09 de noviembre de 2018
09.11.2018
El año de la cabra

Hablamos español (si nos dejan)

Ninguno, creo, de los jóvenes que nos manifestábamos en 1976 y 77 para reclamar la oficialidad y la enseñanza de las lenguas regionales, imaginábamos que lo que en verdad se perseguía era la eliminación del español, de facto y hasta legalmente, de la vida de esas regiones

09.11.2018 | 04:00
Hablamos español (si nos dejan)

Hablamos Español es una asociación formada por ciudadanos de las regiones donde la lengua española está sufriendo desde hace años marginación, cuando no persecución. Son ellos los que han puesto en marcha una ILP (Iniciativa Legislativa Popular) para reclamar la aprobación por las Cortes de una Ley de Libertad Lingüística que permita, en toda España, vivir, opositar, estudiar o enterarse de dónde va a llover, que ahora en la tele no hacen más que decir Pitiusas o ´Sabia´ y no hay quien se aclare. En fin, una propuesta para que en las comunidades con dos lenguas oficiales se usen y, sobre todo, se puedan usar las dos.

Absurda e increíblemente, son hoy casi veinte los millones de personas que viven en comunidades donde la lengua española (la mayoritaria como lengua materna en todas ellas) ha sido reducida en la práctica a lengua vergonzante y seña de identificación (no de identidad) de unos supuestos invasores, colonos enviados desde Castilla para pervertir la pureza étnica de los pueblos elegidos. Este es el pensamiento perfectamente ario que alimenta, por ejemplo, a las bestias pardas que apalearon en Alsasua a dos jóvenes guardias civiles y sus novias. O a Torra y Otegui.

No hay ninguna prueba más patente y escandalosa, si tuviéramos vergüenza, del fracaso del Estado democrático que esta esperpéntica situación: cuarenta años de democracia constitucional después, podemos decir que el español ha sido prohibido en la vida oficial y pública de media España: en la enseñanza, en la rotulación de calles y carreteras y edificios públicos de todo tipo, en comercios y empresas, en la denominación de ciudades y pueblos, en las pruebas y requisitos para la función pública, en la sanidad, en los medios de comunicación autonómicos, en folletos informativos y todo tipo de comunicaciones oficiales, y hasta en las cartas de muchos restaurantes.

Ninguno, creo, de los jóvenes que nos manifestábamos en 1976 y 77 para reclamar la oficialidad y la enseñanza de las lenguas regionales, imaginábamos que lo que en verdad se perseguía era la eliminación del español, de facto y hasta legalmente, de la vida de esas regiones. Se trataba de eso exactamente, de borrar la huella de lo que entendían por España para justificar su disgregación, y con ella, sobre todo, el control político, social y económico, de clase, de un grupo étnico-lingüístico muy cohesionado sobre una mayoría desvertebrada a la que traicionaron todos.

No se trataba sino de establecer un instrumento de selección, cuya adhesión garantizara una falsa movilidad social que no hacía otra cosa que encubrir la supremacía de la casta que venía de la lengua correcta: la propia, frente a la impropia (¡una lengua impropia!), la excluyente, frente a la común. La que por eso debía ser expulsada, por ser común, por constituir la prueba manifiesta de la existencia de una nación que comparte una lengua de comunicación, comercio y cultura desde hace cientos de años. Y que por eso resulta ser el principal obstáculo para el Estado plurinacional que quieren encasquetarnos desde una izquierda que, en la cuestión nacional, hace mucho que dejó de serlo. Izquierda y nacional.

Así que, lo que nos jugamos con la Ley de Libertad Lingüística no es el futuro de la lengua española, que, gracias a Dios, está en manos de nuestros parientes americanos mucho más que en la nuestra. Lo que está en juego es la democracia, la igualdad. La libertad.
Por eso, lo que vengo a pedirles hoy, mes semblables, mes frères, es que firmen y apoyen esta ILP. Lo pueden hacer, si tienen firma electrónica, hasta el próximo domingo en esta dirección electrónica:
https://www.mifirma.com/proposals/65
Háganlo, firmen, multiplíquenlo entre sus amigos. Antes de que nuestra indiferencia nos castigue con un nuevo Babel y ya no quede nada que nos una.

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