05 de septiembre de 2018
05.09.2018
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio

Murcia de espaldas a Murcia

Los tres juramentos de San Pedro, senador Bernabé, que no fue Judas quien negó a Cristo, que sólo lo vendió por treinta monedas

05.09.2018 | 04:00
Murcia de espaldas a Murcia

En tiempos de educación clásica, era frecuente escuchar aquello de nihil novum sub sole. Y he aquí que en las ciudades señeras de la Antigüedad siempre hubo clases para mayor gloria que vieran los dioses. La austera Esparta con su diarquía supervisada y controlada por los éforos, cinco magistrados que debían garantizar la pureza del sistema. La potencia de su élite guerrera precisaba de los ilotas, siervos adscritos a la tierra. La exuberante Atenas también tuvo esclavos, más el esplendor que le dio lustre al siglo de Pericles no vino sino de las ciudades aliadas que la convirtieron en guardiana del tesoro de la Liga de Delos. Tan bien lo guardó, que lo capitalizó en su misma Acrópolis.

La potencia de su armada disuadía a cualquiera aliado tanto de evadir su tributo como de pretender su baja en la liga. En la Roma de los patricios, también hubo plebeyos indignados, cuando todas las magistraturas estaban reservadas a aquellos, mientras que ellos sólo tenían derecho al trabajo y a la milicia. La primera huelga de la que la Historia tiene noticia fue la del Monte Sacro, de donde surgió la figura del tribuno de la plebe, con amplio poder de veto.

De igual manera, el servilismo de los huertanos a los churubitos tiene su refinado fruto costumbrista en los caramelos que dan los nazarenos, pues éstos venían de sus pueblos a sacar los pasos de semana santa con el buche lleno de viandas para aguantar las largas y duras procesiones; y así empezaron a repartir caramelos entre los chiquillos para que la procesión no se les hiciera tan larga y pesada como a ellos. De igual manera, hoy pagan sus tributos al Ayuntamiento, para que éste engalane sus calles, peatonalice sus principales avenidas con caros materiales, para que todo aquel güertano que por allí caiga, camine sobre adoquinadas calles o sobre el mármol travertino de poro abierto, el más indicado para el lustre, pues se rellena del humilde polvo y el compacto barro que las alpargatas de los pedáneos traen pegados a sus suelas.

La Feria de septiembre ya ha comenzado. El alcalde anuncia que hay plantadas más de setenta mil flores para engalanarla. Alfonso X no habrá terminado de peatonalizarse, pero antes de que acabe el año, los vecinos contarán con un tontódromo de primera división. Murcia podrá lucir orgullosa como séptima ciudad de España mientras Cataluña no se independice y ganemos otro puesto.

Ínterin, los dos tercios del paisanaje que viven en pedanías podrán admirar la suerte de los churubitos capitalinos mientras hacen tiempo para que pase un un mísero autobús cada hora que los lleve de regreso a su humilde pueblo. Eso cuando pasa y siempre antes del toque de queda a las 10 de la noche, ya que después no hay servicio.
No verán, salvo que posean vehículo propio, y aun así penarán para encontrar aparcamiento, la Murcia nocturna que recibe a los turistas entre luminosas terrazas donde degustar las tapas más selectas de la cocina murciana. Al volver a sus casas tal vez sueñen con esa ciudad de la luz. Tal vez con el urbanismo de señorito que restringe la circulación de quienes no tienen la suerte de vivir en el centro, de los que tienen que usar el autobús con el precario, bochornoso e infame servicio público de transportes, que si ya era malo cuando yo era estudiante de bolsillo flaco, ahora resulta tan pésimo como caro.

O bien con las paradas de autobús junto a los cubos de basura, más de una en cada trayecto y permíteme, amable lector, que te ahorre la lamentable asociación de ideas. O bien con esas avenidas peatonales que traen a la memoria los arcenes de la infinidad de caminos de huerta, cuando los hay, que la maleza inunda para bochorno de la ciudad que se dice por encima de la soberbia Bilbao. Quizá la iluminación de la Gran Vía, con su diseño de farolas y led de bajo consumo, para vergüenza de caminos de huerta, incluso desvíos como el de Sangomera la Verde, oscuros como boca de lobo o lúgubres como el bosque de Sherwood.

Parca revancha es saber que el plan que fue diseñado con rigor de urbanista concienzudo ha sido destrozado en el casco urbano, para hacer avenidas transitables a pie para los prebostes que tienen chófer cuando necesitan coche; aceras de tres o de cinco metros por las que no circula ni una mascota sin correa, pero eso sí, con bolardos a espuertas; estacionamientos reservados a quienes tienen la fortuna de trabajar para multitud de instituciones públicas que no producen nada, pero incordian como nadie; y barreras arquitectónicas que ni los sherpas del Himalaya. Con todo eso sueña el huertano de la Murcia engalanada para sus exclusivas fiestas.

¡No haya cuidado! Que lo dicho es sólo una maniobra de distracción para no parar en los temas importantes que dan votos: el agua para todos, el AVE ya y la financiación, no los presupuestos deficitarios aprobados en la época Valcárcel. Los tres juramentos de San Pedro, senador Bernabé, que no fue Judas quien negó a Cristo, que sólo lo vendió por treinta monedas. Nada nuevo bajo el sol, por traducir el latinajo del principio.

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