09 de noviembre de 2018
09.11.2018
La Opinión de Murcia
Punto de vista

El peligro de la mediocridad

Muchos investigadores han tenido que abandonar España por falta de medios y recursos de toda índole para llegar a un país que les ofrece reconocimiento, recursos y libertad en su dedicación

08.11.2018 | 22:35
El peligro de la mediocridad

Confieso que me causa cierto estupor y preocupación contemplar cómo se afianza la mediocridad en nuestro país en todos los estratos sociales con individuos que se sitúan con celeridad en las cotas de poder. No me sonrojo cuando reconozco que una de mis mayores características es equivocarme, pero pese a que intento aprender de mis propios errores con esfuerzo, prefiero y anhelo sentirme más cerca, como ser humano, del tiempo verbal imperfecto que del pluscuamperfecto, que me produce escalofrío, desconfianza y terror.

Es difícil definir a la persona 'mediocre'. La RAE define el término como «de calidad media, de poco mérito, tirando a malo». Tal vez se podrían ampliar estas características señalando que es una persona que suele aparentar cierta solemnidad, que se disfraza para ocultar sus propias carencias. El mediocre, además, utiliza una retórica grandilocuente llena de palabras banales, las cuales deben ser oídas por toda la Humanidad.

Desde hace mucho tiempo se atisba, en general, una enorme contaminación endémica de mediocridad en el homo hispanicus que afecta a la excelencia, al esfuerzo y a la superación de otras muchas personas. ¿Impera la ley del bonsai: la rama que sobresale es preciso podarla para que exista uniformidad en la planta? De ese modo se evita que alguien brille por su talento o trabajo, con tal de no destacar por ser 'diferente'. Oscar Wilde ya adelantaba que «cada acierto nos trae un enemigo. Para ser popular hay que ser mediocre».

Muchos hombres, entregados a escribir o investigar, no lo llevan a cabo, en su mayor parte, para recibir parabienes, halagos, admiración o veneración. Cada cual puede emplear su tiempo libre y personal según su propia voluntad; por lo tanto, uno es mediocre en la medida en que decide su propio camino.

No es preciso ser uno de los Siete Sabios de Grecia para comprender que es más entretenida la vida de Belén Esteban, de su hija Andrea y sus profundos razonamientos, con los que gana 200.000 euros mensuales o los problemas físicos y psíquicos de Messi, quien percibe veinte millones de euros al año. No les faltará razón a quienes piensen que sus ganancias económicas son directamente proporcionales a la riqueza que les proporciona a la televisión para la que trabajan. El problema surge cuando uno se plantea quién puede ser considerado una persona célebre en este país. ¿Se conoce algún mérito de Margarita Salas, Juan Carlos Izpisúa (posible Premio Nobel), María José Alonso; Noam Chomsky, Umberto Eco, Stephen Hawking...? Muchos investigadores han tenido que abandonar España por falta de medios y recursos de toda índole para llegar a un país que les ofrece reconocimiento, recursos y libertad en su dedicación. Me gustaría saber qué piensa un científico, dedicado casi por completo al estudio de las células madre, por poner un caso, de su percepción económica y de su ingratitud institucional.

Los mediocres se inclinan más por la maledicencia silenciosa, grácil y velada, cuyo daño causado llega a ser irreparable, que por la insidia ciertamente violenta. Al ser cobardes, se esconden en la penumbra bajo la protección de sus iguales, señalando y criticando sin tregua alguna para disimular sus propios desconocimientos.

El gran riesgo que corre una sociedad llena de individuos mediocres es que éstos pueden lograr el desmoronamiento irremediable de una grandiosa cultura conseguida durante muchos siglos con un extraordinario esfuerzo y un enorme talento.

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