16 de noviembre de 2018
16.11.2018
Grupo Treinta

Elena Francis ya no vive aquí

La reciente publicación de un libro a propósito del célebre consultorio sentimental radiofónico ofrece una ocasión interesante para reflexionar sobre el ejercicio del poder en términos de dominación sociológica pura.

16.11.2018 | 09:14
Elena Francis ya no vive aquí

El consultorio sentimental dirigido por un personaje que pocos sabían ficticio, Elena Francis, emitía a las ondas lecciones de una ignorancia y de un conservadurismo indigerible y conjuraba viejos problemas familiares eternamente renovados (la violencia, el alcohol, la convivencia, la sexualidad) dentro de un esquema viciado de origen pues negaba el cambio social con la esperanza de mantener los valores familiares tradicionales, o una parodia de ellos, porque daban sustento a las instituciones públicas de la época, esencialmente inmovilistas.

La reciente publicación de un libro (Armand Balsebre y Rosario Fotova, Las cartas de Elena Francis, Cátedra 2018) a propósito del célebre consultorio sentimental radiofónico ofrece una ocasión interesante para reflexionar sobre el ejercicio del poder en términos de dominación sociológica pura. Asombra la combinación entre ignorancia, estructuras familiares tradicionales, atraso secular propio de una población aún muy rural o en un creciente proceso de inmigración a las ciudades con la modernidad, con el uso moderno y avanzado de la tecnología, en este caso la radio. Aunque el repertorio de valores tradicionales parecía destinado a perdurar indefinidamente anclado en la vida española, la presencia del cambio social y experimentos políticos como los de la II República, así como la propia evolución del régimen franquista, obligaban a la familia tradicional a cambiar en un contexto menos rural, más industrial y urbano, en el que la incorporación de la mujer a la vida extrafamiliar y la diversificación de la renta estaban configurando un rostro más moderno de la realidad nacional. Naturalmente las instituciones públicas nada entienden de cambio social, buscan principalmente la estabilidad del sistema. Este tipo de planteamiento es eminentemente autoritario pues la única intención de los poderes públicos instituidos que niegan la variabilidad social es la estabilidad a cualquier precio, lo que nos lleva a un patente inmovilismo.

El consultorio sentimental dirigido por un personaje que pocos sabían ficticio, Elena Francis, emitía a las ondas lecciones de una ignorancia y de un conservadurismo indigerible y conjuraba viejos problemas familiares eternamente renovados (la violencia, el alcohol, la convivencia, la sexualidad) dentro de un esquema viciado de origen pues negaba el cambio social con la esperanza de mantener los valores familiares tradicionales, o una parodia de ellos, porque daban sustento a las instituciones públicas de la época, esencialmente inmovilistas. En las respuestas dadas, se negaba cualquier cosa que pudiera cuestionar el sagrado orden vigente, considerado el orden de siempre. El espejismo de la estabilidad inamovible no es nuevo, y en numerosas ocasiones a lo largo de la historia el pensamiento de la reacción, aunque erróneo, ha sido revelador de una determinada sociología. Así un conservador declarado, un profundo e inteligente enemigo de la democracia, como era el escritor ateniense Jenofonte, escribió su Económico sobre la gestión del hogar relegando a la mujer a la esfera de lo privado en una época en la que ya faltaba poco para que esta pudiera ejercer derechos tan avanzados para aquel tiempo como gestionar su testamento, sus propiedades o no cumplir con la costumbre del epiclerato que obligaba bajo ciertas circunstancias a contraer matrimonio con el pariente varón más cercano al marido fallecido. Ese mundo tradicional empezaba a dejar de existir cuando Jenofonte escribía.

Salvando diferencias de tantos siglos, también el mundo que pretendían salvar los creadores de Elena Francis era un mundo que iniciaba su ocaso, lento ocaso en términos biográficos y personales; algo más rápido en una escala histórica. En el campo la imagen del señorito se había convertido en algo progresivamente más molesto, menos paternal, y mucho más asfixiante como se atestigua en Los santos inocentes de Miguel Delibes. En el mundo de la ciudad, entre las clases populares urbanas, no se negó abiertamente el, llamémoslo así, patriarcalismo imperante. Pero sí era un mundo en cambio, un mundo como el que reflejaban las novelas y relatos de Mercè Rodoreda. En una de sus obras, La calle de las camelias, una valiente novela de formación, el papel protagonista lo desempeña en solitario una mujer que encuentra en la prostitución, es decir, en una forma extrema de libertad sexual, un medio para abrirse paso en la vida e independizarse de la tutela del varón. Una tutela que en las novelas de Rodoreda puede aparecer como negación de la propia individualidad de la mujer. Así acontece en La Plaza del Diamante en que la mujer cuya historia se narra pierde incluso su nombre originario y le es atribuido otro por capricho de su primer marido; enviudada y empobrecida encuentra lo más parecido a la felicidad conyugal en segundas nupcias con un hombre benévolo al que la autora convierte en un tullido de guerra incapaz de tener hijos. De manera reveladora, Rodoreda presenta desempeñando una labor de eficaz tutela masculina a un hombre desprovisto, sin embargo, de su virilidad física. Desempeña un tipo, desconocido hasta entonces, de hombría dentro del matrimonio que, sin convertir la diferencia en opresión, resulta más espiritual, generosa y abierta.

Toda una declaración de pensamiento que anuncia una sociedad con un equilibrio diferente creciendo ante los retrógrados creadores de Elena Francis. Ellos, que tantos consejos daban, no vieron que la flecha que les derribaría estaba ya depositada en la aljaba.

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