06 de noviembre de 2018
06.11.2018
La Opinión de Murcia
Espacio abierto
Sociedad de Filosofía de la Región de Murcia

Bolsonaro y el populismo

Solo es posible considerar a un representante político como líder populista si éste cumple el papel de aglutinar un conjunto de demandas insatisfechas de un grupo de población marginal

06.11.2018 | 04:00
Bolsonaro y el populismo

Por mucho que nos lo repitan, Bolsonaro no es un líder populista. Al menos esto se deduce de una lectura rigurosa de los planteamientos hechos por el filósofo argentino Ernesto Laclau en su amplio estudio del populismo.

Para el autor de La razón populista y de Hegemonía y estrategia socialista solo es posible considerar a un representante político como líder populista si éste cumple el papel de aglutinar un conjunto de demandas insatisfechas de un grupo de población marginal. Siguiendo su propuesta teórica, tal grupo lograría por medio de la representación del líder un lugar en la arena política que nunca antes habría ocupado. Sin embargo, si nos remitimos a los resultados electorales, esto no es lo que parece haber ocurrido en Brasil. Diferentes estudios de voto publicados tras la contienda muestran unos patrones claros: el capitán de reserva del Ejército centra sus apoyos en las zonas urbanas, entre las poblaciones de renta más alta y en los municipios de mayor concentración de población blanca. A partir de ese hecho y de un conocimiento no muy profundo de la sociedad brasileña es posible deducir que su proyecto responde a los intereses de los sectores más opulentos y que, por tanto, en lugar de una apuesta política destinada a resolver necesidades sociales oculta la intención de volver a convertir en un lujo determinados derechos fundamentales.

Para conseguir este cambio de escenario han sido imprescindibles varios pasos previos. El primero consistió en deshacerse de sus más inmediatos competidores a través de controvertidos procesos judiciales (Lo que se ha denominado como Lawfare o judicialización de la política y que ya se ha vuelto costumbre para anular adversarios políticos en Ecuador, Argentina o Colombia). El segundo en establecer alianzas con los sectores evangelistas a cambio de componendas burocráticas y el tercero en polarizar e inflamar el ambiente de debate apuntando a la estigmatización de sectores determinados de la población.

Con esto consiguió desplazar hacia otro terreno el sentimiento de insatisfacción necesario en todo proceso genuinamente populista (la brecha socio-económica, la desigualdad entre hombres y mujeres, el modelo de desarrollo y la ecología), fijando una nueva frontera antagónica mucho más elemental: orden/caos, o bien seguridad/inseguridad. El caos está simbolizado, como en otros muchos lugares, por la imagen de Venezuela. Mientras que la inseguridad resulta encarnada por la delincuencia y la corrupción que son elevadas a una instancia de enemigo interno. Su figura severa e implacable representa la cura de todos los males. De esta manera, apelando a un discurso plagado de ataques contra las minorías sexuales y de referencias machistas y racistas, pretende erigirse en una especie de mesías protector y redentor de una suerte de pasado en el que se hallan los valores originales de la patria brasileña. Aunque este tipo de desplazamientos discursivos y marcas temporales son comunes en los movimientos populistas, el giro realizado por Bolsonaro no asume la heterogeneidad radical de ninguna cadena de demandas que resultaría necesaria como base de la construcción hegemónica explicada por Laclau. Su discurso es más bien el de una unidad abstracta homogénea llamada a expulsar todo lo diferente.

Si bien es cierto que para ello, como en toda formación política, recurre a elementos retóricos, carismáticos y afectivos, su nostalgia por la dictadura militar, su predilección por la posesión y uso de las armas, su nacionalismo obcecado y su declarada intención de imponer sus concepciones por medio de la violencia permiten caracterizarlo más acertadamente, para no llamarnos a engaños, como un claro alfil del fascismo.

¿Qué implicaciones tiene esto? La llegada al poder en el país más grande de América Latina de una figura tal, que parece dispuesta a infringir todas las normas de la corrección política, podría anticipar una situación de crisis institucional de gran escala, hecho que supondría no solo el fin del periodo de políticas redistributivas y de dignificación de sectores excluidos, sino el comienzo de una nueva fase de propagación de posiciones extremistas a lo largo y ancho del continente. Sin lugar a dudas representa un riesgo real de socavamiento de los pilares esenciales de estas jóvenes democracias, hecho que nos obliga a aunar esfuerzos desde todos los sectores (incluidos intelectuales, academia, sindicatos, movimientos sociales y ciudadanía en general) para hacer frente a este peligro de manera resuelta y contundente.

No muy lejos quedan las experiencias del fascismo en Europa y las propias dictaduras latinoamericanas, que terminaron por anular las libertades incluso para los sectores de la derecha democrática, provocando daños irreparables en el conjunto de las sociedades a las que sometieron. Desde una perspectiva geopolítica, Latinoamérica vuelve a ser un territorio en disputa; al igual que las dictaduras del Cono Sur prepararon por medio de la Operación Cóndor el aterrizaje del modelo neoliberal del Consenso de Washington, no sería absurdo sospechar que nuevamente hoy el EE UU de Trump disponga de un plan similar para recuperar su hegemonía en esta parte del hemisferio. En este escenario vale la pena recordar lo que Max Horkheimer apuntó acertadamente al presenciar el ascenso de Adolf Hitler y previendo las implicaciones que esto podía provocar en su sociedad: «En espera de una época autoritaria, el horror no debe ser obstáculo para la resistencia».

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