23 de mayo de 2018
23.05.2018
La Feliz Gobernación

Valcárcel, más listo que Zaplana

Zaplana ha sido conducido al trullo por lo suyo, y Valcárcel, exculpado de Novo Carthago. Dos hombres y dos destinos

23.05.2018 | 04:00
Pilar Barreiro, Federico Trillo, Valcárcel, Zaplana y Pedro José Pérez, en San Pedro en 1999.

En horas veinticuatro, Zaplana ha sido conducido al trullo por lo suyo, y Valcárcel, exculpado de Novo Carthago. Dos hombres y dos destinos. En los tiempos de esplendor en la hierba (véase la foto) ambos hacían un paripé, cada verano, en alternativos saraos tanto en la alicantina Torrevieja como en la murciana San Pedro del Pinatar, para representar la confluencia de intereses territoriales sobre agua e infraestructuras. En realidad, no se soportaban. El presidente valenciano birló al murciano toda influencia en la CAM, entonces el juguetito que financiaba los caprichos de uno y de otro hasta que se rompió de tanto usarlo, y Zaplana utilizaba a Valcárcel ante Madrid para, so pretexto de la convergencia mediterránea, adelantarse a las inversiones en infraestructuras que se detenían una y otra vez en la frontera con Alicante. El cartagenero acomodado en la Comunidad vecina exhibía su ambición política con más soltura, mientras Valcárcel se hacía el modesto a la espera de su oportunidad.

Zaplana cayó en la trampa de renunciar a su virreinato territorial (el poder para siempre) por el plato de lentejas de un ministerio (el poder para dos siestas, y un retrato en la galería de los ex). En Valencia, Zaplana era Dios, y en Madrid un parvenu de provincias sin el pedigrí de los grandes apellidos; en los salones de la capital del Reino era identificado como el exalcalde de Benidorm que pretendía incrementar en la Corte el porcentaje de las comisiones a cobrar, sin percatarse de que en el centro del reino el número de buitres sufre de overbooking. Recuerdo que se lo comenté, por entonces, al propio Valcárcel: «¿No sabe Zaplana que es más importante ser presidente de Valencia que ministro de España?». Valcárcel se sonreía, porque sabía que me refería indirectamente a él. Y, en efecto, el presidente murciano tenía claro de antemano que ese camino no era el suyo. ¿Ser ministro para después ir dando tumbos hasta la jubilación por puertas giratorias que requerirían de agradecimiento a quienes se las abrieran?

Valcárcel era mucho más listo que todo eso. Su proyecto personal consistía en resistir en la presidencia murciana hasta agotar la confianza ciudadana, permanentemente inducida al ya te veré de proyectos de futuro que en algún momento se desinflarían, y ese sería el momento de salir corriendo, dándose con los talones en el culo, hacia la mejor puerta giratoria de todas las existentes: Europa (que suene el himno). Vivir de la política hasta el final de sus días sin tener que dar rodeos por Telefónica u otros asideros inciertos, dependientes de la influencia de las cambiantes mayorías políticas.

En ambos casos, el de Zaplana, que eligió el postín ministerial, y el de Valcárcel, que permaneció agazapado en la modestia provinciana, existía un riesgo: el rastro de las respectivas gestiones. A Zaplana le ha salpicado al fin su desenvoltura de los tiempos de vino y rosas, muy temeraria entonces y después, ya que ni siquiera provisto del sueldazo de Telefónica renunció a hozar, incluso amenazado por su enfermedad, en los sumideros de las cloacas madrileñas haciendo piña con los Ignacio González y compañía y dando muestras de una infinita vocación corleonesca. (Una vez que pasó ante mí, sentado yo en una terraza de la calle de Alcalá, en Madrid, pude atusarme el bigote al verme reflejado en el espejo acharolado de sus zapatos, que pisaban con la fuerza de los amos del universo). Tanta gloria para acabar en el furgón.

A Valcárcel, sin embargo, le va mejor. Hace poco vino por aquí para decir que nunca supo de la ingeniería legal (es decir, ilegal) de la desaladora de Escombreras, que promovió durante su mandato, y después, la jueza de Novo Carthago lo ha dejado al margen de las supuestas trapisondas de tres de sus consejeros de máxima confianza, a pesar de que fue él quien invitó al promotor de la urbanización proyectada a la boda su hija, beneficiaria a su vez de un suculento empleo en una de las empresas proveedoras del personaje en cuestión, de quien tampoco se ha podido saber la naturaleza de su regalo en tal evento.

¿Cantará alguno de esos consejeros que cargan con el marrón? Cerdá, imposible; está agradecido por veinte años de continuidad en el Gobierno. Bascuñana, que lo sabe todo, soportará silenciosamente lo que le toque, aunque por si acaso, en la primera reunión que el eurodiputado mantuvo con López Miras en el restaurante Nueva Tradición sugirió al nuevo presidente: «Cuida de Bascu; está muy triste». La duda está en Marqués, que nunca se ha callado una y es, por encima de todo, un tipo noble. Ya veremos.

Valcárcel es más listo que Zaplana. A las pruebas me remito. Pero los espectadores de estos espectáculos tampoco son tontos.

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