31 de octubre de 2017
31.10.2017
Punto de vista

Lecciones del Procés

31.10.2017 | 04:00
José Luis Villacañas

¿Cabe extraer alguna lección de esta experiencia? No una, muchas. Y se extraerán. Nos hemos visto con el agua al cuello y sería terrible que los políticos no reflexionaran sobre lo que ha pasado. Todos. Allí y aquí. En esa capacidad de hacer una experiencia se acreditarán los actores que sobrevivan a este espasmo. A los que sigan prendidos al mismo curso de actuaciones, vinculados a su pulsión de repetición, les espera la soledad. Pueden creer que van acompañados, pero en realidad van cegados por la sombra de una confusión compartida. Esa legión de autistas debe despertar. Una decisión, por discutible que sea, ha cerrado el proceso. Ahora vendrá otra cosa.

Primera lección. Reconocer la función del sistema de Estados europeos. La primera de todas, la de pacificación. Hemos de reconocerlo: las cosas estaban en la antesala de la violencia. La paz es popular. Y democrática. Y nadie puede convencernos de que una secesión, por gandhiana que sea, vaya a ser pacífica. Jamás lo será. Y por eso los Estados debían poner fin a esa fractura. No se hizo con política. Lo ha hecho una decisión. La fuerza que impone obediencia no es nada misterioso. No es una fuerza mística ni mágica. Al convocar Elecciones en Cataluña, el artículo 155 se ha reducido a símbolo de esa decisión del sistema de Estados a favor de la unidad de Cataluña y la unidad de España. Es un mal modo, pero será eficaz. Al final la realidad de esa unidad la impondrá de nuevo el demos votando. Y es una lástima que no lo haga también en España.

¿Dónde reside esa fuerza, en la que pensaban los consellers mientras cantaban Els Segadors el viernes pasado con voces derrotadas? En la diferencia abismal entre ser Estado y no serlo. Las fuerzas independentistas creyeron que, a partir de la nada, de una constitución de papel, podría generarse un Estado. Generaron una verdad interna, que reconocía la propia impotencia, y propalaron la ficción externa de que serían una república por el acto mágico de proclamarla. Fueron inducidos a ese error por el Gobierno de Rajoy, que parece creer que España es una nación porque tiene una Constitución. Magia contra magia. Sin embargo, con nación constituida o sin ella, el Estado se basa en algo que hoy va mucho más allá del monopolio de la fuerza legítima.

El Estado estuvo a punto de perder cuando hizo uso de ese monopolio. Ganará si no hace uso de él. La primera experiencia, por tanto, concierne a identificar lo que hace vencedor al Estado moderno. Eso no reside en la fuerza. Reside en la capacidad de intervenir en la vida social de un modo peculiar que lo hace insustituible. El Estado como forma organizativa de una sociedad compleja. Los catalanes que salieron a la calle el domingo defendían seguir siendo una sociedad unitaria regulada y organizada, sin caer en un proceso de violencia y fractura. Decir que son nacionalistas españoles es un error interesado.

No hablo de la organicidad. Hablo de la vida de una sociedad compleja que no es posible en su organización sin una dimensión directiva unitaria. Si esto se quiebra, se llevará por delante la paz social. Todo ese tejido unitario depende de una moneda reconocida por la comunidad internacional y cuyo valor de cambio está aceptado y definido por ella. Esa es la sangre de la organización social. Cuando el Govern de Puigdemont se queda sin bancos que reconozcan su firma para emitir pagos, pierde el poder de dirigir la vida social catalana.

Debemos preguntarnos por qué los líderes del independentismo, plagado de gobernantes, estuvieron en condiciones de convencer a una gran parte del pueblo catalán de esta doble verdad, de su impotencia hacia dentro y de su omnipotencia hacia fuera. Responder a esta pregunta es complejo. Una gran parte del pueblo sólo se deja engañar si ya vive engañada. ¿Qué inclinación le predispuso a ese autoengaño? Por supuesto, la propia tradición mental del nacionalismo catalán. Una especie de prejuicio inamovible. La imagen del Estado español para el catalanismo fue configurada hacia finales del XIX por Valentí Almirall como una fenomenología del esperpento, a la que la propia cultura española secundó por un déficit estructural de vínculos sentimentales con la cultura oficial y sus realidades. Pero las cosas han cambiado mucho desde que Madrid era ese poblacho polvoriento de Almirall y España la tierra miserable por la que cruzaba errante la sombra de Caín.

Mientras tanto, la construcción de una sociedad civil europea, con sus flujos de personas, bienes, servicios, capitales, modos de vida, nos ha incluido en una unidad social que excede con mucho nuestras fronteras. Y eso implica que el estado ya no es el asunto de un acuerdo de mesa camilla entre caciques y espadones. Esa sociedad civil europea con su sentido del escándalo retiró a la policía española de los colegios electorales. Las elites nacionalistas de Cataluña han experimentado este proceso de integración internacional de España con ambivalencias. Sin un Estado propio, no tenían capacidad de dirigir esa integración. Incluida en en España, Cataluña pasó a gozar de un prestigio mundial. Este doble hecho ha cambiado su posición ante España y ante sí misma. De ser nuestro punto de referencia cultural y económico en el tardo franquismo, y de asumir el liderazgo de todo lo que anhelaba y vivía en el estado, pasó a asumir una condición cosmopolita, pero se desancló del horizonte español, sin reconocer que muchos de sus beneficios también procedían de su vínculo estatal.

En lugar de asumir esas condiciones estatales, los nacionalistas catalanes creyeron que podían prescindir de ellas manteniendo todas las ventajas sin ninguno de los inconvenientes. En lugar de reclamar una mejor distribución de los beneficios del éxito del estado español, y de trabajar en la formación de métodos objetivos y pautados (semejantes a los de la UE) para medir la solidaridad, se embarcaron en una paulatina separación mental. Ahora tenían horizontes más amplios que no pasaban por la centralidad del mercado y la referencia española, pero tampoco se deseaba perderlos. Así se alejó de intervenir en España. Los nacionalistas, en lugar de forjar aliados para un pacto de estado y un proyecto de reforma común, eligieron el camino de la separación. Con ello cumplieron su propia profecía: España no es reformable porque sin ellos no podía serlo. Así cristalizó un cálculo peculiar: ¿cómo podemos gozar de los beneficios de un estado independiente sin perder los ya conseguidos por ser parte del estado español? Esta fue la cuadratura del círculo.

Desde mi juventud, allá por los años 70, lo escucho: independientes hasta Vinaroz, seguro; hasta Orihuela, probable. Todo creció lentamente. El talento increíble de Cataluña dejó de orientarse al público de España. Su música, su poesía, su narrativa, su teatro, su humor, su cultura dejó de articularse para el público español y comenzó a compensar su falta de mercado con ayudas oficiales al servicio de un programa de homogeneidad cultural. En los años 60 y 70 una cultura al servicio de la crítica interna era admirada por el resto de España, porque le ayudaba a emprender procesos innovadores, interiorizando su experiencia. Nos enseñaba, nos modernizaba, nos hacía sentirnos mejores. Todos mirábamos a Cataluña como miramos al hermano mayor, el que iba siempre por delante. No nos molestaba el sentido de superioridad que apuntaba, porque era justo. Luego, todo se fue tornando instrumental al servicio de la homogeneidad nacional. Así se olvidó la realidad y la fuerza del nuevo estado, parte el sistema europeo; la unidad de la vida social europea, por mucho que se gozara de sus beneficios intangibles.

En la conciencia de este nacionalismo seguía operando Almirall y la imagen de un estado con una indiscutible impronta arcaica, por mucho que fuera el corazón antiguo de una máquina social nueva poderosa, moderna, propia de una sociedad europea. Estado poco solidario, con reflejos poco democráticos. Pero a pesar de ello, dotado de una fuerza inconmensurable con los que carecen de ella: formar parte de un sistema de estados. Apreciar el sentido de esa fuerza que ellos han contribuido a forjar es lo que deben aprender los nacionalistas. ¿Pero qué debe aprender el Estado español?

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