16 de septiembre de 2018
16.09.2018
El diario de

Polvo en los zapatos

"Mientras contemplo los objetos que usó en vida, como la gorra blanca que llevaba en sus últimas fotos, o un anillo de caparazón de tortuga con su apodo samoano (´Tusitala´, contador de cuentos), me pregunto si tiene algún sentido admirar las reliquias de un escritor"

16.09.2018 | 04:00
Una antigua iglesia de Union Street, Aberdeen

25 de agosto

Muerte con cordel. Hojeo en el periódico Aberdeen Independent, mientras desayuno, las noticias locales del día anterior. Una foca ha aparecido muerta en la playa, asfixiada por un cordel que aún rodeaba su cuello. Las autoridades sanitarias han detectado un ejemplar de viuda negra en cierto buque procedente de Estados Unidos. Un pescador ha encontrado una piedra con símbolos pictos en el río Don in Dyce. Alex Salmond, exministro principal de Escocia, califica de ´ridículas´ las denuncias por acoso sexual que lo han obligado a darse de baja en el Partido Nacionalista Escocés.

En la calle Belmont de Aberdeen, esquina con Gaelic Lane, veo a cinco o seis tipos tomándose tranquilamente unas jarras de cerveza en la puerta de una iglesia. La imagen me resulta desconcertante, hasta que comprendo que el templo ha sido reconvertido en pub. Con el nombre de Slain´s Castle, está atestado de gente bebiendo y comiendo en un ámbito de maderas oscuras. Luego, en Union Street, damos con otra iglesia desacralizada cuyas coloridas vidrieras forman parte ahora de la decoración del Soul Bar.

Al parecer, tan sólo en el Reino Unido se cierran al año unas veinte iglesias, que acaban siendo vendidas al mejor postor. El fenómeno, reflejo del imparable descalabro de la religión en Occidente, se ha propagado por Alemania y Holanda, aunque hasta el momento resulta excepcional en nuestro país. Se han dado ya, no obstante, algunos casos, como una tienda de ropa instalada en el convento de San Antonio del Real (Salamanca) o un restaurante de lujo ubicado en la que fuera capilla de la calle de la Bolsa (Madrid).

26 de agosto

El germen de Peter Pan. Desayunamos tarta de zanahoria y muffins de limón con capuchinos en Kirriemuir, un pueblo al norte de Dundee, mientras vemos por los vitrales de la cafetería cómo la lluvia empapa las fachadas de piedra roja y la estatua de bronce que representa a Peter Pan. Precisamente fue aquí donde nació en 1860 su creador, James Matthew Barrie, en una casa de techos bajos de la calle Brechin abierta hoy a las visitas. En la parte baja se hallaba el telar donde el padre invertía sus vigilias. Los diez hijos y sus progenitores tenían que distribuirse entre los dos cuartos de arriba.

J. M. Barrie era el noveno. Cuando tenía seis años, su hermano David, de trece, murió en un accidente de patinaje sobre hielo. Era el favorito de su madre, Margaret, quien nunca pudo superar su pérdida. Lloraba sin cesar, agarrada al faldón con el que lo habían bautizado, y sólo hacía caso a Barrie si se vestía con la ropa del hermano muerto. Es muy probable que la nostalgia de una niñez feliz, truncada por aquel desdichado suceso familiar, constituyera el germen de Peter Pan, el niño que nunca quiso crecer y que –paradójicamente– proporcionaría a Barrie dinero y fama universal.

27 de agosto

Cuna de escritores. La hermosa Edimburgo está abrumada de turistas –los más abundantes quizá sean los españoles– en este último día de su célebre festival. Abundan las tiendas de recuerdos donde se venden kilts (faldas) confeccionados con los tartanes de los distintos clanes. Las figurillas del héroe nacional William Wallace, que en vida fuera un hombre barbado, no llevan en realidad su cara, sino la del pulcramente afeitado actor australiano Mel Gibson, que lo interpretó (y se dirigió a sí mismo haciéndolo) en Braveheart.

Para entrar en The Elephant House, la cafetería donde J. K. Rowling empezó a escribir la primera entrega de Harry Potter, hay que guardar una cola multirracial y estar dispuesto a pagar un cincuenta por ciento más que en las cafeterías vecinas. La ubicuidad y omnipresencia del chico mago evidencia –si acaso no estaba ya clara– la necesidad del ser humano por refugiarse en mundos de fantasía, ya se trate de la escuela de Hogwarts, del país de Nunca Jamás, de la Tierra Media o del estadio de fútbol de Tynecastle.

Menos visitantes atrae el Museo de los Escritores, consagrado a Robert Burns (poeta ignorado fuera de Escocia), Walter Scott (inventor del bestseller internacional) y Robert Louis Stevenson, el más talentoso y vigente de los tres. Mientras contemplo los objetos que usó en vida, como la gorra blanca que llevaba en sus últimas fotos, o un anillo de caparazón de tortuga con su apodo samoano (´Tusitala´, contador de cuentos), me pregunto si tiene algún sentido admirar las reliquias de un escritor. Nada de Stevenson sobrevive en ellas –que son materia muerta– sino en la felicidad que nos proporcionarán siempre sus libros.

28 de agosto

Música. Desde que llegamos a Escocia hemos venido detectando algunos signos de alianza entre el independentismo escocés y el catalán. En Fort Williams vimos un local con el eslogan ´Yes2´ (que reclama un segundo referéndum por la secesión de Escocia) donde se vendían camisetas con esta cita bilingüe de Jordi Carbonell, nacionalista histórico de Esquerra Republicana de Catalunya: «Que la prudència no ens faci traidors. Don´t let caution turn us into traitors».

Hemos visto ondear la bandera estelada junto a la escocesa (un aspa blanca sobre fondo azul) en la isla de Skye, en Inverness y en Elgin. Hace dos días, el autodenominado ´president en el exili´ Carles Puigdemont participó en un coloquio en Edimburgo. Esta mañana, para nuestra sorpresa, hemos oído en el centro de esa misma ciudad a un gaitero tocando El segadors. El tipo para quien la estaba interpretando –llevaba un lacito amarillo en el pecho– no le ha echado un solo penique cuando la gaita ha terminado de sonar.

A las dos de la noche se dispara la alarma de incendios del hotel. Nos vestimos de cualquier manera y cogemos la documentación y los móviles. El centenar de huéspedes que pronto se agolpa en el exterior permite comparar las diversas reacciones de las personas ante situaciones extremas: unas van completamente vestidas y llevan ya todo guardado en sus maletas; otras, por el contrario, han bajado a toda prisa, medio desnudas e incluso descalzas, y ahora se están helando de frío. Vienen los bomberos. Al cabo de una hora, podemos subir por fin. Todo se ha debido a un error informático.

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