Corría un gélido viento en Washington la madrugada del 4 de noviembre de 2008 mientras miles de personas se congregaban junto a la Casa Blanca. Día de elecciones generales en un contexto único, con la Administración republicana al borde del colapso, intervenciones militares desaprobadas socialmente y una economía en plena explosión de la burbuja.

Sin embargo, un altísimo porcentaje de los ciudadanos que se emocionaban con los acontecimientos de aquel día no lo hacían porque creyeran que las prisiones de alta seguridad que violan los derechos humanos fueran a desaparecer o porque, tal y como prometía el candidato vencedor, la sanidad pública universal pudiera empezar a ser un hecho en un país en que el lobby de las aseguradoras médicas era (y es) uno de los grupos de presión más influyentes.

Los americanos ahí presentes la noche que Obama se convirtió en presidente electo de EE UU se emocionaban porque, por fin, un hombre de color sería el comandante en jefe de la primera potencia mundial. En el resto del mundo las reacciones fueron equivalentes. No hace falta que les recuerde a Leire Pajín hablando del ´acontecimiento planetario´ que supondría la reunión de Zapatero, el adalid de la igualdad de género/génera, con Obama, el hombre que consiguió que la raza negra pudiera demostrar empíricamente que era capaz de dominar el mundo (declaraciones que ni siquiera tácitamente se pronunciaban años antes cuando Condoleezza Rice, mujer de color, se alzaba con el título de vicepresidenta de EE UU bajo un gobierno republicano).

El problema del hito histórico de vivir la presidencia del primer hombre negro en el país más importante del mundo era que, además de su piel, debía tener otros atributos. Casi siete años después de aquel día, Guantánamo sigue funcionando a pleno rendimiento, el programa sanitario enfada hasta a los que elaboraron la norma (los especialistas que desde Harvard daban las indicaciones de cómo expoliar fiscalmente a los americanos acaban de darse cuenta de que ellos también tienen que pagar y, claro, la justicia social ya no es tan atractiva) y las últimas elecciones legislativas, con una aplastante mayoría para congresistas y senadores del GOP (las siglas del Partido Republicano), dejan a Obama totalmente acorralado.

En este contexto, el partido de Reagan y Bush se prepara para su próximo asalto al poder en las elecciones presidenciales de 2016. EE UU, un sitio civilizado en el que, como es sabido, no temen a la democracia interna en los partidos políticos, celebra primarias un año antes de la cita electoral para que sean los ciudadanos los que elijan al futuro presidenciable. En el Partido Republicano se postulan varias viejas glorias tales como Rand Paul (libertario por excelencia), Jeff Bush (para cumplir con aquello de «no hay dos sin tres» tras la presidencia de su padre y hermano) o Mitt Romney, último candidato a la presidencia y con un alto grado de aceptación social. Además de estos conocidos políticos, hace unos meses entró en escena Ben Carson, un cuarto actor más que interesante.

En una época de hartazgo social por los ´políticos de profesión´ (la casta política, que dirían algunos de la casta universitaria y sus forofos), Carson se presenta ante la sociedad como el director del departamento de neurocirugía pediátrica del hospital John Hopkins. Escritor de teoremas filosóficos en los que relaciona el liberalismo económico con la religión, fundador de su propio sistema de becas para estudiantes excelentes a nivel académico y mundialmente conocido por ser el primer médico capaz de separar a dos hermanos siameses unidos por la cabeza. Su discurso es fresco, pidiendo el voto para que los ciudadanos recuperen el control de sus vidas al margen del Estado (en clara alusión al aumento de impuestos de la última etapa de la era Obama), conservador (pidiendo dignificar aún más la figura de los marines en guerra) y libre de los prejuicios políticos de no haber ejercido nunca la política más que acompañando a los sucesivos candidatos republicanos de su estado en los mítines. Está apoyado por ciertos lobbys importantes y su capacidad económica, multimillonario desde hace años, le ofrece un colchón para intentar comenzar su andadura.

El motivo del interés de Ben Carson para liberales como nosotros es que él, más allá de sus ideas económicas, nos representa mejor que ningún otro presidenciable. Como buen convencido de la libertad individual, cree en la igualdad de las personas por encima de cualquier distinción personal. La manera más directa de comprobarlo es ver que, al contrario que sucedía con Obama, lo menos importante de este candidato presidenciable es que también es negro. En ninguno de sus discursos, mensajes electorales, artículos académicos o logros profesionales ha hecho mención al color de su piel como baluarte. Para él, al igual que para nosotros, la igualdad entre razas, sexos y religiones pasa precisamente por conseguir que las características personales de los individuos pasen desapercibidas a la hora de valorar su capacidad.

Seguramente la prensa progresista de nuestro país obvie su existencia y no le enaltezca, al igual que hizo con el actual presidente, por ser un ejemplo de superación para los ciudadanos de su raza. Aunque ellos lo hagan por odio a sus creencias, nosotros debemos estar contentos. Y debemos estarlo porque, cuando Ben Carson sea presidente, será recordado por ser el neurocirujano pediátrico que llegó a la Casa Blanca y no por el color de su piel.

Será entonces cuando, por fin, Occidente demuestre que el mundo es igual para todos.