30 de noviembre de 2018
30.11.2018
Grupo Treinta

Los caminos de Santiago (de Chile)

30.11.2018 | 04:00
Los caminos de Santiago (de Chile)

La primera vez que crucé el Atlántico rumbo al sur no sabía qué me encontraría. Neruda me había acompañado durante buena parte de mis estudios universitarios bosquejando un lugar de descanso mental, una tierra y su mar, un cielo y sus estrellas, desmaterializados por el verso, por el amor y la desesperación. Eso era básicamente lo que sabía de Chile. Eso y las alamedas de Allende y la dictadura de Pinochet, alguna canción de Jara, lo que sabe todo el mundo. En el momento de subir al avión Chile era no más que un latido intenso, porque me había enamorado de un chileno y con él crucé un océano, medio continente y una cordillera hasta aterrizar en Santiago. 11000 kilómetros, doce horas de vuelo, seis franjas horarias.

Dicen que Santiago se parece a Madrid. Entonces pensé que no tanto, aunque año tras año los trasvases entre España y Chile han ido develándose. Los terremotos dejaron poco del Santiago colonial y es el Santiago republicano el que se asemeja urbanística y arquitectónicamente a Madrid, no por una influencia mutua, sino por las referencias comunes de los modelos europeos en auge durante los siglos XIX y XX. No obstante, son las contingencias las que van calibrando los acercamientos y distanciamientos entre ambos países. En mis primeros viajes percibía que el santiaguino cargaba todavía con el peso del toque de queda, de la vida hacia dentro, en la casa, interrumpida por el trabajo y ocasionalmente por las manifestaciones y caceroladas que fueron despidiendo lentamente al pinochetismo.

En los últimos años una generación sin la marca de la dictadura ha tomado definitivamente las calles de Santiago. El encuentro y la denominada 'conversa', la charla a la intemperie de las terrazas de los cada vez más abundantes (y sofisticados) cafés y restaurantes se alternan con los reclamos contra un sistema económico que ha hecho de Chile el país de las desigualdades. Hubo una 'Primavera Chilena' que sucedió en el otoño austral. Mientras los indignados españoles ocupaban la Puerta del Sol, los pingüinos (estudiantes de secundaria, llamados así por su uniforme escolar) y los universitarios marchaban por la Alameda demandando una educación gratuita y de calidad, dos cualidades difíciles de conjugar en el modelo neoliberal implantado por ley en dictadura y no corregido hasta entonces por los Gobiernos democráticos. Aquel año los recortes auguraron una degradación de la educación pública en España, aunque todavía no se prefiguraba el rédito que llegarían a obtener de esto los privados y concertados.

Poco después la Alameda volvía a llenarse de quienes pedían un sistema de pensiones público. El diseñado por la dictadura y vigente hoy se basa en el ahorro forzoso y la creación de un fondo personalizado que ingresa al mercado de capitales bajo la gestión de una empresa privada. En 2008 la crisis bursátil determinó la quiebra de cientos de chilenos que aquel año debían jubilarse: sus pensiones se habían desvanecido en la tormenta financiera mundial. Un día, un gran cartel publicitario atrajo mi atención en la estación de Atocha: «El puente hacia tu jubilación», anuncio aumentado de lo que de tanto en tanto nos ofrecen nuestros bancos, generalmente en coincidencia con el mediático vaticinio del quiebre de la hucha de pensiones.

Las proyecciones cruzadas entre España y Chile se repiten en cuestiones que han aparecido en los últimos años y que están por resolverse: la burbuja inmobiliaria, que ha cambiado el paisaje de Santiago con cientos de nuevas torres (hasta cuarenta plantas con departamentos de treinta a cincuenta metros cuadrados); la inmigración, que ha llenado la ciudad de otros colores y acentos, sobre todo caribeños; las mareas moradas o los secretos de la Iglesia.

Hay trasvases que, sin embargo, parecen truncados. En 2010 fue inaugurado en Santiago el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, diez años después de que un juez chileno iniciara el procesamiento de Pinochet por su responsabilidad en el asesinato y desaparición de presos políticos de la dictadura. Una primera orden de detención había sido emitida por un juez español. Fue en 1998. En 2018 España combate con su memoria polemizando sobre la exhumación de su dictador, mientras sus desaparecidos siguen esperando ser inhumados, contados. «Ayer/de tumbo en tumbo/Hoy/de tumba en tumba», que diría Nicanor Parra.

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