27 de octubre de 2018
27.10.2018
La Opinión de Murcia
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Crispación máxima, ¿a quién beneficia?

27.10.2018 | 04:00
Crispación máxima, ¿a quién beneficia?

Dicen algunos que un buen político no es aquel que contesta a lo que se le pregunta sino el que responde con el mensaje que le interesa. Quizás sí. Pero, ¿es válido transformar un pleno del Congreso sobre la última cumbre europea y la venta de armas a Arabia Saudí (asuntos nada irrelevantes) en un ataque frontal a políticas específicas del Gobierno como hizo Pablo Casado el miércoles? Lo dudo y en todo caso demuestra un exceso de impaciencia para alguien que se estrena como líder de la oposición y de un partido que gobernó hasta hace cinco meses.

En todo caso la filípica debía intentar ser sensata y creíble. No lo fue. Afirmar que la situación en Cataluña es de tal extrema gravedad que requiere la aplicación inmediata de otro 155 (la suspensión de la autonomía) de mayor severidad que el anterior es intentar falsificar la realidad. En Cataluña, gracias en parte al 155 de Rajoy, la situación está más normalizada que hace un año. Cierto que los discursos del president Torra y algunas acciones esporádicas de los CDR son deplorables y que además la sociedad está dividida, pero el independentismo estaba amenazando con un otoño caliente (coincidiendo con el 11-S, el aniversario del referéndum ilegal, duramente reprimido, del 1-O y de la DUI del 27O) y hasta el momento no ha pasado nada grave.

Por el contrario, lo que sí se ve cada día es que el separatismo se está agrietando, que la pelea entre Puigdemont y ERC les ha dejado sin mayoría en el Parlament y que los CDR y las CUP piden la dimisión de Torra, el vicario del exilado de Waterloo. ¿Dónde y cómo se informa Pablo Casado de lo que pasa en Cataluña?

Es más grave que luego acusara de golpista al presidente del Gobierno espetándole: «Es usted partícipe y responsable del golpe de Estado que se está perpetrando en España». En España no se perpetra hoy (excepto en la imaginación de Puigdemont y Jiménez Losantos) ningún golpe y no se puede decir que negociar los presupuestos con dos partidos catalanes, ERC y el PDeCAT que representan, guste o no, al 47% de los catalanes, sea negociar con golpistas. Además, Pedro Sánchez votó junto al PP hace justo un año la aplicación del 155 contra la Generalitat independentista. ¿No debería haber un mínimo de lealtad recíproca entre los dos grandes partidos? Gran parte de los problemas de España (incluida la crisis institucional en Cataluña) se deriva precisamente de la incapacidad del PP y el PSOE por alcanzar unos mínimos consensos.
¿Cree Casado que la vuelta al aznarismo y el ninguneo de la actitud equilibrada del último Rajoy (no el que alentó la campaña callejera contra el Estatut del 2006 y el que dijo que Zapatero estaba traicionando a los muertos) es el remedio a los males del PP? Y decir que el borrador de los presupuestos encarna todos los males y arruinará a España suena apocalíptico cuando Isidre Fainé, presidente de la Fundación La Caixa, acaba de decir que estimularán la economía, en presencia de Felipe VI y en la clausura del congreso de la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos.

La crispación es el gran mal de la política española que perjudica a todos y Pedro Sánchez también volvió a poner su granito de arena al romper las relaciones con el líder del PP. Es un gesto teatral y estéril. Pero Casado debería saber que le puede salir el tiro por la culata al jugar a subir el ya muy alto grado de crispación.

El tremendismo no paga porque Casado no escribe como Camilo José Cela. Y debería estudiar la encuesta del CIS. No tanto la parte electoral, que dice que el PSOE aumenta su ventaja y que Cs supera al PP y que es interesante pero puede ser discutida, sino un dato muy concreto. El 90% de los españoles cree que hay mucha o bastante crispación en la vida española y, respecto a los partidos, hacen al PP el principal culpable (27,3%) seguido luego, en decimales del 7%, por Cs, Podemos y el PSOE.

El remedio del PP no es matar a Pedro Sánchez. La asignatura pendiente de muchos años (que Rajoy tuvo miedo de abordar) es que en una escala de 1 a 10, donde 10 es la extrema derecha, los españoles se situan en el 4,59 (centro-izquierda moderado) y colocan al PP en el 8,31. Y eso no se corrige, sino que se agrava con discursos a lo Jiménez Losantos o Pablos Casado.

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