13 de mayo de 2018
13.05.2018
El diario de

Polvo en los zapatos

13.05.2018 | 04:00

14 de abril

De boda. Asistimos en el balneario de Archena a la boda de mi sobrina Merche Campillo con su novio Salustiano. Es sábado y la misa se celebra en la ermita de la Virgen de la Salud. Entreveo (a través de un muro de pamelas) un retablo cargado de filigranas doradas que rezuma cierto aire oriental, como oriental es también esta religión milenaria que sigue practicándose entre nosotros. El cura, risueño y locuaz, lee el pasaje de las bodas de Canaán. Un grupo de músicos interpreta el Hallelujah de Leonard Cohen. Mi cuñado Juan Pedro Campillo lleva traje oscuro con flor blanca en el ojal, así como chaleco, corbata y pañuelo de un mismo estampado granate. Parece un padrino de los de antes, una especie de patriarca. En el exterior de la ermita, los clientes del balneario se pasean semidesnudos con sus albornoces blancos, entremezclándose con los invitados. A escasos metros se levantan las ruinas de las termas que los romanos fundaron hace 2000 años.

15 de abril

Siapton. Al pasar por la Estación de Blanca me fijo en el restaurante Mónaco. Hace ya casi tres décadas que, en su planta superior, impartí una charla a los campesinos de La Hoya. Aún ejercía de ingeniero agrónomo y (no sin timidez) canté las excelencias de un producto denominado Siapton, fertilizante líquido fabricado en Italia con despojos de animales que (según probaban los ensayos) favorecía el crecimiento de las plantas. Me acompañaban Ramón Sánchez y José Manuel de la Peña. Un año después, ya en la central de Barcelona, me dediqué a labores de márquetin y fui designado ´jefe de producto´ del Siapton. Por aquellas oficinas pululaba gente como Barry Shears o Andreu Peix€ Juraría que todo eso le ocurrió a otro.

16 de abril

Los ofendiditos. Ese cronista callejero y vagamundos que es Paco López Mengual va a extender su influjo a la ciudad de los muertos. «Los cementerios son libros abiertos que nos narran historias talladas en el mármol de sus lápidas», proclama, y con esa idea guiará un recorrido por la morada final de treinta mil almas que una vez habitaron Molina de Segura, exponiendo anécdotas espigadas de un lado u otro (por ejemplo, que aquí reposa el chofer de Franco). Las reservas para tales paseos se han agotado enseguida, pero también hay quien ha optado por patalear en las redes sociales, calificando la idea de ´profanación´ y de ´escándalo´.
Mi sobrino Víctor Piqueras decía anteayer, durante el convite de boda, que vivimos en la época de ´los ofendiditos´: gente que se rasga las vestiduras por cualquier menudencia aprovechando la difusión (o disfunción) que le ofrecen Facebook y Twitter. Las almas perdidas, los cerebros reblandecidos y los incapacitados para disfrutar de la vida nunca han tenido tantas posibilidades de hacerse oír como ahora, lo que ha terminado por generar una censura encubierta por temor a sus reacciones€ No sé si será esto a lo que se refiere Juan Manuel de Prada cuando habla de ´cretinismo ambiental´.

17 de abril

La mosca. Soy testigo de un drama que ocurre a tres palmos de mí, en un orificio del marco de aluminio blanco de mi ventana. Descubro que dentro de ese orificio se ha instalado una araña, y que ahora tiene agarrada de la pata trasera a una mosca de mayor tamaño, la cual agita vanamente sus alas intentando huir. Mientras la araña tira de ella, su zumbido alcanza una extraña calidad, casi como de grito o de lamento humano, lo que inmediatamente me trae a la mente la escena final de la película La mosca (la de 1958). ¿Cómo veríamos esa lucha titánica entre monstruos si, de repente, adquiriéramos el tamaño de una pulga? Grabo un par de minutos con el móvil. La mosca aún tarda media hora en capitular.

19 de abril

Cóctel literario. Me asomo a la terraza de Los Molinos del Río y veo reflejarse la torre de la catedral en las aguas del Segura. Llevo una copa de vino en la mano y estoy rodeado de escritores y de críticos literarios (teóricamente, tribus enemigas); también merodea por aquí, con gesto hierático, el alcalde de la Murcia presente. A algunos de estos críticos (Ángel Basanta, Enrique Turpín) los conocí en Ponferrada hace años, entre ellos a Manuel Ángel Morales, que me dio la idea de recorrer a pie el Muro de Adriano, y que hoy me aconseja abordarlo por el oeste, desde Carlisle.

Hace seis horas estaba sumido en el laberinto burocrático de una nueva ley de contratos públicos, y esa tarea nauseabunda aún ronda por mi cabeza mientras intento mimetizarme en este cóctel mundano. No siempre me resulta sencillo cambiar de registro. Asiento con gesto parco cuando Leonardo Cano me dice que la literatura es irrenunciable, porque (afirma) seguiríamos escribiendo aunque no obtuviéramos un céntimo a cambio. Paso un mal trago ante la periodista Rosa Martínez por no recordar sus facciones. Lola López Mondéjar (siempre atenta a la paridad entre sexos) me hace observar que en la terraza hay muchos más hombres que mujeres.

Es cierto, como también es cierto que ha empezado a refrescar y que las existencias de vino y cerveza están agotándose. Mientras hablo sobre componer canciones con el poeta Ginés Aniorte, me doy cuenta de hasta qué punto se parece al cantante Johnny Cash. Dentro de mi mente sigue burbujeando, como el residuo de una flatulencia, la ley de contratos públicos. El novelista Ginés Sánchez me recuerda que conoció a la poeta Cristina Morano (su pareja) gracias a que invité a ambos a la presentación de una novela mía. Merodea también por el cóctel Jerónimo Tristante, que va a dar una conferencia en Murcia sobre la bestia de Gévaudan; sostiene que fue un tigrón o un tigre que escapó a sus dueños, lo que me lleva a contarle la historia del lobo blanco de Matarraña.

Son las once y media. Los camareros retiran botellas y copas apuradas hasta las heces. Miguel Ángel Hernández, José Manuel Jiménez y Leonardo Cano prolongan el cóctel por su cuenta, pero yo aún he de conducir hasta casa.

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