18 de enero de 2018
18.01.2018
Dulce jueves

Lanzar el sombrero

18.01.2018 | 04:00
Lanzar el sombrero

"¿Qué es la vida si no es un continuo lamerse las heridas tras recibir una paliza detrás de otra?". Cuando Max Perkins se lamentaba así estaba exagerando. Lo que quería decir es que vivir es difícil y que los momentos de desaliento y desesperación son normales, incluso una buena señal porque significan que uno tiene alguna idea de cómo la vida tiene que ser. Él no era mucho de quejarse, prefería bajar al bar del Ritz, tomarse un par de martinis y después sumergirse en el trabajo. Su temperamento estoico, su sentido del deber y su carácter paciente hacían de él una persona equilibrada, aunque con ligera tendencia a desconfiar de la pasión a favor del juicio. Como a lo que se dedicó fue a editar libros, su espíritu juicioso era justo lo que necesitaban los escritores pasionales, volcánicos e intuitivos con los que trabajaba. En él encontraban la parte racional que a ellos les faltaba. Y él se encargaba de encauzar su genio para que dieran lo mejor de sí mismos en unas obras que llegaran al público de una forma inteligible.

Las mejores novelas de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe le deben mucho a él como editor y como amigo. Los tres fueron genios, pero también inseguros, narcisistas y borrachos. Los tres tuvieron vidas cortas y fracasadas. Los tres murieron de forma trágica. Algo de todo esto se cuenta en la película El editor de libros y en la biografía Max Perkins, escrita por A. Scott Berg, donde se describe la intensa relación que existe entre vida e inspiración literaria y que muestra por qué las vidas más plenas están llenas de fracasos. Nadie sabe bien cómo vivir, ni siquiera los genios, o quizá estos menos que nadie. Hasta la mejor obra, la que más esfuerzo, inteligencia y sensibilidad ha exigido, es imperfecta. Cuanto más alta es la meta más segura es la derrota. Siempre falta algo. Y cuando la empresa es la vida misma, el desastre está garantizado. No hay quien aguante la presión. Entonces uno baja al bar a lamerse las heridas.

Cuando se llega a cierta edad se puede pensar que hubo alguna etapa de la vida en la que se tocó la perfección, un momento delicado en el que todo sale bien, en el que se siente que saldrá el número al que se ha apostado, un privilegiado instante de gracia y naturalidad en el que, como decía Perkins, «un hombre hábil puede lanzar su sombrero al otro lado del despacho y colgarlo del perchero». Lo malo es que ese instante se descubre cuando ya ha pasado.

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