Tras el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo ha emergido con virulencia todo lo que hace referencia al yihadismo, en lo fundamental el universo de pretextos que circundan el propio concepto de la yihad, en la concepción violenta de este término, puesto que existe otra que hace referencia al mismo en clave de esfuerzo para preservar y extender la fe islámica de manera pacífica. Pretextos, en primer lugar, para desencadenar la yihad. Situándonos en la masacre de París, la justificación ha sido el ataque al islam y la ridiculización de sus símbolos y elementos. Y quiero decir a este respecto que se trata de una excusa servida en bandeja.

Coincido con el papa Francisco cuando asegura que no es aceptable la ofensa a las creencias religiosas de la gente. Ridiculizar la figura de Mahoma me parece tan estéril y contraproducente como hacer otro tanto con la de Jesús de Nazaret. No aportan nada a la causa del laicismo y la libertad de expresión. Hieren los sentimientos más profundos de mucha gente y fracturan las sociedades. Cuestión muy aparte es la crítica a comportamientos políticos y sociales que dicen sustentarse en determinadas posiciones religiosas. Ahí hay que ser implacable, teniendo en cuenta además que el integrismo social no es exclusivo de ninguna corriente religiosa.

Los fundamentalistas, sean musulmanes, judíos o cristianos, impulsan prácticas sociales absolutamente incompatibles con el pluralismo, las libertades y el respeto al ser humano. Y es con estas prácticas contra las que hay que mantener una actitud completamente beligerante. Sobre todo cuando invocando la pureza religiosa se incurre en el sectarismo violento y asesino de fuerzas como el Estado Islámico (ISIS), cuya barbarie sin límites afecta, en lo esencial, a personas que también profesan la fe islámica, como son los chiíes y alauitas. Asesinan y violan a musulmanes, pero entre sus inductores posiblemente haya cristianos de misa dominical y judíos de sinagoga, si nos atenemos a las revelaciones efectuadas por Edward Snowden, exanalista de la CIA, quien asegura que tras ISIS se encuentran los servicios secretos de EE UU, Israel y Reino Unido, como antes fueron patrocinadores de Al Queda y los talibanes, lo cual está ciertamente documentado. Es decir, se impulsa el sectarismo religioso por razones geopolíticas. Es la política, no la religión entendida como asunto privado y trascendente de las personas, lo que está tras las matanzas de Siria o Irak, también de París.

Invirtiendo la relación descrita arriba (los pretextos que esgrime el yihadismo) encontramos como desde los poderes de Occidente se incurre en determinadas políticas bajo el pretexto de la amenaza yihadista. Era curioso ver en la manifestación de París de repulsa al atentado contra Charlie Hebdo a un puñado de gobernantes, entre los que había algún autócrata y también cierto criminal de guerra (Netanyahu), y todos en cualquier caso recortadores de derechos, reivindicarse a sí mismos al encabezar la movilización cívica, como diciendo al mundo entero que ellos, con sus defectos, son el dique de contención frente a la barbarie.

Deliberadamente se está desatando una cierta histeria en relación a la amenaza islamista con la doble finalidad de que la gente se arremoline en torno al poder establecido exigiendo una falsa seguridad por encima de unos derechos en regresión, y además oriente su malestar por la situación política y económica hacia determinados colectivos a los que culpabilizar del desastre presente. Son los cabezas de turco que van a permitir a un sistema en crisis sostenerse. Quienes más lejos llegan en esta estrategia son las fuerzas populistas de ultraderecha, que llaman directamente a una cruzada contra todos los musulmanes europeos. Y en Europa ahora se oyen cosas en relación a éstos muy parecidas a las que se decían en los años 30 y 40 del siglo XX respecto de los judíos. Cuidado, que el huevo de la serpiente bebe en las fuentes de ISIS. El guión de la regresión social y política en Europa ya está escrito, y en trance de aplicación los pretextos para ello.

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