22 de septiembre de 2014
22.09.2014
Con gusto

Trolas en la Red

22.09.2014 | 04:00
Trolas en la Red

Un usuario mi periódico ha rectificado una esquela para precisar una filiación. Deberíamos aprender los periodistas, sobre todo porque una vez se publicó la foto de mi compañero Pepe Mengual „periodista de toda la vida„ para ilustrar la esquela de un canónigo que se llamaba igual.

Deberían tomar nota, también, los periodistas aficionados (y, en algún caso buenos), que pululan por internet. Pisar terreno ajeno obliga a más precauciones porque, en principio aunque no siempre, es preferible un asesino profesional a un médico aficionado: causa muchas menos bajas.

En otro tiempo, las esquelas de Abc „un género en sí mismo„ quedaban tan bonitas que la mayor pena era constatar que las iban a ver todos menos el destinatario. Gracias a Abc te enterabas de que habían existido el Administrador General Ordinario del Protectorado del Norte de Marruecos o el Hermano Mayor de la Archicofradía Sancta Ovetensis. Sin embargo, Abc no ha podido evitar la tentación del photoshop y convirtió una foto tomada en Egipto en un grupo de árabes independentistas con la estelada catalana. Sí, los periódicos publican patrañas, pero he observado que los agregadores de noticias digitales les cuelan con mucha facilidad trolas mayúsculas y hasta las divertidas invenciones de Rokambol como si fueran hechos. Luego, la rectificación no tiene, ni de lejos, el alcance del patinazo. ¿Somos todos mentirosos? Pues sí: mentimos incluso por equivocación, es una habilidad que nos viene de los monos y que hemos ampliado y perfeccionado. El periodismo es la culminación de eso que se llama habilidades sociales. Ni se cuenta todo ni de una vez: no lo soportaríamos. Una afirmación osada „sobre todo si es cierta„ impone una tasa de gallardía y valor que no siempre se reúne y, en fin, existen los elogios oblicuos, los subalternos y los cauces legales para evitar que dos elefantes choquen terriblemente y para decidir el flujo de hechos que somos capaces de digerir. Y eso vale también para internet, que contagia una engañosa sensación de invulnerabilidad. Y de impunidad.

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