11 de mayo de 2018
11.05.2018
Dulce viernes

Estudió conmigo

Un instante solo las ondas de su pelo temblaron cuando inclinó ligeramente la cabeza sobre el atril

11.05.2018 | 13:21
Estudió conmigo

Queta subió al estrado con garbo. Un instante solo las ondas de su pelo temblaron cuando inclinó ligeramente la cabeza sobre el atril. Su voz sonó clara y cantarina desde la primera frase. Luego, en la fiesta, dijo que estaba muy nerviosa. Pero no titubeó al echar la vista atrás y recordar lo vivido con sus compañeros en los últimos cuatro años. Y dijo aquí está el futuro, ahora. Desde la tribuna, la madrina de la promoción, Lourdes García Campos, la miraba con una sonrisa en la boca y en los ojos que parecía decir: gracias por llenar el mundo de ilusión.

Pero también hay miedo, me contaría después Ramón cuando se acercó a mí desde la pista de baile con la corbata torcida y medio faldón de la camisa por fuera. «Sé que tengo que hacerlo», me decía mirándome con sus desvalidos y ardientes ojos azules de chico del ´Club de los poetas muertos´, y su sonrisa algo forzada desmentía la seguridad de sus palabras. Quién sabe lo que hay que hacer a los 23 años, cuando el futuro es solo una presencia invisible, como el mar cuando está tan en calma que al atardecer parece que la bahía se ha vaciado. Aunque no se oye y, confundido con el cielo, no se ve, sabemos que está ahí atrayéndonos con su belleza fugaz y engañosa. «Hazlo», le dije, con la convicción de que solo hay que mirar atrás cuando las cosas ya no tienen remedio. Como dijo Queta en su discurso, ahora es el futuro, de una forma que no se volverá a repetir.

Sus palabras me llenan de melancolía. Sobre todo esa última frase con la que intenta imaginar, momentos antes de que la vida les abra caminos diferentes, qué quedará de estos años de vivencias compartidas. Quedará ese ´estudió conmigo´ que todos hemos pronunciado con tanta naturalidad a lo largo de los años, sin apenas darnos cuenta de lo que esa frase significaba.

Ahora, por alguna razón, escuchadas en la voz clara de Queta, que solo puede pronunciarlas como un deseo, esas palabras me golpean el corazón. Y las repetirán Anabel, María, Rubén, Alejandra, Yoel€ cuando, en medio ya del viaje, recuerden los tiempos de la juventud en los que la vida era un mar invisible, un secreto que pasa inadvertido, pero cargado de fabulosas posibilidades.

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