástrofes apocalípticas. El ser humano devorándose a sí mismo. El filósofo Slavoj ?i?ek ha señalado al respecto: «Todos aceptamos silenciosamente que el capitalismo global está aquí para quedarse. Por otro lado, estamos obsesionados con las catástrofes cósmicas: la vida entera en la Tierra desintegrándose debido a un virus, o a un asteroide impactado contra la Tierra, y así sucesivamente. La paradoja es que es mucho más fácil imaginar el final de toda la vida en la Tierra que un cambio radical mucho más modesto en el capitalismo». Nos dejamos derrotar; la realidad es un muro demasiado sólido para ser moldeado. Es más cómodo relajarse y sobrevivir en nuestro mundo que pensar que puede ser diferente, que podemos cambiarlo.

«Vivimos en el capitalismo. Su poder parece inexorable. También lo parecía el derecho divino de los reyes», dijo la escritora Ursula K. Le Guin. Y su ficción se quebró. Los reyes, antes divinos, intocables, fueron destronados, secularizados; el vasallaje, que denigraba a unas personas frente a otras, se acabó. Y otras ficciones tomaron el relevo.

Podemos cambiar nuestra realidad, y para ello podemos crear nuevas ficciones. Utilizando otra analogía de ?i?ek: está bien, hemos derribado al líder Sutler y su régimen dictatorial (V de Vendetta), pero ¿después qué? ¿Qué sociedad construimos? Y, también, ¿cómo vamos a Marte y sobrevivimos en un ambiente tan hostil? ¿Conseguiremos viajar a distancias mayores? ¿Salir de la galaxia? ¿Cómo transferir nuestras mentes a una red? ¿Qué consecuencias tendría eso?

Estas preguntas que lanza la ciencia ficción sirven para moldear nuestro futuro, para concebirlo, pero además encuentran a personas que las recogen, las examinan y se disponen a responderlas. No son pocos los ingenieros y científicos que se lanzaron a estudiar e investigar espoleados por historias de ciencia ficción.

Wells, Verne y otros inspiraron los cohetes y los viajes a la Luna, F. Pohl y C. M. Kornbluth nos avisaron en fecha tan temprana como 1953 de los derroteros que podría recorrer la publicidad en su novela Mercaderes del espacio, K. S. Robinson se propuso imaginar cómo sería la terraformación de Marte en Marte rojo, U. K. Le Guin reflexionó sobre la sexualidad en La mano izquierda de la oscuridad, M. Older pensó un futuro microdemocrático en Infomocracy, P. Bacigalupi nos avisa sobre las consecuencias del cambio climático en sus novelas La chica mecánica o Cuchillo de agua, L. Tidhar nos habla de convivencia pacífica entre IA's independientes y el ser humano en Estación Central, A. Palmer medita sobre el nacionalismo, la guerra o el género en su saga Terra Ignota...

Y tantos otros son los que nos ayudan a imaginar el futuro. Como dijo Ray Bradbury, «la ciencia ficción es la literatura más importante de la historia del mundo, porque es la historia de las ideas, la historia de la civilización pariéndose a sí misma?».

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