05 de febrero de 2017
05.02.2017
El Espejo

La isla cultural

05.02.2017 | 04:00
Manuel Fernández-Delgado en una promoción turística de la ciudad en la carretera de Alcantarilla a finales de los 60.

No existe duda de que en la segunda mitad del pasado siglo, coincidiendo con el entierro de las miserias de la posguerra y la llegada del desarrollo económico iniciado a finales de los cincuenta, Murcia vivió un esplendor cultural, pese a los condicionantes marcados por el Régimen, si los hubo. Los artistas surgidos en los años anteriores a la Guerra Civil, encuentran hueco y fama en aquellos días donde la clase media floreció y marcó dictados: Mariano Ballester, Garay, Bonafé, Gómez Cano, Pedro Flores, Muñoz Barberán, González Moreno, Sánchez Lozano, Planes, Gaya, entre otros muchos que unidos a la nueva ola de creadores como Párraga, Garza, Campillo, Cánovas, Elisa Séiquer, Díaz Carrión, Toledo, Hernández Cano y un largo etcétera dieron vida e ilustraron aquellos años, al igual que el resto de la disciplinas artísticas y literarias, afines o no al extinto régimen.

Es innegable que la figura de Manuel Fernández-Delgado Maroto es imprescindible para la comprensión de aquella explosión cultural, figurando como baluarte de la proyección de los artistas y sus obras desde Chys su establecimiento comercial de la calle de Trapería o como director artístico de la desaparecida FICA.

Sería su hijo Manuel Fernández-Delgado Cerdá (Manolete para los amigos) quien recogió el testigo de su progenitor, fallecido demasiado joven («Uno siempre es demasiado joven para morir», diría el escritor José Antonio Martínez-Abarca) enriqueciendo el legado paterno con la apertura de la acreditada sala de exposiciones Chys, espacio que se ha mantenido vigente hasta nuestros días.

Fue en el año 1990, en los años del legendario alcalde José Méndez (su nombre siempre lo tengo unido al de mi buen amigo y gran gestor tristemente desaparecido Jesús Quesada Alcázar) cuando se rehabilitó el caserón de los Palarea en la plaza de Santa Catalina para albergar el Museo Ramón Gaya, con donaciones, en su mayoría, de cuadros del pintor, museo que siempre contó con la iniciativa y apoyo incondicional de Manolo Fernández-Delgado, quien lo dirige desde su creación con el mayor de los aciertos.

La miseria cultural de la política de nuestros días han convertido al Museo Gaya, gracias a su director, en todo un referente. Las actividades que programa, sus exquisitas publicaciones periódicas; exposiciones, conferencias y los numerosos eventos que lleva a la práctica, han hecho del Gaya una isla donde guarecerse de la tormenta inculta: poetas, periodistas, artistas plásticos, fotógrafos y toda una pléyade de creadores, acuden a beber de la fuente generada por Manuel Fernández-Delgado. Una trayectoria intachable, prístina e inteligente han convertido al museo de la Casa Palarea en la basílica de la cultura murciana pese a la desidia de muchos.

Es justo recordar a Manolete, aunque sea rescatando una imagen de juventud, con su eterno aspecto yanqui, recién salido de las aulas de los maristas, donde fue alumno excepcional y carismático, participando en una promoción turística de la ciudad, allá por los finales de los sesenta, en la carretera de Alcantarilla; ofreciendo el porrón con nuestros vinos a los viajeros que cruzaban la ciudad pasando de largo hacia otros horizontes más atractivos. Una imagen incomprensible en nuestros días: dar vino en porrón a los conductores.

Su amor a Murcia y al mundo del Arte han convertido a Manuel Fernández-Delgado Cerdá, por méritos propios, en el paladín de la cultura murciana. Su presencia y gestión es significado de que no todo se ha perdido en esta Murcia demasiadas veces incomprensible.

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