19 de agosto de 2018
19.08.2018
Otras orillas

Polígrafo

19.08.2018 | 04:00

Siempre me ha parecido vana y sospechosa esa promesa en libros o películas de ´basado en hechos reales´. Realmente, ¿qué más me da que una narración se deba sustentar en un hecho que supuestamente tuvo lugar fuera de su propio universo ficcional? ¿En qué mejorará mi percepción o revalorizará el efecto del relato, el argumento o la calidad de los personajes? A mi pesar, lo real no deja de generar interés. Una prueba la encontramos en el éxito del que gozan autobiografías, biopics, publicaciones de cartas y diarios y autoficciones. Aunque estas últimas, sin duda, extraigan su fuerza no tanto del sustrato autorreferencial sino de la ficción, de la invención y de la imaginación en forma de relato de vida camuflado.

Querer delimitar la frontera entre lo real y lo ficcional me resulta un trabajo de lo más innecesario. Pero, para qué negarlo, gran parte de la población que consume ´ficciones´ (en el sentido amplio del término, es decir, novelas, crónica rosa, cotilleos, sea cual sea su naturaleza) está interesada en sus vínculos con lo real. La biografía como historia, la vida como relato. Hace poco leía en una revista un titular dedicado a un actor de una serie que está ahora de moda. En ella se incluía un reportaje sobre aspectos de su vida real: ´conoce al actor que hay detrás del personaje´ o algo así rezaba el titular. Profundizar en el personaje, saber quién es realmente el hombre de carne y hueso. Recoger fragmentos de su biografía para poder complementar la imagen que tenemos del personaje de ficción.

Ya no es que lo real se confunda con lo ficcional. Ese juego está dejando de ser interesante. Se trata de una total suplantación de lo ficcional por lo real. Reality shows, programas en los que se ´narra´ la vida de desconocidos día a día, en una casa o en una isla.
Queremos conocer la ´Realidad´. Tan solo he visto el uso del polígrafo en dos escenarios. Cuando se aplica a delincuentes para saber si han cometido un delito; y en programas televisivos del corazón. No nos vale que el invitado asegure que nos va a decir toda la verdad y nada más que la verdad. Necesitamos certificar la ´verdad´ que nos va a presentar. Se recurre a un experto y a tecnología para determinar que las respuestas sobre su vida íntima son verídicas. El polígrafo.

La realidad es la mayor ficción porque de ella se desprenden todas las demás. Los noticiarios televisivos actúan a día de hoy como contadores de historias. Hilan la noticia de un día a otro como si de un relato episódico se tratase. El acontecimiento se expone como un cuento: hay un narrador omnisciente y objetivo, imágenes, notas a pie de página y hasta testigos-narradores que han presenciado la escena en primera persona. Ya no nos reunimos alrededor del fuego a escuchar la historia mítica sobre nuestros ancestros. Ahora, cada noche, rodeamos en semicírculo nuestro televisor plano para escuchar cómo continúa la narración del procés, el crimen de un niño o la última estafa de turno. Todo real. Todo ficción.

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