07 de abril de 2017
07.04.2017

la muerte de ataúlfo argenta

07.04.2017 | 23:20

l gran director de orquesta Ataúlfo Argenta murió en la cúspide de su carrera el 21 de enero de 1958 a la temprana edad de 44 años y con una gran partitura de éxitos por delante que se vieron truncados trágicamente. La prensa de la época publicó que Argenta estaba dentro de su automóvil al morir en su residencia de Los Molinos días antes de firmar el contrato que le iba a convertir en el director mejor pagado del mundo: «A las once de la mañana, a uno de los albañiles que trabajaba en el hotel donde residía el famoso director, le extrañó el ver la puerta del garaje abierta por lo que entró en éste y descubrió el cadáver dentro del coche». Pero hubo algo más en aquel extraño suceso: no estaba solo cuando murió.

Era titular de la Orquesta Nacional, una estrella que rebasaba los límites de la música clásica por su carisma y proyección internacional, admirado por titanes como Herbert von Karajan o Sergiu Celebidache, pero que no olvidaba sus orígenes humildes en Castro Urdiales, que le marcaron en sus ideas políticas. El misterio de su muerte se desvela ahora en Atáulfo Argenta. Música interrumpida (Galaxia Gutenberg), una biografía de Ana Arambarri en la que se incluye el testimonio de la única persona que estuvo presente en el trágico momento. Hay que remontarse a la madrugada del 21 de enero de 1958 en un Madrid que tiritaba de frío. Argenta tenía una cita secreta con Sylvie Mercier, pianista francesa de 23 años y alumna suya (heredera de la gran empresa licorera Cointreau) con la que esperaba disfrutar de unas h ras de amor prohibido. El frío era intenso y el músico intentó combatirlo encendiendo la chimenea. Y esperó a que llegara el calor con su compañía femenina en el garaje dejando encendido el motor de su Austin A-90 SIX para que subiera algo la temperatura.

Una decisión de consecuencias dramáticas. Las emisiones de anhídrido carbónico hicieron las veces de narcótico implacable. La joven sobrevivió pero su maestro, que había estado gravemente enfermo de tuberculosis, no lo superó y sus castigados pulmones se rindieron.

Apasionado e independiente, según Arambarri, Argenta, que iba a ser titular de la Orquesta Suisse Romande en Suiza, era admirado y respetado, pero también odiado en ciertas alcantarillas culturales del nacionalcatolicismo (comandadas por el padre Federico Sopeña, falangista de gran cultura) que se la tenían jurada y esparcían rumores sobre sus simpatías republicanas. Su muerte no les entristeció, precisamente. Argenta no tuvo problemas en defender el talento de compositores como Salvador Bacarisse, simpatizante del Partido Comunista, mientras minusvaloraba a músicos del bando sopeñista como Joaquín Rodrigo. Argenta, muy comprometido con los avances de la República en el terreno cultural, siempre tuvo la cruz puesta en el régimen franquista, aunque le protegía el hecho de que catapultaba la música española a las más elevadas esferas internacionales.

Argenta estaba casado con Juanita Pallarés y tenía cinco hijos. La autora sabe muy bien de qué habla: estuvo muy cercana a la familia desde su niñez y consiguió acceso a los archivos familiares y a la correspondencia de Argenta con su esposa. Juanita era una gran admiradora de su marido y, según Arambarri, estaba al tanto de sus aventuras extramatrimoniales, que le reprochaba pero sin plantearse romper la partitura matrimonial. Los enemigos de su marido la pusieron en su punto de ira. Tardó trece años en conseguir que le pagaran la pensión de viudedad que le correspondía.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook