Como soy un impaciente nada divino, no se me ocurre nada mejor que recomendarme y recomendarles mucha paciencia: poco a poco, por sus pasos contados, a ritmo de jubilado ciclista, esos políticos son conducidos ante el juez. Por eso Griñán y Chaves tendrán que responder por lo que sabían o preferían ignorar del chanchullo de los ERE. Todo logro político es precario, parcial y reversible. Y no vale inhibirse: el tiempo que no se gaste en mejorar la política, se consumirá en su empeoramiento.

Por ejemplo, el presidente Mariano Rajoy y el ministro alemán de Finanzas, Walter Schauble, dan la sensación de que más que defender sus inversiones en Grecia, se encampanan en proclamar la validez dogmática de su política dando por supuesto que no hay otra. A Rajoy, el disfrute del poder no le ha quitado ese velo rancio de arbitrista del XIX mientras que al señor Schauble se le ha puesto la peor de las caras posibles: la de anciano irascible. Mientras tanto, el griego de cuero, Varufakis, pasea por el mundo su palmito de Bruce Willis. No hace falta defender a Raskolnikov (y a su hacha) para comprender que la ley del mundo no puede dictarla la vieja usurera.

En fin, que no acabo yo de ver a un ministro alemán, sea Schauble u otro, diciendo que los griegos han hecho una elección irresponsable: de eso Alemania sabe, como de casi todo, más que nadie, siempre van hasta el fondo, pero en el fondo no hay más que piedras. No tendré el mal gusto de recordarlo. Mientras tanto, hay una larga partida de ajedrez: ¿se quedará solo el Gobierno griego de Tsipras o el ministro alemán y su fiel empleado gallego? En el estado de Hamburgo han ganado los socialdemócratas, los verdes y Die Linke y sin embargo El País destacaba que había entrado en el Parlamento local un partido xenófobo. Tiempos de crisis, floración de miedos y patrañas.