11 de diciembre de 2018
11.12.2018
Punto de vista
PosAndalucía

Cs en la trampa

"Si alguna vez Cs tuvo la intención de ser un partido dotado de un concepto integral de reforma del Estado, ahora es el momento de que lo recupere. Ya no podrá vivir del anti-independentismo radical"

11.12.2018 | 09:22
Cs en la trampa

Si algo hemos aprendido en esta crisis es que la fidelidad de la gente hacia las ofertas electorales sufre una profunda crisis. Sólo algo se mantiene firme: la decisión de dos millones de catalanes de no ser españoles. Ellos se han vinculado a la condición utópica de su república y sólo el vínculo con lo invisible se manifiesta invencible en la historia. Se le llama fe, y nada en el mundo puede destruirla, pues se cree en algo que no es de este mundo. Más allá de esto, todo está en el aire.

Así que nadie debería cantar victoria. Las decepciones no han hecho más que empezar y producirlas no va a ser monopolio de la izquierda. En realidad, lo visto en Andalucía no es una gran sorpresa. Cuando se analizan los resultados, como hacía El País el pasado sábado, resultan bastante previsibles. El PSA-PSOE se mantiene en los pueblos pequeños, agrarios, con menor nivel económico y cultural. El PP, por su parte, se mantiene en las franjas de edad más altas. Los dos son partidos envejecidos, con poca capacidad de respuesta. Se ha repetido mil veces. Frente a ellos, la apuesta por Cs, Podemos y ahora Vox ha sido mayor allí donde el núcleo urbano es más extenso, con mejor poder adquisitivo y mayor el nivel del estudios. Los jóvenes, universitarios y urbanos se orientan hacia estas posiciones.

Lo sucedido en Andalucía remarca un proceso iniciado con anterioridad, constante desde las últimas elecciones. Que el PSOE o el PP retrocedan en Andalucía no es un misterio. Es una tendencia de largo alcance, y respecto de ella la única cuestión digna de análisis es que Podemos y Cs no han podido beneficiarse de la erosión del PP y del PSOE. Las dos opciones de renovación no han logrado mantener la tendencia de sustitución de las viejas fuerzas y han quedado lejos de sobrepasar a sus partidos de referencia. Sin embargo, los motivos de esta frustración son completamente diferentes en el caso de Cs y de Podemos. Esta común decepción no se explica desde tendencias sociales, sino por motivos políticos. No es una tendencia, sino una decisión. Llamo motivos políticos a las reacciones concretas ante la evolución de la situación española y europea, y suponen un juicio de acierto o de error acerca de la actuación de los líderes.

Así entendidos, los motivos políticos son reversibles. La tendencia, menos. Los motivos que han llevado al retroceso de Podemos son sencillamente que los discursos de sus líderes no han logrado superar el estilo del alcalde de Marinaleda. Pero Gordillo, a quien conocí como estudiante en los Jesuitas de Úbeda, procedía del mítico campo andaluz y poseía una épica de la tradición jornalera. Imitarlo en el tono, en las formas y en la radicalidad del discurso para dirigirse a votantes urbanos, formados y universitarios, es un error de bulto. Esa oferta no puede entusiasmar. Rodríguez ha recogido los votos tradicionales de IU, pero ha soltado lastre de los votantes de Podemos, que esperan un partido para hacer evolucionar el Estado, en su totalidad, hacia una constitución social y política más justa y moderna.

En efecto, España está en una situación en la que se decide si emprendemos una ruta de reactivación del poder constituyente de mayor o menor calado. Frente a esta posibilidad, las fuerzas conservadoras pretenden imponer su idea de que tal cosa es ilusa, inviable y contraproducente. Para ello, intentan introducir todo el miedo posible acerca de los inconvenientes de una época de inestabilidad, fragilidad e inseguridad. Podemos no vino para defender un regionalismo radical, como pueda ser el andaluz, sino para dinamizar todos los niveles institucionales e integrarlos al servicio de la meta de una regeneración de España en progreso y justicia, en eficiencia y en igualdad. Desconectar una campaña electoral de esta meta es perder de vista el horizonte y la finalidad central. Fue esa meta la que dio votantes y entusiasmo, expectativa y confianza, y todo desaparece cuando se promete una autonomía más fuerte, algo que sólo será posible desde una reforma profunda del Estado.

Por supuesto, corregir un error con otro forma parte de los hábitos de líderes que no saben asumir responsabilidades. Pues ignorar que lo que se juega es el Estado, su forma, su contenido, su estructura, deja al electorado a merced de opciones que, por muy equivocadas que sean, al menos tienen claro que el juego va de eso y ofrecen sus propuestas sobre cómo entienden ellos el Estado. Pero ante las consecuencias de ese error, responder con un diagnóstico que nos retrotrae a los años 30 es un error mayor, pues a la ignorancia teórica añade la improductividad práctica. Cuando el sábado en la Sexta escuchaba a Monedero comparar esta situación con la de la República de Weimar, no solo sentía pena de esa tendencia a identificarse con los perdedores, sino tristeza ante el hecho de que Podemos no esté en condiciones de producir una inteligencia madura.

La historia se cuenta para identificar la especificidad del presente, no para afirmar la presencia de cualquier pasado entre nosotros. Eso es más bien pereza intelectual. La crisis de 1930 no tiene nada que ver con el capitalismo financiero del presente y sus problemas. Y los partidos actuales no tienen nada que ver con las formaciones políticas de concepciones totales del mundo de la época de Weimar. Ahora ni tienen ni proyectan ideologías totales. Sin ellas, no hay fascismo. Aunque los efectos de opciones como Vox puedan ser tan perversos como el fascismo, no son opciones fascistas ni por morfología, estructura, finalidad y proyecto. Y combatirlas como si lo fueran no es sino errar el tiro y desconcertar a la opinión pública con exageraciones que evidencian un colpaso intelectual. Con este discurso, Podemos no podrá mejorar sus prestaciones, y lo mejor que deberían decidir sus líderes es dejar a las opciones de Carmena y Errejón hacer su campaña con libertad y luego examinar las consecuencias.

Pero quisiera decir algo del motivo político por el que Cs no ha podido beneficiarse de la tendencia hacia la decadencia del PP. Claro, ha influido la irrupción de Vox. Pero la cuestión es preguntarnos por qué ha sido así. Y creo que eso tiene que ver con la razón de que ha calado la idea de que C's ha desperdiciado su victoria en Cataluña sin presentar candidato ni batalla. Y ante el hecho evidente de que el PP no existe en Cataluña y ante la valoración de la aplicación del 155 como blanda, el electorado de derechas se ha movido a la radicalidad extrema. Pero aquí, como allí, la cuestión es que toda elección ahora se realiza en clave de Estado y de su futuro.

Por supuesto, la noticia es terrible para Cs. La euforia del PP tiene que ver con el hecho de que ahora tiene cogido a Rivera en un sándwich. Diga lo que diga Rivera sobre Cataluña, ya no tendrá un voto más por pedir el 155. Los electores radicalizados se irán a la posición de Vox, un partido teledirigido por el PP, y diseñado para neutralizar a Cs, pues hay una profunda desconfianza de las fuerzas centrales sobre un partido catalán, con fuerzas económicas catalanas detrás. Si alguna vez Cs tuvo la intención de ser un partido dotado de un concepto integral de reforma del Estado, ahora es el momento de que lo recupere. Ya no podrá vivir del anti-independentismo radical. Con eso, los votos del PP desorientados se irán a Vox. Tarde o temprano, C's tendrá que decidir si hace o no el juego a la estrategia que ha desplegado el aznarismo para desactivarlo. Pues la finalidad última del PP es imponer la idea central de que el estatus quo es inamovible y que España no necesita reforma alguna.

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