14 de septiembre de 2018
14.09.2018
Espacio abierto

Cerebro femenino, Cerebro masculino. ¿Existen diferencias?

Casi todos los estudios de la anatomía del cerebro se han hecho con personas cuya identidad de género se alinea con el sexo de nacimiento, lo que significa que no se pueden aplicar a personas con otras identidades de género

14.09.2018 | 04:00

Nuestos dos cerebros frente a ti, uno femenino, otro masculino ¿serías capaz de ver alguna diferencia entre ellos? Los libros e investigaciones cerebrales sobre masculino/femenino atraen la atención y la publicidad. Sin embargo, ¿cuánta de esa información es realmente fiable?
La neurociencia está aportando cierta luz sobre cómo funcionan nuestra mente y cerebro, pero podemos considerarnos estar en pañales con respecto a todo lo que aún queda por descubrir. Para averiguar qué es igual y qué diferente entre hombres y mujeres, los científicos necesitan estudiar ambos sexos.

Actualmente, un 85% de los estudios básicos de neurociencia se realiza en tejidos o células de animales machos. Hablamos de sexo biológico, no de género. Casi todos los estudios de la anatomía del cerebro se han hecho con personas cuya identidad de género se alinea con el sexo de nacimiento, lo que significa que no se pueden aplicar a personas con otras identidades de género.

Una de las preguntas más controvertidas con la que los académicos han luchado durante más de cien años es: ¿tienes un cerebro masculino o femenino? Desde una perspectiva biológica está claro de qué género es tu cuerpo; sin embargo, se observa que el género del cuerpo y el de la mente se desarrollan de manera independiente, comenzando en el útero mucho antes de que los organismos puedan tener algún pensamiento sobre cuestiones sexuales.

En el desarrollo fetal, todos los cuerpos son inicialmente de apariencia femenina. Nuestras experiencias genéticas y gestacionales contienen el potencial de formar la identidad sexual de nuestras mentes y cuerpos. Son los cromosomas sexuales los que primero construyen los caminos mentales y físicos hacia la masculinidad y la feminidad. El problema surge porque vivimos en un mundo que, desde el momento en que un ser nace, la familia y la cultura imponen las reglas que uno debe seguir en base a su género corporal.

Estudios anteriores argumentan que el cerebro tiene un mosaico femenino y masculino. ¿Qué podemos extraer de todo esto? Que puedes tener un cerebro femenino en un cuerpo masculino –lo que lleva a algunos investigadores a especular que esos hombres son más empáticos y cariñosos que el hombre promedio– y que una mujer con un cuerpo femenino y un cerebro masculino podría ser más agresiva y menos cuidadora, especialmente en el lugar de trabajo. Es muy difícil saber cuántas de esas diferencias sexuales proceden de la biología y cuántas de la influencia ambiental.

El neurocientífico Pankseep, basándose en esta hipótesis, argumenta a favor de un mayor apoyo y respeto para las personas transgénero que, a menudo, sienten que su personalidad (su cerebro) no se adapta a su cuerpo. Nuestra vida cultural está plagada con historias en las que la ignorancia ha promovido el sufrimiento.

La importancia de estudiar las diferencias sexuales en el cerebro es para que la biología y la medicina sean relevantes tanto para hombres como para mujeres. No se trata de cosas tales como quién es mejor para leer un mapa o por qué más hombres que mujeres eligen ingresar a ciertas profesiones.

De existir diferencias biológicas en el cerebro podrían ayudar a explicar y tratar enfermedades, como es el caso de las mujeres que, con mayor frecuencia, se las diagnostica con depresión, ansiedad y con ratios más elevados de alzhéimer. En palabras de la investigadora Woolley: «No estamos haciendo ningún favor a las mujeres, y específicamente a su salud, pretendiendo que las cosas sean iguales si no lo son. Si los resultados de la investigación fuesen diferentes en los tejidos y células de las hembras, entonces tendríamos que saberlo. Es esencial para que podamos encontrar diagnósticos, tratamientos y, en última instancia, curas para las enfermedades en ambos sexos».

Se han encontrado diferencias anatómicas estadísticamente significantes en uno de los estudios más recientes y completos (mayo 2018). Más de 6.000 cerebros humanos, femeninos y masculinos, observados. Sin embargo, no son diferencias suficientemente grandes para generalizar, excepto en un área: las personas con cerebro masculino pueden ser más agresivas y violentas.

Un hallazgo consistente es que los cerebros masculinos son, como media, más grandes que los femeninos y hay quienes se prestan al debate de «el tamaño importa». Es fácil defender que esas diferencias anatómicas no te hacen actuar o pensar diferente. Y si el tamaño importa, más grande no es necesariamente mejor. No hay muchas evidencias que conecten las diferencias anatómicas en los cerebros al comportamiento o la cognición, a no ser que estemos hablando de malformaciones o daños cerebrales serios. Te puedes mostrar escéptico ante cualquiera que trate de usar la anatomía del cerebro para justificar cualquier argumento sobre diferencias entre los sexos.

Las mayores diferencias intrínsecas existen en los niveles afectivos. La mayoría de las diferencias cognitivas –muchas documentadas– probablemente surgen tanto de la crianza como de la naturaleza. Esencialmente, no hay disparidades en la inteligencia general entre los sexos. Cito las palabras del investigador de inteligencia humana Richard Haier: «Estos hallazgos sugieren que la evolución ha creado dos tipos diferentes de cerebros diseñados para un comportamiento igualmente inteligente».

Cada cerebro humano es único y tiene una mezcla única de hormonas femeninas y masculinas que hacen que el cerebro perciba el mundo de diferentes maneras. Cuanto más aprendemos, investigamos y cuestionamos la naturaleza de todo, más cambia nuestro cerebro. De hecho, el cerebro es famoso por su plasticidad. Tiene sentido que si jugar con videojuegos altera tu cerebro, la forma en cómo has sido criado y tratado también lo altera.

Creo que, como especie, todavía tenemos mucho que aprender sobre nosotros como para perdernos en falsas conclusiones sobre diferencias cerebrales entre hombres y mujeres. Podríamos destinar nuestro potencial e inteligencia –común– a generar más salud, empatía y compasión entre todos los cerebros

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