08 de junio de 2018
08.06.2018
Tierra de nadie

Escritores de quiosco

"La muerte de Francesc Caudet me ha hecho caer en la cuenta de que con él se ha ido un mundo que fue el mundo real no hace tanto tiempo"

11.06.2018 | 22:31
Escritores de quiosco

Alguna vez, en algún momento, todos hemos de confesar lo inconfesable, aquello que llevamos guardando desde siempre, aquel secreto que no le decimos a nadie, ni al espejo siquiera, quizás porque nos avergüenza o nos aflige o las dos cosas al mismo tiempo. Pero un día te sobreviene un rapto de sinceridad y te lanzas, y lo confiesas, y lo asumes. Y hoy ese día ha llegado para mí.

Yo, como Curro el Palmo, el personaje de aquella maravillosa canción de Serrat, «me leí enterito a don Marcial Lafuente», Estefanía de segundo apellido, y no solo a él, sino que, reincidiendo en el nefasto vicio, también a sus colegas de profesión, especialmente a Francesc Caudet, más conocido por sus seudónimos de Silver Kane, Curtis Garland, Montana Blake o Frank Caudett, y que acaba de morir a los 79 años de edad en Barcelona, su ciudad natal, dejándonos huérfanos de esa literatura de quiosco que ya no existe y, seguramente, nunca más volverá a existir.

Sí, debo confesar que yo fui, durante un tiempo raro de mi adolescencia, un ávido lector de novelas de quiosco, cuando todavía aquellas eran un género popular y económico y éstos un baluarte de la cultura de masas y no los anémicos lugares que son hoy en día.

Aquellas novelas de a duro, en formato octavilla y no más de cien páginas, de aquellos escritores estajanovistas (aunque yo entonces no supiera en qué condiciones escribían sus historias) en las que los héroes medían siempre ´seis pies y dos pulgadas´ y podían con una sola bala dejar fuera de combate a dos o tres enemigos, y de los que tanto aprendí del oficio de contar historias.

Y vengo a explicar hoy todo esto porque la muerte de Francesc Caudet me ha hecho caer en la cuenta de que con él se ha ido un mundo que fue el mundo real no hace tanto tiempo, un mundo de domingo por la mañana en el que invertir la paga semanal en un par de tebeos y una novela del Oeste, o del FBI, y dejar que pasara la tarde entre aventuras imposibles.

Aquellos escritores prolíficos, obreros del tajo de juntar palabras que llegaron a acumular una ingente obra que se cuenta por miles de títulos, lo que por desgracia no iba parejo ni a la fama ni al dinero. A don Marcial se le adjudicaron unos 2.600, y a Caudet, el último superviviente del género, algo así como 1.500, pero ninguno enriqueció con su trabajo, ni su fama alcanzó a que le parasen por la calle y le pidiesen autógrafos o, una de esas tardes en que un chaval andaba burlando el tiempo con una de sus historias, alguien le llamase y, por sorpresa, le nombrase ministro de Cultura.

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