07 de diciembre de 2018
07.12.2018
Verderías

Lotería

"Es el mismo carnaval probabilístico de todos los años. La escenografía de una felicidad artificiosa sustentada en la suerte y no en la lucha personal por la felicidad simple y cotidiana"

06.12.2018 | 17:04
Lotería

La lotería de Navidad, en la que ya andamos todos cerrando nuestras opciones, es una cosa que siempre toca en Madrid, Burgos o en Sabadell, excepto que seas de Madrid, Burgos o Sabadell, en cuyo caso toca en Dos Hermanas o en Guadix. Esto es así: una verdad estadística e irrefutable que sin embargo se quiebra de cuando en cuando para unos pocos elegidos por el destino.

Entonces, los poseedores del número mágico de la fortuna preñan sus caras de felicidad, dan saltos, se abrazan lujuriosamente con sus vecinos y manifiestan ante las cámaras de televisión los proyectos de consumo que empiezan a rondar por sus cabezas segundos después de conocer el premio y que casi siempre comienzan tapando agujeros.

Es el mismo carnaval probabilístico de todos los años. La escenografía de una felicidad artificiosa sustentada en la suerte y no en la lucha personal por la felicidad simple y cotidiana. La escena es idéntica año a año y los personajes se repiten clónicamente: Están los niños de San Ildefonso, colectivo peculiar y entrañable con peso propio en la historia de España; los agraciados, personas normalmente modestas cuyas vidas dan un bandazo radical en un simple instante; los directores de los bancos, que se lanzan sobre los agraciados esgrimiendo la más ejecutiva de sus sonrisas. Están quienes desesperan por haber estado 'a un número' de conseguir el premio, sin ser plenamente conscientes de que es igualmente probable tener un número cualquiera que justo el que precede al número premiado. Están los loteros felices que han vendido el décimo mágico. Está el desgraciado que le da el infarto tras enterarse del premio del que disfrutarán, no sin pena, su viuda e hijos. Están también los periodistas, quienes año tras año hacen el meritorio esfuerzo de cubrir una noticia que es exactamente la misma que la del año pasado. Y estamos, por fin, los demás, todos nosotros, que tendremos que seguir posponiendo los sueños de prosperidad para cifrar la supervivencia en un trabajo que para muchos resulta agobiante y rutinario.

La lotería es una catarsis que tiene, igual por igual, un punto emocionante y otro punto fraudulento. Las noticias del día siguiente al Gordo suelen congratularse de que el premio esté muy repartido o haya beneficiado a una barriada modesta, como si la lotería fuera un mecanismo azaroso de justiciera redistribución de la riqueza en clave socialdemócrata. Algo así como el Zorro, Robin Hood y Bakunin dando vueltas en el bombo.

Andamos en estos días comprando y guardando trocitos de papel que nos asegurarán la felicidad para después del premio. Bien, es una tradición vieja e ilusionante, que además crea redes, sirve de excusa a las conversaciones y nos hace solidarios con los niños en viaje de estudios.

Que Dios reparta suerte, pero que tampoco se nos vayan los sueños a territorios en los que no somos nosotros, sino el azar, quienes tenemos la capacidad de ejercer el control sobre nuestras propias vidas.

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