01 de julio de 2018
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Más feliz que una perdiz

05.07.2018 | 00:04
Más feliz que una perdiz

En mi trabajo, una de las pequeñas satisfacciones es ver como se le ilumina la mirada a las personas que están siguiendo una visita guiada a una exposición, a un museo o a un monumento, en el instante en el que descubren algo que les hace entender lo que están viendo.

En mis años de ´docente´ (por considerar a los guias turísticos y educadores /mediadores de museos como educadores que no están obligados a examinar a sus alumnos y a tener que ajustarse a unos contenidos reglados) y en mis años de trabajo en divulgación cultural he pasado por casi todas las situaciones laborales. He sido voluntaria, becaria, contratada y ahora funcionaria, pero en todas esas situaciones he considerado que tenía una gran responsabilidad en el trabajo que se me encomendaba.

Muchas veces he escuchado que mi trabajo es muy cómodo, bonito y fácil, pero también he visto como compañeros han tenido que cambiar de profesión por no ser capaces de ponerse delante de un grupo de niños, de mujeres, de universitarios, de discapacitados, de extranjeros, de enfermos mentales, de personas al fin y al cabo, que te solicitan el acompañamiento cualificado de un profesional de la cultura a un museo, una exposición, una espacio natural o a un lugar patrimonial.

Estudias y elaboras un discurso coherente, didáctico, atrayente. Procuras que ese discurso se adapte a las características y conocimientos previos de quien vas a tener delante. Cuando ese trabajo va a desarrollarse en un idioma distinto al tuyo, debes tener en cuenta el vocabulario específico del espacio patrimonial en el que te vas a mover y además de todo eso, debes poner en práctica una serie de habilidades sociales relacionadas con la empatía, la comunicación verbal y la no verbal; y por si eso fuera poco, prepararte para hacer tu trabajo, a veces, en condiciones no muy adecuadas en cuanto a la climatología, el ruido, el tamaño de lugar, o las condiciones específicas del museo o la sala que visitas.

Recuerdo que hace muchos años, después de estar un par de horas impartiendo un curso sobre la ciudad de Murcia en la Edad Media, se me acercó una señora de entre los asistentes y me dijo: ¡me ha gustado mucho el espectáculo! Me di cuenta en ese momento de que lo que llevaba (y llevo) décadas haciendo es actuar. Eso es lo que hago cuando se me encarga una tarea relacionada con la divulgación histórica y patrimonial: busco la manera de enseñar los contenidos que me vienen dados o que también he diseñado, de forma que el visitante, el usuario o quien escuche, lea o mire, entienda lo que le estamos mostrando.

En la profesión de educador/ mediador/ guía/ docente cultural es necesaria la formación constante y continua. Por eso un buen educador no deja de leer, de investigar, de escribir, de diseñar contenidos y cuando mis hijos me preguntan «pero mamá ¿cuando vas a acabar de estudiar?», contesto: «Nunca». Es fundamental que para divulgar antes se haya hecho un trabajo de investigación y estudio que te permita ofrecer una información veraz y de calidad. Es imprescindible conocer el tema del cual vas a disertar. En esta tarea tenemos que tener en cuenta que dentro de la realción ´informal´ que se establece ente el guía y el guiado puede surgir o no el entendimiento y eso es parte de nuestro oficio. Estar sometido al escrutinio del oyente.

La cultura es ciencia y la divulgación cultural también.

Cuando un científico encuentra la solución a una hipótesis es «más feliz que una perdiz» y esa sensación te cura de todas las horas de trabajo que has pasado sin descubrir nada. La sensación de ´esto tengo que contarlo´, es la sensación que invade a un investigador que además esté preocupado por la divulgación. Para los que nos consideramos ´científicos de humanidades´, es indescriptible la alegría o el subidón que sientes cuando en un archivo estás buscando un dato que corrobore una teoría o una información que te ayude a comprender un hecho histórico, la construcción de algo o simplemente a entender un territorio. Es ese momento que los sufíes llaman himma, en el que te asalta la necesidad de la creación, de la divulgación, de levantar la mirada y al primer investigador que tengas cerca decirle: ¡Mira!.

Una vez conseguido el dato, la noticia, la pieza, o lo que permita demostrar, corroborar o simplemente explicar mejor una teoría, el divulgador cultural desarrolla todo un aparato de contenidos que contextualicen y hagan comprensible al usuario lo que queremos contar.

Un guía/mediador cultural puede ser una enciclopedia andante y ser muy mal comunicador, un vecino de un pueblo que lleva toda la vida enseñando su castillo o su ´cueva con letreros´ puede que sea un pozo de anécdotas y curiosidades. Es necesario que quien administra la cultura, esas mentes pensantes´, del ámbito de las humanidades, entiendan que los museos, los espacios patrimoniales, el patrimonio histórico, documental, natural, arqueológico o etnográfico necesita de unos divulgadores científicos reconocidos, respetados y protegidos ya que sin ellos buena parte de la educación formal se va a encontrar seriamente perjudicada. La cultura es ciencia.

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