30 de octubre de 2018
30.10.2018
La Opinión de Murcia
La feliz gobernación

El chivatazo

Cuando la UCO registró el ayuntamiento de Murcia, hacía meses que los posibles papeles comprometedores habrían volado, gracias a las confidencias de Villarejo al marido de la Cospedal

30.10.2018 | 04:00
El chivatazo

El PP murciano, a través de la secretaria general nacional del partido, María Dolores de Cospedal, quien habría sido informada a su vez por su marido, Ignacio López del Hierro, después de que éste hubiera recibido la confidencia del famoso comisario José Manuel Villarejo, debía conocer necesariamente de antemano que la Guardia Civil iba a emprender la Operación Umbra para investigar un presunto caso de corrupción en la urbanización de Nueva Condomina y en otras actividades urbanísticas avaladas por el entonces concejal de Urbanismo, Fernando Berberena. «Limpiar papeles», era la consigna inducida. Más simplificado: desde las cloacas del Estado se advirtió a la cúpula nacional del PP de que se iniciaba una investigación sobre un caso de supuesta corrupción en el ayuntamiento de Murcia, a fin de que advirtieran a los protagonistas e intentaran borrar todas las huellas antes de que la UCO y la Fiscalía se apropiaran de las pruebas.

A nadie puede caberle la más mínima duda acerca de que Cospedal debió informar a la dirección regional del PP de lo que se le venía encima. ¿Llamó a Valcércel, entonces presidente del partido? ¿Llamó a Cámara, entonces alcalde de Murcia? No es posible que se lo callara. ¿Cómo cabe interpretar el interés del marido de la Cospedal para indagar ante Villarejo lo que se cocinaba en relación con los casos de corrupción en Valencia y en Murcia? Cospedal quería saber. Y quería saber para informar, advertir y prevenir. Para que se ´limpiaran papeles´.

(No estoy diciendo que Cospedal ignorara que existía corrupción; lo que digo es que Cospedal quería saber cuánto sabían la UCO y la Fiscalía acerca de la corrupción. Es lo que se desprende de las conversaciones de su marido con el comisario Villarejo publicadas ayer).

El resultado es el que conocemos: cuando la UCO intervino (por cierto, muchos meses después de lo que Villarejo anunció como inminente, mayor ventaja) solo encontró rastros: relojes de lujo en el domicilio de Berberena regalados por promotores urbanísticos, y fotos en que se reproducían las francachelas del concejal de Urbanismo en el barco de alguno de los beneficiarios de las decisiones urbanísticas municipales. De otros eventos, como del viaje gratis total a Estambul del alcalde y sus más íntimos colaboradores, financiado por el Promotor, no hay testimonios gráficos, quizá porque la UCO no quiso perder el tiempo registrando los cuatro domicilios reconocidos de la entonces primera autoridad municipal.

El caso Umbra ha sido archivado definitivamente hace unas pocas semanas. Normal. El amigo Villarejo dio el chivatazo a tiempo.
Los chivatazos no son novedad. Recordemos que el ministro de Justicia de Rajoy, Rafael Catalá, filtró a Pedro Antonio Sánchez que la Fiscalía del Estado, bajo su mando, había ordenado a las profesionales que lo investigaban por el caso Púnica que desistieran en su voluntad, un gesto que fue grabado por La Sexta y que el propio Sánchez, en unas torpes declaraciones a COPE Murcia había corroborado involuntariamente. O sea, que lo del Umbra no es cosa insólita.

Pero es verdad que ahora se entienden mejor algunas cosas. Véase que el archivo del caso Púnica en lo que afecta a la exalcaldesa de Cartagena, Pilar Barreiro, ha ido seguido de declaraciones de dirigentes nacionales y regionales del PP (éstos menos, pero alguno sí) en las que exigían a Ciudadanos o al PSOE que pidieran perdón por las acusaciones y presiones que ejercieron cuando la cartagenera fue imputada. Y la dirección nacional de los populares se ha apresurado a anunciar que acogerá de nuevo a Barreiro en el Grupo Popular del Senado.

Sin embargo, el archivo definitivo del Umbra, que afectaba a Miguel Ángel Cámara, suspendido de militancia por su imputación, no ha merecido ni una sola declaración de solidaridad de sus antiguos compañeros, ni siquiera de Valcárcel, que lo tuvo durante veinte años como secretario general, es decir, como número dos, mano derecha y tal y tal. Silencio absoluto. Tal vez es que hay consciencia de que más que Justicia ha habido suerte en el caso Umbra. Una suerte que ahora adquiere plena explicación.

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