10 de septiembre de 2018
10.09.2018
Pasado a limpio

La aventura de las plantas

10.09.2018 | 04:00
La aventura de las plantas

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, cantaba un crepuscular Rubén Darío mucho antes de que existiera la Neurobiología Vegetal y en un futuro no muy lejano se descubra la inteligencia de las plantas. Hasta ahora siempre hemos dicho que buscan la luz o que se inclinan hacia el agua o que hunden sus raíces en la tierra, sin detenernos a pensar que las tres oraciones implican acción y un cierto grado de actividad cognitiva. Si uno de los parámetros que mide la inteligencia es la capacidad para resolver problemas, los vegetales la tienen y, además, capacidad de comunicación entre ellos, tanto en el mundo subterráneo de las raíces, como en el aeróbico a través de los aromas y de los efluvios bioquímicos.

La Ciencia ortodoxa habría calificado de herejía semejante afirmación, como hilarante la de que mi religión no me permite comer espinacas. Su crecimiento hacinado, el sufrimiento al que son sometidas esas hojas, el corte de su cogollo, el lavado industrial, los procesos de crionización, empaquetado y envasado, su trasporte y conservación, mas luego su cocción y consumo, tienen cierto paralelismo con infaustas experiencias de la última gran guerra. De manera que los argumentos veganos son tan victimarios con las plantas como sus acusaciones a los carnívoros. Hablando más en serio, es lo cierto que hasta la especialización biológica anterior a los protozoos, la distinción entre organismos celulares animales y vegetales resulta confusa.

La última tendencia del antropocentrismo es asociar el sufrimiento animal al humano, sin percatarnos de que el respeto a la naturaleza no nos exime de nuestra posición en lo alto de la pirámide alimenticia como depredadores superiores. Los procesos biológicos son geométricamente cíclicos y la naturaleza es una continua regeneración, como la energía, salvo que en el proceloso mar de la vida. Hagamos de nuestros paradigmas humanos un enésimo ejercicio funambulista y pensemos en la semejanza de la felicidad humana con el mundo vegetal, pues la vida de éste requiere de los mismos cuatro elementos que la nuestra: la tierra, el aire, el agua y el sol.

Por la tierra absorben los minerales igual que la familia es la sal de la tierra en la que crecemos, unos en el desierto como cactus espinosos y otros en la selva feraz donde es necesaria la amplitud foliar. El agua que absorben es para nosotros la sociedad en la que vivimos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos; todos ellos nos aportan un flujo constante de ideas, de historias alentadoras o de horas plúmbeas con las que otros torturan nuestra existencia. Quien tenga duda de lo afortunado de este símil, no tiene más que asomarse al bar de la esquina y verá como junto al líquido fermentado de la malta o de la uva, es tan próxima la fortuna del amigo como el infortunio del pelmazo.

¡Qué decir del aire que respiramos!, pues en las plantas representa, como en nosotros, los anhelos que nos insuflan y la transpiración que nos exuda; los ideales, las aspiraciones y las metas, tanto como la penosidad laboral y el lastre de la rutina. Queda por último el elemento primordial que es el sol, con su símil filosófico del fuego, la luz para nuestros hermanos seres clorofílicos. En los humanos no es otro que el amor, como la energía del universo anímico, que damos y que recibimos tantas veces con los ojos vendados y, sin embargo, con luminosa mirada. Es una fuerza motriz que lo mismo nos eleva como las altas ramas al luminoso cielo, que nos asfixia como la mala hierba o la enredadera que trepa por el angosto tronco y asoma sus verdosas guías, ora entre los caducifolios, ora entre los árboles de perenne hoja.

Mas, ¿cómo nos verán los vetustos árboles de anillados troncos? De los seres que reptan y de los que andan no pueden si no sentir una enervante molestia: ¿a qué corren? ¿qué frenesí les acongoja? Buscan la felicidad sin percatarse que la acción no es sinónimo de consecución, que la prisa no alcanza lo que la parsimonia, que la fugacidad no es del tiempo, sino de ellos. La contemplación no es pasiva, pues se deja mecer en la brisa, se hace trémola en el viento y se cimbrea en el huracán. La voz vegetal no es grito, que es susurro en el aire; es paleta de pintor cuando habla del tiempo y es fragancia de las flores cuando se cuaja de argumentos.

Y, después de todo, insensatos humanos, qué sería de vuestra civilización sin el papel, dónde hubiera entintado toda la gloria de su pensamiento. Cuando surcasteis las aguas o cuando tendisteis los puentes, ¿a quién debéis la herramienta, el timón o el arco? Tomasteis nuestro cuerpo con afiladas hachas y dentadas sierras y labrasteis los campos con la yunta nuestra, para dormir en vuestros tálamos, sentar en vuestras sillas o poner en vuestras mesas los frutos que desprendimos, la caza que alanceasteis o los peces que pescasteis con nuestras cañas.
Un tiempo hubo en que bajasteis de nuestras ramas, donde siempre hallasteis cobijo. En busca de la felicidad os alejasteis erguidos a dos patas para manejar con vuestras manos el cincel y el escoplo, el cepillo y la lija. El olivo calentó vuestros sueños en el hogar y el sarmiento perfumó vuestras viandas. En los frutos que cogisteis está la misma semilla de la que germina la felicidad. La próxima vez que mordáis una naranja, que masquéis las nueces o que exprimáis la uva, pensad si la poesía, el trabajo y el vino, no están hechos también a costa de nuestra felicidad vegetal. No os queda pues más que pagar un tributo: sembrad, plantad, regad a manta o por goteo, pero por lo que más améis, cuidad de los bosques, de los jardines y de las huertas, pues tanta dicha tendréis cuanta seáis capaces de dar.

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