No me he atrevido a ver completo el documental televisivo emitido esta semana sobre José Rabadán, el asesino de la catana, en el que relata la razón (si es que existe) que le llevó a matar a sus padres y a su hermana con una espada japonesa hace diecisiete años en Murcia, cuando él solo tenía dieciséis.

Considera él, por lo que manifiesta, que está totalmente reinsertado con su nueva vida en Santander, aunque no sabe «si la sociedad está preparada» para él. Esto me suena a El quinteto de la muerte, la película en la que Sir Alec Guinness interpreta al jefe de una banda de ladrones que intenta convencer a una entrañable viejecita de que llevarse el dinero de un banco no es robar, porque el seguro lo paga. Cada uno se apaña y se excusa como le viene en gana, que es gratis. En este caso, parece ser que la sociedad que le respetó y le protegió cuando era menor de edad, y después le ayudó a encauzar su vida, se queda pequeña para él. Con un par, sí señor.

Parte de mi tiempo libre lo disfruto viendo programas sobre crímenes e investigación de sucesos, y no creo haber escuchado nunca mayor insolencia de la boca de ningún condenado, porque casi siempre niegan los hechos o se arrepienten y piden disculpas por sus fechorías.

Por eso no me entra en la cabeza que este joven muestre ahora su rostro en televisión si no es para pedir perdón. Desgraciadamente, ya no tiene padres que le aconsejen mejor, porque él mismo acabó con ellos.

Me pregunto por qué se sienta frente a las cámaras y si ha valorado las consecuencias que puede tener que sus vecinos sepan exactamente quién es, porque desde ahora no les será fácil pasar a su lado sin que se les erice la piel de la espalda.

Rabadán se expone a que sospechemos que le han pagado por contar este capítulo terrible de su vida, porque todos guardamos cadáveres metafóricos en los armarios e intentamos excusarnos cuando nos los descubren. ¿Quién tiene un currículum irreprochable?

Al saltar del anonimato a la sobreexposición pública se juega no solo su tranquilidad, sino que tengamos la convicción de que la idea de contar su historia obedece a un interés crematístico, muy loable pero también muy mezquino.

Ojalá no sea éste un primer paso en su carrera televisiva y que este nuevo salto a la popularidad realmente responda a su convicción de que su rehabilitación es viable.

De otro modo creeré que nuestra sociedad está más enferma de lo que pensaba.