10 de noviembre de 2018
10.11.2018
Cartagena D. F.

Oportunos y oportunidades

10.11.2018 | 04:00
Oportunos y oportunidades

Que no, que no voy a hablar del Tribunal Supremo ni de las hipotecas ni de Franco y su francotirador. Que parece que lo que quieren es que estemos continuamente de mala leche y buscan cualquier excusa para enervarnos y que estemos todo el tiempo a la que salta. Que sentarse delante de la tele, poner la radio o leer un periódico empieza a ser más una provocación que una forma de estar informado o de entretenimiento. Incluso se ha puesto de moda, en algunos de esos programas de debate que tanto han proliferado, poner música de suspense de fondo para generar más expectación, más exaltación. Porque no me dirán que las tertulias políticas no se parecen cada vez más al Sálvame, donde todos tratan de imponer sus criterios a gritos y en los que cuanto más enfrentados estén los tertulianos, mejor para los audímetros, porque en esta batalla de porcentajes en que se ha convertido la ´cajatonta´, cada vez nos echan más carnaza.

Así que no. No voy a permitirme el lujo de juzgar a quienes nos deben juzgar ni a revivir una dictadura que se acabó hace más de cuarenta años. Porque me da que eso es lo que quieren algunos, que hablemos de todo, menos de democracia, porque así tienen la excusa perfecta para decretar e imponernos lo que ellos quieren, sin tan siquiera preguntarnos. Y, encima, pretenden hacernos creer que ellos saben lo que es bueno para nosotros mejor que nosotros mismos y se disfrazan de salvadores de un mundo en el que la razón no es de todos, sino sólo mía. Aunque soy de los que piensan que la verdad es solo una, pero me cuestiono más de una vez si la buena es la mía o la del otro.

Pero he dicho que no. Que para jueces están los jueces y para políticos, los políticos. Y si seguimos cargándonos como estamos haciendo la dignidad y honradez de ciertas profesiones, mal camino llevamos. ¡Si hasta nos permitimos en muchas ocasiones poner en duda y contradecir lo que nos dice el médico! Y no, no hay que ser ingenuo y pensar aquello de que «to er mundo es güeno», como diría Manuel Summers, pero flaco favor nos hacemos removiendo continuamente con un palito todo lo que huele mal, todo lo que apesta. ¡Que parece que hasta nos gusta!
No seamos ingenuos. Ya sabíamos aquello de que poderoso caballero es don dinero, porque, entre otras cosas, lo dejó escrito Quevedo para la eternidad. Así que resulta ridículo escandalizarse ahora por algo que llevamos siglos consintiendo.

Mantenía un debate hace unos días con un amigo sobre qué debemos hacer los padres por nuestros hijos. Él planteaba que teníamos que esforzarnos y sacrificarnos para darles las mismas oportunidades que nuestros padres nos dieron a nosotros. A priori, me parece una reflexión acertada, pero cuando profundizamos y hablamos de enviarles a estudiar una carrera o un máster a Estados Unidos o a cualquier otro destino tan prestigioso como caro, me cuestioné dónde están los límites. ¿Quién no lo daría todo por sus hijos? ¿Qué es todo? ¿Es cuestión de dinero? Son dos preguntas tan personales que no me voy a permitir el lujo de responder, pero sí de confesarles mi experiencia personal.

Mis padres celebraron sus bodas de oro hace tres semanas con una ceremonia sencilla y muy sentida. Me quedo con dos mensajes de aquel día. El primero lo lanzó el cura, al felicitar a mis padres por su medio siglo de vida en común. «Celebramos pocas bodas de oro, pero de plata, ninguna», dijo a continuación. Las personas, las parejas ya no convivimos, nos consumimos. El segundo mensaje fue saliendo de la iglesia. Un amigo de mis padres que quiso estar presente en la renovación del compromiso nos dijo a mis hermanos y a mí: «Cuidarlos, porque no estarán para siempre».

Estamos tan distraídos, tan ensimismados con estupideces, con la moto que nos quieren y nos dejamos vender, que no nos damos cuenta de que a lo único que le estamos restando todo el valor es al tiempo, a nuestro tiempo, que es tan efímero que, aunque lo demos por hecho, ni siquiera sabemos si estaremos aquí mañana, si los nuestros, a los que más queremos, los tendremos aquí mañana. Vamos tan rápido, tan estresados, tan obcecados que consumimos a las personas sin disfrutarlas, sin sacarles todo el jugo que nos podrían dar y sin dejar que nos disfruten.

Por eso creo que ese límite en las oportunidades que debemos esforzarnos en darle a nuestros hijos está en la libertad, en su libertad de que elijan lo que quieran ser, con todo su derecho a equivocarse y el nuestro a guiarles, porque sólo siendo libres serán más capaces de conocer y defender la verdad. Y si dejamos de creer en la Justicia, si dejamos de creer en los políticos, si dejamos de creer en la ley, nuestros hijos no tendrán libertad, por mucho que demos por hecho que esto de la democracia será para siempre.

La próxima vez que vea a mi amigo, brindaré con él por sus hijos y los míos, y le diré que no creo en eso de la igualdad de oportunidades, pero sí en que nos dejen, a nosotros y a nuestros pequeños, que, ahora y en el futuro, seamos libres para que seamos nosotros quienes elijamos nuestras oportunidades, en Cartagena, Estados Unidos o donde Dios quiera. Eso sí, como ha dicho el papa Francisco, que nunca nos falte el agua potable.

Empapémonos de vida.

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