El Congreso de los Diputados ha acordado por unanimidad (y esto es importante) al margen de conmemoraciones de vida y muerte, que el próximo año 2017 sea el Año Miguel Hernández. La herida abierta y sangrante del poeta que gotea sin cesar desde mucho antes de 1942, cuando falleció en la cárcel de Alicante victima del franquismo, parece que quisiera cerrarse con el consenso de todos los españoles, representados en el Congreso. No es la muerte del poeta de Orihuela y la reivindicación de su injusticia, más importante que la de cualquier otra víctima anónima de la barbarie y la contienda; de esas que yacen en las cunetas, elevadas a santuarios por el sentimiento colectivo de sanar la memoria españolista, desde el punto de vista humano, pero sí la figura de Hernández es un emblema para la pérdida que sufrió la cultura española, su poesía y su armadura de nobleza, con su desdichada muerte. Como ocurriera con Machado en Colliure o con Federico García Lorca en su propia tierra. Todo ello ocurrido en un tiempo de horror y desesperanza.

Los ojos del poeta Miguel Hernández siguen abiertos de par en par; es verdad que nadie pudo cerrárselos tras su tránsito definitivo. No es verdad que escribiera en la pared de la enfermería carcelaria unos últimos versos; su enfermedad derivada a dura tuberculosis le tenía postrado en tal estado de levedad, debilidad y agónico final, que no pudo hacerlo. Su entierro fue digno. El féretro, de madera de pino sin adorno alguno, sufragado por iniciativa de Gabriel Celaya entre los amigos, iba forrado y mientras le llevaron a hombros los presos compañeros, hubo una música de acompañañamiento, un réquiem que lo despedió. Dejaron el ataúd con sus restos en el nicho 73, a ras de tierra, del cementerio de Alicante. Allí donde un día descubrí el epistolario emocionado de las gentes del mundo que se habían llegado hasta él para dejarle un mensaje de amor. Allí donde descubrí un hilo de hormigas que por las rendijas de yeso iban y venían a los huesos deshechos del poeta.

Cuando, no hace demasiado, fue trasladado al panteón de ilustres del mismo cementerio, los restos de la caja que tuvieron su pobre esqueleto y fragmentos del sudario que le envolvió, estuvieron en la casa del poeta en la calle de Arriba, en Orihuela, al pie de la cocina. Por una casualidad histórica llegué a tiempo de tomar un trocito de madera, que se suele llamar reliquia, de aquel monumento a la palabra.

Todo lo de Miguel Hernández me afecta y me duele desde hace cuarenta años, cincuenta, desde que se despertó mi conciencia ante el criminal comportamiento de la conducta. Así es que si en el 2017 se empieza a hacer justicia con el hombre y el poeta, será una venda que vaya calmando y recogiendo, empapando, la sangre inútilmente derramada.