16 de abril de 2018
16.04.2018
El castillete

Novios de la muerte

16.04.2018 | 04:00
Novios de la muerte

Tenemos tendencia a considerar que la historia es lineal y su camino transcurre en el sentido único del progreso, la justicia y la razón. En definitiva, que sólo podemos ir hacia adelante, avanzando siempre hacia un futuro mejor, más libre y civilizado. A quien así piensa se le cayeron, sin duda, los palos del sombrajo cuando, en la pasada Semana Santa, vio a cuatro ministras y ministros del gobierno, entre los que se encontraban los de Educación y Justicia, entonar el himno de la legión, Novios de la Muerte, al paso de un trono portado por miembros de este cuerpo del Ejército. Lo hicieron, además, henchidos de fervor religioso y orgullo patriótico, lo cual no sería en absoluto objetable si esa exhibición la hubieran realizado como ciudadanos y ciudadanas particulares, libres por completo de manifestar públicamente sus creencias. Pero es que resulta que acudieron como representantes de un Estado constitucionalmente aconfesional que, en el ámbito de los valores, propugna la defensa de la paz y la convivencia, que no casan demasiado con la exaltación de la guerra y la muerte que aquel himno contiene.

En definitiva, esa amalgama de integrismo religioso y militarismo rancio que se vivió en las calles de Málaga choca frontalmente con lo que la Constitución establece en lo tocante al comportamiento de los poderes públicos. Binomio que, además, ha resultado letal a lo largo de la historia para la causa de la democracia en este país, constituyendo uno de los pilares fundamentales del fascismo patrio.

La cuestión, en todo caso, trasciende la mera anécdota que hubiera supuesto la simple expresión de un 'calentón' protagonizado por personas que profesan una determinada ideología, pero que en el conjunto de su vida pública atemperaran su comportamiento gubernamental a valores democráticos, pacifistas y constitucionalistas. Más bien al contrario, asistimos en los últimos tiempos a la eclosión de expresiones de nacionalcatolicismo que tienen su origen en la dictadura y que, de hecho, se han mantenido constantes desde el inicio de la Transición. Me estoy refiriendo, en primer lugar, a la presencia en las procesiones religiosas de representantes de las autoridades civiles que asisten en su condición de tales, invocando para ello 'la tradición', incluso por parte de representantes políticos del socialismo. Porque si es cierto que nuestra ley de leyes apela a la aconfesionalidad del Estado, no es menos cierto que sigue vigente un Concordato de 1953 que mantiene inalterables los privilegios de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de su financiación a cargo del erario público.

La presencia militar en los actos religiosos es, desde una visión moderna y laica, tan anómala o más que la política. Confirma un vínculo entre el aparato armado (del que se dota la sociedad para garantizar su seguridad) y una visión del mundo (la del integrismo religioso) de la que es portadora una determinada élite social(la jerarquía de la Iglesia). Es decir, quien tiene las armas y ha de mantener la más estricta neutralidad dentro del debate ideológico y político, se decanta por una versión concreta del cristianismo, la más reaccionaria y antisocial, en las antípodas de ese cristianismo comprometido con los más débiles y la justicia social que abomina de la militarización y politización de las manifestaciones religiosas. En definitiva, se mantiene y refuerza esa trilogía Gobierno-Ejército-Iglesia que durante la dictadura se ocupó de encadenar las conciencias y someter las libertades para garantizar los privilegios de unos pocos.

Éstas y otras expresiones de la creciente regresión que vivimos (banderas a media asta en edificios oficiales durante la Semana de Pasión, adoctrinamiento en valores militares y 'patrióticos' en colegios) se ubican en un contexto de afloramiento virulento de ese ADN franquista que contiene el Régimen del 78. Retrocedemos abruptamente en libertades y derechos, y estas restricciones van en el mismo paquete que el nacionalcatolicismo emergente. Hay quienes, desde su amor a la muerte, pretenden que este país se afirme en el oscurantismo, la arbitrariedad, la corrupción, la represión y la injusticia. Que nunca nos abandonaron del todo.

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