03 de mayo de 2018
03.05.2018
Espacio abierto

¿Por qué se excitan?

Imaginen, aunque nos produzca espanto, la escena que llevamos inoculada desde hace días y volvamos, pues, a la pregunta: ¿Cómo se excitan?

02.05.2018 | 23:13
¿Por qué se excitan?

Sí, no respondan tan rápido, no recurran a las respuesta consabidas y tranquilizadoras, que apenas formuladas nos dejan tranquilos, suspendiendo la incomodidad de la pregunta. Las palabras están contaminadas por el uso, se ha desleído su significado, ha sido secuestrada también en ellas su vocación de describir la realidad.

Imaginen, aunque nos produzca espanto, la escena que llevamos inoculada desde hace días y volvamos, pues, a la pregunta: ¿cómo se excitan? ¿por qué el miembro viril de muchos, demasiados hombres (recordemos: soldados en las guerras; terroristas de Boko Haram...; nuestro artículo de la pasada semana, Botín de guerra, incidía en este aspecto; violadores urbanos; sacerdotes pedófilos, maltratadores y parejas en la intimidad doméstica) se yergue venciendo la fuerza de la gravedad y penetra al indefenso cuando frente a él observa el dolor y no el placer? ¿qué mecanismo, qué reflejo pone en marcha una erección que se alza, no frente al deseo del otro, sino frente a su sufrimiento?

Una de cada tres mujeres en la UE había sido víctima de violencia física o sexual desde los 15 años; una de cada veinte había sido violada; más de la mitad (55%) de las mujeres había sufrido acoso sexual; una de cada tres había sufrido abuso psicológico por parte de su pareja y la misma proporción había sufrido violencia física o sexual por un adulto durante la infancia»

¿Qué mecanismos explican estas cifras escalofriantes? ¿Se lo han preguntado alguna vez? Ellos se excitan con el dolor ajeno; con el miedo, con la angustia de sus víctimas consiguen su placer. Los hombres, según los especialistas, se excitan al ver pornografía sobre violaciones. Es decir, en su mapa erótico, consciente e inconsciente, el placer sexual está vinculado a la violencia contra la mujer y al sentimiento de dominación y de poder sobre ella. La pornografía, nos dice Noami Woolf, atrofia el deseo sexual y hace que disminuya la atracción física hacia la compañera, mientras que produce una excitación externa que estimula la dopamina, una sustancia que genera adicción a las sensaciones euforizantes que desencadena, así como un intenso deseo de que vuelvan a repetirse; solo que necesita de estímulos cada vez más fuertes para lograrlo. Noami Woolf plantea esta hipótesis para explicar las conductas autodestructivas que han llevado a muchos hombres públicos ( Dominique Strauss- Kahn fue uno de los primeros, los famosos denunciados por el movimiento #Metoo continuaron la larga lista), y a ciudadanos corrientes, a efectuar abusos sexuales que ponen en riesgo su carrera, o a los jóvenes a grabar en móvil las violaciones, obviando su propio peligro si son descubiertos.

¿Podría la disponibilidad y el consumo generalizado de porno estar reescribiendo el cerebro masculino, afectando su juicio sobre el sexo y provocando que tengan mayores dificultades para controlar sus impulsos? Se pregunta.

¿Por qué se excitan así?

Las mujeres han sufrido desde el origen de la humanidad una violencia añadida vinculada a su género: han sido esclavas sexuales además de laborales, la esclavitud laboral afectaba a unos y otros. En la mayoría de los casos, la violencia sexual ejercida contra las mujeres aporta a los hombres un sentimiento de dominación y de euforia que se ve amenazado cotidianamente por la sociedad y por la propia vida; o incrementado por el poder en aquellos que ya lo tienen. Violar a las mujeres les supone un sentimiento de omnipotencia inmediato que elimina el sentido de la realidad: sienten que lo pueden todo. De ahí que grabar esa violación y compartirla no sea una amenaza, pues el yo omnipotente no se siente en peligro, tiene el control absoluto sobre la víctima, el poder y la dominación. Se engrandecen.

Los últimos datos reflejan un crecimiento del 11,3% en los nueve primeros meses de 2017 respecto al mismo período del año anterior. En España se registran oficialmente cuatro violaciones diarias.

Las mujeres rara vez violan.

Anselm Von Fuerbach habló de que a Gaspar Hauser, el joven que apareció en Nuremberg en 1828, que había sido aislado y retenido hasta ese momento en una mazmorra, sin apenas contacto humano, había sufrido un 'secuestro del alma'. Sus captores le habían privado de humanidad. Cada violador ejerce ese delito contra el alma de la mujer en cada una de sus agresiones. Y lo hace porque la historia, desde Aristóteles, nos privó previamente de alma, representándonos como naturaleza, zoé sin bios, que diría Giorgio Agamben, cuerpos reproductores, carne para el consumo del hombre, desprovista de subjetividad.

Cuerpos desnudos, sin proyecto, tan fascinantes para los hombres en la vieja tradición oriental que ya nos mostrara Kawabata, como en la occidental que ejemplificaron García Márquez y Neruda en sus vidas y en sus obras

No existe ningún delito que cometan más mujeres que hombres. Para comprobar esto sólo tenemos que conocer el número de hombres (47.953) que hay en prisión frente al número de mujeres (3.962). Es decir, el 92,46% de los presos son varones. Recordemos que en España la población femenina es ligeramente mayor que la masculina, un 51% frente a un 49%. 

¿Por qué el dolor del otro les excita?

Es hora de que abordemos desde la raíz esta diferencia también radical. Es hora de abolirla desde los primeros años mediante una educación igualitaria que aporte a la masculinidad el control de impulsos, la empatía y el cuidado del otro que impiden a las mujeres tratar a los hombres como ellos nos tratan, individual y colectivamente, demasiadas veces a nosotras. Es hora de que nuestras leyes cambien en esta dirección.

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