10 de mayo de 2015
10.05.2015
La Opinión de Murcia
Éxodos

El maldito pragmatismo

10.05.2015 | 04:00
El maldito pragmatismo

Una playa. Kilómetros de arena y soledad. Al subir la marea las olas arrastran docenas de estrellas de mar. El sol en la mañana y la luna en la noche hacían brillar a las pobres estrellas varadas en la arena. Un hombre camina por la playa y contempla con tristeza la escena. Ve a un niño que recoge estrellas y las devuelve al océano.
„¿Por qué haces eso?
„Ha bajado la marea, el sol brilla con fuerza; si estas estrellas se quedan ahí se secarán y morirán.
„Hay miles de playas en el mundo. Hay cientos de miles de estrellas en esas playas. Y tú, aquí, te dedicas a devolver al océano unas pocas. No creo que eso influya mucho. ¿Qué importancia puede tener?
El niño mira al hombre, recoge otra estrella, la arroja al agua y dice:
„Para ésta sí tiene importancia.


El pragmatismo es aceptar e interiorizar todo lo que está establecido social y legalmente por alguien, de tal manera que nosotros mismos lo vivimos plenamente, sin cuestionarlo. Hay muchas cosas buenas en la vida que no nos aventuramos a vivirlas porque las consideramos no pragmáticas y, en cambio, muchas limitaciones y cosa malas la hacemos porque consideramos que están dentro de este pragmatismo social. Si alguien rompe esa barrera y se atreve a volar, intentamos persuadirle y le decimos que no merece la pena, que no se complique la existencia, esto es así y siempre ha sido así. Gracias a personas no pragmáticas esta sociedad tiene cosas buenas. Me imagino que esas mujeres que pedían el voto femenino no eran pragmáticas y le dirían «para qué lucháis si no lo vais a conseguir»; que a quienes lucharon por los derechos sociales les dirían «no sabéis dónde os metéis», o a esas otras que empezaron a decir que eran homosexuales, o a esas mujeres que se separaron de sus parejas porque eran maltratadas por ellas, o a esos trabajadores que lucharon por conseguir ocho horas de trabajo, ocho de horas de descanso y ocho horas de tiempo libre, y a esas personas que lograron conquistar nuestra democracia. Gracias a esas personas este mundo es un poco menos malo.

El pragmatismo está en la política, donde se cree en grandes líderes para dirigir a la masa. Buenos discursos con un buen vocabulario, muy bien armados de argumentos y propuestas, con una gran preocupación por la gente y sus problemas acuciantes, pero al final nos convertirnos en acaparadores de poder y en vez de escuchar a la gente y ser sensibles a las causas de su sufrimiento les pedimos que nos escuchen y hagan lo que nosotros queremos, sin sorpresas. Al final este pragmatismo político se traduce en un gran líder que negocia con los poderes fácticos, con las élites financieras y económicas a espaldas de quienes le han votado desde la ilusión y la esperanza. Una y otra vez se decepciona a las personas. Sigo sin entender por qué el poder político saca lo peor de las personas. Se olvidan de que la credibilidad política pasa por la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. ¿Aprenderemos?

El pragmatismo está en esta querida Iglesia que me ha dado muchas cosas buenas, pero que me hace un daño inmenso, y un ejemplo de esto es el pontificado de Juan Pablo II, y sobre todo en hacerlo santo rápido, rompiendo la propia tradición de la Iglesia. Fue un gran dictador que intentó hacer desaparecer los movimientos proféticos que eran buena noticia para los empobrecidos, y encumbró los conservadores y espiritualistas, haciendo de la Iglesia una prostituta de los poderes económicos y políticos. Encubrió la pederastia e introdujo a Los Legionarios de Cristo en el Vaticano, donde se sabían de los abusos a menores en sus centros y de su fundador, Marcial Maciel. Quería una Iglesia pragmática, sin utopía, sin las bienaventuranzas. Fue un intento de hacer una Iglesia que juzga, condena y sentencia, una Iglesia sin misericordia y justicia. Creo que fue un error hacerlo santo con esa trayectoria.

Este dichoso pragmatismo ha calado en la gente con su talante ante la vida: no hacer nada que pueda contrariar a los que pretenden arrebatar nuestra libertad. Por culpa de este pragmatismo mucha gente no ha luchado y quienes que han hecho se han cansado y han arrojado la toalla. ¡Ufff, los echo de menos! En estos años de amar y luchar, hay gente que ya no está, que nos encontrábamos juntos en los momentos difíciles y nos preguntábamos si podíamos parar los desahucios. Somos menos y más débiles y por eso le pido a Dios, a ese Dios que a veces se me oscurece y no lo encuentro por pensar que está muy ausente de la vida, que no nos falten o nos fallen las fuerzas, porque hay momentos que nos faltan. Y cuando digo esto no puedo evitar que algunas lágrimas aparezcan. Echo de menos, ¡joder, que si los echo de menos! a esa gente que nos buscábamos con la mirada, que nos cogíamos de las manos, que nos mirábamos sonriendo para que no se percibiera la preocupación y que nos abrazábamos cuando decíamos «se ha parado el desahucio». Dicen que reconocer esto no es práctico para la lucha, pero es humano y todo lo humano contribuye a un mundo mejor. Ya prácticamente no hay movilizaciones sociales y esperamos un milagro que nunca llega.

Maldito pragmatismo que ha hecho que la gente se encadene a lo establecido, que renunciemos a seguir conquistando libertades exteriores e interiores, que ha hecho que el rencor y la indiferencia y el dinero sean valores predominantes. Un pragmatismo que nos lleva a la frialdad, todo calculado, al olvido, el ya no me interesas€ Sigo animando a volar por encima de mitras y báculos, coronas, banqueros, políticos corruptos y acaparadores de poder. Respirad, coge velocidad y volad hasta donde vuestros sueños, ilusiones, amores, amistades y utopías os lleven. Volad para seguir amando y luchando sin límites. Merece la pena vivir en toda plenitud en todas las dimensiones de la vida, aunque esto no sea nada pragmático.

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