11 de octubre de 2018
11.10.2018
Espacio abierto

#Yonosoyputero

10.10.2018 | 20:39

Un hombre, un motivo. Por cada hombre que ha participado en la campaña de sensibilización Yo no soy putero, organizada por Médicos del Mundo de Aragón y el Instituto aragonés de la Mujer, un motivo por el que no estar a favor de la prostitución. También una reivindicación compartida: cambiar el estatus quo del deseo sexual y placer masculino.

Estos hombres afirman que sus deseos sexuales no son derechos y que en una relación sexual, el deseo tiene que ser mutuo y compartido. Esto implica una sexualidad más igualitaria, más justa y más humana, donde el deseo del partenaire cuenta y se le permite abandonar la posición de objeto, para pasar a ser un sujeto cuyo deseo se busca, se estimula y se reconoce. Podemos hablar, en este caso, de un encuentro entre sujetos que desean, sea cual sea su sexo y dejar a un lado la clásica división androcéntrista entre sujeto (hombre) deseante y objeto (mujer) que satisface ese deseo.

Solo si mantenemos un punto de vista androcéntrico de la sexualidad, podemos considerar como jolgorio sexual una situación en la que una mujer es rodeada por cinco hombres que se turnan para penetrarla. Si esto es así, es porque la sexualidad androcéntrica se caracteriza por la ausencia de conflicto ético y moral a la hora de excluir el deseo de los cuerpos de los que goza o pretende gozar, y a la hora de ignorar las condiciones de vulnerabilidad y dependencia en las que el objeto de goce se encuentra, como vemos que ha sucedido también en los miles de casos de abusos sexuales a menores dentro de la Iglesia católica. Casos que no son aislados y que se ubican por toda la geografía mundial. Si las estructuras eclesiásticas lo han consentido y tolerado es porque existe una jerarquía del deseo y del placer sexual que es compartida y consensuada por la cultura.

La prostitución es una confirmación más de la existencia de esta jerarquía que privilegia un deseo y placer sexual sobre otro, que puede estar ausente, no existir, ser innecesario, o estar, claramente en contra. Y que niega, a su vez, las condiciones de pobreza, sometimiento y explotación, en la que el consentimiento es dado.

Si los hombres que participan en esta campaña afirman que sin deseo sexual mutuo no hay sexo sino abuso, es porque reconocen que para que un consentimiento sea válido ha de estar libre de los vicios que lo invalidan. Estos son, según el derecho, el error y el dolo y la violencia e intimidación. Los dos primeros actúan sobre la formación de la voluntad, procurando el consentimiento a través de la falta de información u otro tipo de engaño. La violencia y la intimidación, restringen o anulan el ejercicio libre de la voluntad. Tanto unas circunstancias como otras se pueden reconocer fácilmente en la amplia mayoría de mujeres que consienten prostituirse.

Las reivindicaciones feministas alejan la sexualidad de hombres y mujeres del ideal androcéntrista que privilegia la demanda y la satisfacción masculina, y apuntan hacia una sexualidad más igualitaria, donde el deseo y el placer femenino no queden relegados a los márgenes de la sexualidad.

El feminismo, por tanto, no es contrario a la sexualidad, ni pretende el regreso a antiguas formas de represión en las que el deseo femenino ha sido duramente censurado. No el masculino que, hasta en los contextos y culturas más restrictivas con la sexualidad, ha contado con un edén propio. La prostitución forma parte de ese edén reservado, donde el deseo de las mujeres ha quedado fuera.

Hacer coincidir la crítica feminista hacia las prácticas de la cultura patriarcal, que han mantenido y mantienen el placer masculino como eje de la sexualidad humana, con actitudes puritanas o represoras es absurdo. Tanto como considerar que una parte de la sexualidad, en este caso la sexualidad patriarcal, puede ser representativa del conjunto de la sexualidad humana. Aunque el patriarcado siempre ha tratado de hacer esto: hacer coincidir una parte con el todo, lo masculino con lo universal.

Para invalidar las críticas y mantener a salvo las estructuras patriarcales, se recurre con llamativa facilidad al argumento simple de que se trata de la opinión de mujeres de moral puritana, o que se complacen con la represión de la sexualidad. En realidad, no existe ningún estudio, hasta el momento, sobre las actitudes, creencias y preferencias sexuales de las mujeres partidarias del abolicionismo, por ejemplo. Tampoco parece existir ningún dato empírico contrastado que apunte a una posible relación entre feminismo y menor interés por el placer sexual. Entonces, ¿de dónde se salen estas conclusiones?

Quienes opinan así, no necesitan estudios ni datos porque ya cuentan con un conocimiento implícito disponible en el imaginario social colectivo, que ha servido históricamente para designar a aquellas mujeres que, de una u otra forma, se han resistido a las demandas de una sexualidad diseñada por y para el hombre.

Celebramos que haya hombres que también manifiesten su rechazo a una forma de entender la sexualidad, que mantiene la desigualdad y la violencia hacia las mujeres. Cabe preguntarse si también ellos recibirán los mismos calificativos, si serán tachados de puritanos, moralistas, reprimidos?o ¿no será así en este caso? ¿Será que existe una doble moral, capaz de designar de forma distinta a hombres y a mujeres, aunque la opinión expresada sea la misma? ¿O será que el patriarcado, tan limitado a veces, a la hora de representarse la gama posible de actitudes, creencias y opiniones de hombres y mujeres, no contempló nunca tal posibilidad?

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