08 de abril de 2018
08.04.2018
El diario de

Polvo en los zapatos

"En Santiago El Mayor, dos mujeres contemplan la flamante pasarela verde, que implica la irrevocable construcción del muro. ´Todo está perdido´, dice una de ellas"

08.04.2018 | 04:00
Más allá de la vía del tren en Murcia, un no-lugar.

16 DE MARZO

Del mismo modo en que Gérard de Nerval narró un simple viaje a los arrabales de París en Noches de octubre, o en que Robert Walser describió su célebre paseo a pie por el centro de Berna, hoy haré de flâneur por las calles de Murcia. Veremos qué ocurre. Son las ocho y media de la mañana cuando dejo mi coche en Vistabella y cruzo el río Segura camino del barrio del Infante. Observo ánades meciéndose en el agua, gente que va y viene con bolsos, macutos, portafolios. Bajo el cielo seminublado brillan charcos de lluvia nocturna. Las marquesinas de las paradas de autobús propagan el rostro del actor Johnny Depp.

Recorro la avenida Pío Baroja y llego hasta la vía del ferrocarril. En los edificios ondean grandes pancartas divulgando consignas como «Soterramiento ya» y «No al muro». Decenas de policías uniformados custodian una pasarela verde; oigo decir que ha sido levantada esta misma noche, aprovechando el amparo de la oscuridad. Los vecinos de Santiago el Mayor llevan meses manifestándose contra un doble muro de hormigón que encauzará el tren de alta velocidad y que –fatalmente– los aislará del resto de la ciudad. Su cruzada ha trascendido a los noticiarios nacionales. Dos mujeres contemplan la flamante pasarela, que implica la irrevocable construcción del muro. «Todo está perdido», dice una de ellas.

He de orillar una interminable tapia más allá de la vía férrea para poder regresar al centro. Por encima de la tapia asoman viejos depósitos de agua ya en desuso y oxidados. A lo lejos se oye el altavoz de la estación anunciando trenes que llegan y trenes que se van. Es un paisaje solitario, de casas en ruinas y descampados que parecen no tener fin. Posee esa extraña belleza de los extrarradios, de las afueras, siempre sin decidirse entre ser campo o ciudad. En la fachada de una de esas casas abandonadas leo: «Es pederasta. ¡Cuidado niñas!» y «Mata a tu violador local». ¿Qué ocurriría aquí?

Cruzo de nuevo la vía. En el barrio del Carmen abundan establecimientos de inmigrantes –peluquería Tánger, modas Fátima, bar Antalya, café Al Baraka– y templos de confesiones no católicas, como la Iglesia Evangélica Cuerpo de Cristo o la Iglesia Cristiana Adventista del Séptimo Día. Me viene a la cabeza el relato El horror de Red Hook, donde un Lovecraft aquejado de xenofobia imaginaba un tejido de cultos prohibidos en un distrito neoyorquino plagado de razas foráneas. Como si la ficción lovecraftiana fuera a hacerse realidad, encuentro un local regido por una entidad llamada ´El Ángel Caído´, cuyo distintivo es un ángel postrado ante una serpiente.

Desayuno en una terraza hojeando el periódico. Equis ha ganado las elecciones a rector. El Congreso debate la derogación de la prisión permanente revisable. Finlandia es el país más feliz del mundo. Nada de todo ello consigue interesarme demasiado. O quizá sólo sea que no logro concentrarme en la lectura, porque, en la mesa contigua a la mía, una mujer da gritos a su móvil entre bocanadas de humo: «¡No, si te entiendo perfectamente! ¡Claro que sí!». Teñida de rubio, empleada de banca, no parece consciente de estar molestando a los demás. Cuando me marcho, todavía la oigo exclamar: «¡Si no me echo las flores yo, quién me las va a echar!».

Llego a una librería de viejo. Mientras escudriño los lomos de las estanterías, un cliente de treinta y pico años, con barba, coleta y bermudas, diserta ante el dueño acerca de los distintos dibujantes de Spiderman; el silencio sepulcral del otro me sugiere que tales reflexiones le traen sin cuidado. Al rato entra un hombre que deposita una bolsa de deporte sobre el mostrador. «Eran de mi padre», le oigo decir; «el pobre no tenía vicios, sólo coleccionaba libros de Arte». Cuando se marcha, curioseo los dos tomos que ha terminado dejando, uno sobre pintura catalana y otro sobre Picasso; son lujosos, tan grandes y pesados que servirían para matar a una persona de un golpe en la cabeza, pero su heredero los ha vendido por lo que vale un bocadillo.

Pido una escalera para alcanzar los estantes más elevados. Desde arriba veo en escorzo a una mujer que entra exclamando: «Se lo prometí al Gran Poder: ¡hasta que se llenen los pantanos no leo!» Es sevillana, aunque debe de llevar tanto tiempo en Murcia que ha perdido la exuberancia de su acento vernáculo. Cuando me ve comprar una quincena de volúmenes, dice guiñándome el ojo: «Tenemos el mismo vicio». Poco después cruzo de nuevo el río, pero ahora lastrado por el peso y los remordimientos fruto de mi bibliomanía. Pla cuenta en El cuaderno gris que, cada vez que aparecía por casa con un nuevo libro, su abuela meneaba la cabeza murmurando: «Lástima de dinero».

En el Paseo de Garay están levantando ya las primeras empalizadas de caña para el Bando de la Huerta. Docenas de policías municipales caminan vestidos de gala y con diplomas en la mano para conmemorar –lo he leído en la prensa– el día de San Patricio. Que el patrono de Irlanda lo sea también de la ciudad de Murcia es algo que supe hace no muchos años por un extranjero, el dublinés Ian Gibson. Venía a impartir una charla en Molina de Segura, pero antes de marcharnos me pidió recorrer el interior de la catedral, y no se quedó satisfecho hasta que dimos con la capilla del santo.

Un sol radiante parece insuflar energía a la gente que callejea por el centro. Sentado en un banco de Trapería, un mendigo harapiento lee y subraya un libro medio descuajaringado. En la plaza de Santo Domingo pregona cupones para el Día del Padre una mujer afectada de enanismo. De pronto me doy cuenta de que llevo un rato caminando detrás de JM, un funcionario de la Administración Regional al que conocí hace años. Tieso y trajeado, se nota que ha ascendido de categoría. Va hablándole a un compañero, usando ese mismo tono de suficiencia con el que ya entonces sabía enmascarar su necedad ante todos.

Bajo los plátanos del Paseo Alfonso X me encuentro con Pepe Palomares, amigo y profesor jubilado que deambula, como yo, lastrado por varios kilos de literatura. Han instalado una feria de libros de ocasión al final del paseo. Oteo las casetas, escucho sus obscenos cantos de sirena, sopeso mi carga. Los brazos me duelen y tengo los dedos amoratados por falta de circulación. Pienso en la abuela de Pla. Pienso en lo que dirá Teresa cuando me vea aparecer por casa con quince libros. Será mejor que vuelva cuanto antes al coche y dé el experimento por finalizado.

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