12 de agosto de 2018
12.08.2018
En la silla de pensar

Chanclas con calcetines y cosas para visitar

El otro día iba conduciendo mi coche tan tranquila, pensando en la lista de la compra, cuando al mirar descuidadamente a un grupito de personas paradas en la acera, vi a una familia de turistas

12.08.2018 | 04:00

El otro día iba conduciendo mi coche tan tranquila, pensando en la lista de la compra, cuando al mirar descuidadamente a un grupito de personas paradas en la acera, vi a una familia de turistas. Creo que eran turistas a la vista del sombrero de paja que lucía la señora, las bermudas, la cámara que llevaba colgada y chanclas con calcetines que llevaba el caballero, y por los dos niños, blanquicos ellos, que llevaban gorras y pantalones cortos con camisetas iguales del Real Madrid. El caballero consultaba un móvil y ella tenía un librito en la mano. Un estampa de lo más típico y como yo soy muy listica en seguida deduje que eran turistas. Lo raro no era su aspecto, lo raro era la hora y el sitio donde me los encontré.

Pasaban las doce de la mañana, estaba cayendo un sol de esos de cuarenta y cinco grados a la sombra y la feliz familia estaba parada en la esquina de la Avenida de Monteazahar de Beniaján junto a la carretera que sube a El Bojal. No salía de mi asombro. Estuve en un tris de parar y preguntarles si necesitaban ayuda, pero en lo que duró el semáforo en rojo pensé que se trataría de una fiesta de disfraces, de un cumpleaños temático o algo así y seguí mi camino, preguntándome que podrían querer ver estas personas en Beniaján, en el caso claro de que realmente fuesen turistas.

En mi cabeza de historiadora local (algo cotilla), empecé a buscar opciones. ¿El yacimiento argárico del Puntarrón, o los restos de la torre medieval que da nombre a El Bojal? Quizá buscaban la Boquera de Tiñosa, como ejemplo espectacular del sistema de regadío primigenio de la huerta de Murcia, que ya aparece citado en el Libro del Repartimiento del siglo XIII y que muy probablemente, por su técnica constructiva, sea del siglo XII, como la muralla de la ciudad de Murcia. ¿Estarían buscando el Eco-museo Gastronómico en el que creo que algún día se explicará la evolución de la industria hortofrutícola? A lo mejor querían ver la unión del Reguerón y el río Segura, como ejemplo de una obra de ingeniería del siglo XVIII y muestra del aprovechamiento del agua. Pensé que podrían estar buscando la Torre Almodóvar como ejemplo paradigmático de la arquitectura tradicional de casas torre de la huerta de Murcia. Incluso era posible que estuviesen buscando la rambla del Garruchal, como ejemplo de restauración de un ecosistema peculiar o la ruta de senderismo por la Cuesta del Gavilán o el monte Miravete. En mi locura más loca, imaginé que estaban buscando la casa Antonete Gálvez y su centro de interpretación sobre el Cantón murciano.
Seguro que me estaba olvidando de cosas interesantes que visitar.

Seguí mi camino hacia mi supermercado de cabecera, aunque con la curiosidad y la duda en el cuerpo. No podía dejar de imaginarme a mi misma, en un lugar desconocido, con una guía turística o una aplicación en el móvil en la que me vendían un paisaje lleno de bancales de verduras, acequias con olmos en los quijeros, edificios nobles que visitar, museos con contenidos interesantes y recursos culturales por doquier, en un municipio moderno que tuviese como objetivo turístico, que los visitantes conociesen su patrimonio cultural y entendiesen el paisaje que los hace especiales y merecedores de una visita.

Si yo fuera ellos estaría muy cabreada al darme cuenta de que la realidad dista mucho de esa imaginación mía.
En el pasillo de los yogures, al fresquito de las cámaras frigoríficas, pensaba en esa pobre familia perdida en medio de Beniaján, sin una indicación turística de la que echar mano, salvo la que, ´extrañamente para mí´, indica la dirección hacia el Santuario de la Fuensanta.
En la situación privilegiada que ofrece el frescor del aire acondicionado de un supermercado, me descubrí lamentándome de la suerte de aquellos turistas que habían decidido, incomprensiblemente y a lo loco, arriesgarse a ir a una pedanía (pobres inocentes), adentrándose en la espesura de este municipio de Murcia, en el que a cada paso puedes descubrir patrimonio cultural en un periodo histórico tan amplio como el que va desde la Prehistoria hasta antes de ayer, pero en el que también, incomprensiblemente, tienes que tomártelo como si fueras aquel explorador que se propuso encontrar las fuentes del Nilo o el arqueólogo loco que se empeñó en encontrar Troya.

Yo, mientras ellos vivían una aventura cultural, terminé la compra en mi supermercado de cabecera, ese donde mejor se me ocurren ideas para proyectos culturales, cogí mi coche y me marché.

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