14 de octubre de 2018
14.10.2018
Los dioses deben estar locos
Carisma y poder

En el interior de la Mahdia

"El guerrero de Dios, nueva espada del Todopoderoso había expulsado a los ´infieles´ anglo-egipcios del Sudán, destruido Jartum hasta los cimientos y derrotado al famoso general, y héroe de mil combates, Charles George Gordon, cuya muerte fue llorada en toda Europa"

13.10.2018 | 16:44
En el interior de la Mahdia

A través de Ohrwalder conocemos la proclamación en medio del clima de efervescencia religiosa de nuevos profetas de vida efímera, como aquel que congregaba a la multitud y hacía crecer al instante, en un contexto de hambre endémica, plantas que florecían y daban fruto comestible. Las tropas mahdistas bien podían sentirse elegidas para ser la espada de Dios pues vencían pese a la carencia crónica de pertrechos, munición y pólvora.

Todo horror puede ser un preludio de otro horror aún mayor y los susurros que vienen hoy de lejos, mañana pueden sonar atronadores bajo los aleros de nuestras ventanas.

Después de la caída de Jartum en 1885 el Sudán conoció la instauración de la primera teocracia islámica moderna junto con la proclamación del gobierno incontestable de Muhammad Ahmad, considerado el Mahdi, el mesiánico restaurador de la vieja religión musulmana en toda su ancestral pureza, un antiguo anacoreta de las cuevas situadas a orillas del Nilo, y caudillo de una rebelión sagrada contra la dominación extranjera del Sudán. El guerrero de Dios, nueva espada del Todopoderoso, había expulsado a los 'infieles' anglo-egipcios del Sudán, destruido Jartum hasta los cimientos y derrotado al famoso general, y héroe de mil combates, Charles George Gordon, cuya muerte fue llorada en toda Europa. El antiguo derviche, ya a juicio de Churchill una de las personalidades más enigmáticas y fascinantes de su tiempo, tenía ante sí la posibilidad de escribir una página nueva en los anales de la historia. Desde el momento de su victoria fueron pocas las noticias que llegaron a Europa desde un país hermético y cerrado que había entrado en la senda del fanatismo religioso exacerbado. Los extranjeros que había en Sudán murieron en los momentos posteriores a la guerra o fueron reducidos a un penoso cautiverio. Desde el exterior poco era lo que podía saberse del reino del Mahdi, y como es natural acabó siendo el escenario de exóticas y emblemáticas aventuras escritas por célebres novelistas como A. E. W. Mason, Henryk Sienkiewicz o Karl May.

El antiguo gobernador de Darfur, Rudolf Slatin, austríaco al servicio de los ingleses, pudo sobrevivir a la muerte del general Gordon como prisionero personal del Mahdi después de su conversión al islam antes de rendir sus tropas indígenas (lo que le salvó sin duda la vida), y dejó un testimonio de primera mano sobre los años de la Mahdia y el funcionamiento interno de un reino teocrático en permanente estado de emergencia y gobernado en primera instancia por el carisma religioso del caudillo de Dios pero también por el poder personal de los emires, de los jefes de clan y de los comandantes militares que aparentemente repetían el esquema organizativo de los primeros compañeros de Mahoma.

Perdida toda esperanza de ser rescatado por fuerzas extranjeras dado el éxito de los ejércitos derviches frente a ingleses, egipcios y abisinios, Slatin emprendió en 1895 una fuga arriesgada a través del desierto. También otro austríaco fue cautivo en Sudán, un sacerdote llamado Joseph Ohrwalder, el cual no tuvo el estatus relativamente privilegiado del que gozó Slatin. Igualmente emprendió el camino de la fuga individual y alcanzó la libertad por sus propios medios después de diez años en cautividad. Sus días de esclavitud fueron puestos por escrito en un libro fascinante. Si bien las memorias de Slatin son relativamente conocidas, las de Ohrwalder apenas quedan en el recuerdo de los eruditos. Ambos testimonios memorialísticos ilustran, en efecto, un episodio de violencia, dominio, poder y fundación de un estado sobre las bases arrolladoras del carisma personal y religioso del Mahdi. La proclamación del reino de Dios en la tierra y su victoria sobre los 'infieles' no impidieron, sin embargo, el contraataque anglo-egipcio que derrotó a su sucesor, el 'califa' Abdallahi ibn Muhammad.

El libro del padre Ohrwalder es un testimonio pavoroso, auténtica crónica desde el interior de un reino perdido y legendario que se hundió en un mar de sangre y fuego. Sobrecogedoras son las imágenes de las matanzas que narra, las prisiones mahdistas, las penalidades sufridas por los cautivos y las furiosas campañas derviches contra los abisinios cristianos. A través de Ohrwalder conocemos la proclamación en medio del clima de efervescencia religiosa de nuevos profetas de vida efímera, como aquel que congregaba a la multitud y hacía crecer al instante, en un contexto de hambre endémica, plantas que florecían y daban fruto comestible. Las tropas mahdistas bien podían sentirse elegidas para ser la espada de Dios pues vencían pese a la carencia crónica de pertrechos, munición y pólvora. La fabricación de esta última resultaba peligrosa y se hablaba de rudimentarias fábricas que explotaban.

En medio de esta situación tuvo lugar una de las más llamativas historias referidas por Ohrwalder. La llegada de un hombre misterioso procedente de la India que decía poder fabricar pólvora moliendo para ello los esqueletos humanos que se encontraban insepultos por doquier, para cuyo propósito las autoridades mahdistas pusieron a su disposición un antiguo molino cuyas ruedas, a falta de grano, molían día y noche los descarnados despojos humanos. Al recibir el primer pago por sus esfuerzos, el alquimista, que resultó ser un embaucador, despareció igual que había venido. Lejos de convertirse el Sudán en reino de Dios, resultó un mundo infernal y de pesadilla, de matanzas y crueldades. Se había reducido el país a una barbarie que sólo terminó con la batalla de Omdurmán, tan acertadamente descrita por Churchill. Para asombro de las autoridades británicas, cuando todavía se encontraban pacificando la región en 1898, dieron muerte a los restos de una patrulla mahdista que, ignorante de los últimos acontecimientos, regresaba a sus bases después de una misión de exploración y que había recibido en una escaramuza previa impactos de munición europea.

Quiénes podían haber sido los desconocidos autores de los disparos no tardó en descubrirse, fueron las tropas francesas que vinieron a protagonizar el incidente de Fachoda, que estuvo a punto de adelantar el comienzo de la Primera Guerra Mundial. El horror del Sudán resultó ser tan solo un pequeño preámbulo local y periférico antes de una conflagración mayor que pronto hizo conocer al mundo entero el verdadero infierno en la tierra, el que provoca la guerra moderna y globalizada cuyo primer acto se cerró ahora hace cien años.

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