El Occidente desarrollado es considerado como el paradigma mundial de los valores de la civilización. Concentraría aquellas prácticas vinculadas al ejercicio de la democracia, la separación de poderes, la seguridad jurídica, el contrato social que evitaría flagrantes desigualdades y una forma de gobierno ajena a la crueldad sobre la ciudadanía. El resto del orbe sufriría carencias en algunos de estos aspectos, cuando no en su totalidad. Ésta es, efectivamente, la lección que nos repiten, aun a veces reconociéndose que el nivel civilizatorio de Europa Occidental y Norteamérica se resiente en parte de los parámetros enunciados, lo que no quita para insistir en que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Porque fuera casi todo es barbarie.

Bien, este tópico no sólo queda afectado por el hecho de que en las llamadas democracias capitalistas, desde hace unas décadas, las élites oligárquicas están arruinando el contrato social y restringiendo las libertades, sino por algo más inquietante desde el punto de vista moral y político: gran parte de las tragedias humanas que se suceden en los puntos más conflictivos del planeta llevan el sello de donde nació la Ilustración. Más allá del vergonzoso pasado colonial y de toscas intervenciones imperiales, algunas de ellas recientes, que están en la mente de todos y que habrían tenido la misión histórica de posibilitar la acumulación de capital, y por ello de bienestar, en las áreas centrales a costa del expolio de la periferia mundial, ciertas partes del mundo viven hoy un estado de violencia insufrible incubado directamente en las cancillerías occidentales. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a Palestina, donde Israel acaba de perpetrar asesinatos de civiles que hasta la ONU ha calificado como crímenes de guerra. Pues bien, a pesar de la indignación de la opinión pública internacional y hasta de amagos por parte de algunos países de salirse del redil norteamericano, los EEUU sostienen política y militarmente a Israel y los europeos suavizan progresivamente sus reacciones de malestar. Seguirá pues, la ocupación en tierras palestinas y la ejecución de periódicas matanzas por parte de un Estado que, a la luz del Derecho Internacional, debiera ser un paria excluido de la comunidad internacional y sometido a sus tribunales de justicia.

Miremos a Ucrania. Allí, con el apoyo explícito de una UE (recordemos la visita de nuestro ínclito expresidente Valcárcel) sometida a los designios geoestratégicos de la OTAN y EEUU, se encumbró un golpe de Estado fascista que ha colocado en el poder a los herederos directos de quienes colaboraron con la ocupación nazi durante la II Guerra Mundial. De hecho, no ocultan para nada su antisemitismo y anticomunismo, y el retrato de Adolf Hitler da acceso a las sedes de alguna de las milicias que sostienen al gobierno. Milicias, en forma de ejército regular, que bombardean indiscriminadamente a la población civil de las zonas del sur y este de Ucrania que se resisten a la deriva totalitaria del régimen auspiciado por nuestras democracias, cuyos dirigentes llegan al punto de perjudicar la economía europea con tal de seguir la política estadounidense de sostén del gobierno extremista de Kiev.

Finalmente, en tierras mesopotámicas, EEUU está procediendo al bombardeo de las posiciones del cruel y medieval Ejército Islámico que, tras fracasar en Siria, se dispone a hacerse con las zonas iraquíes ricas en petróleo y agua, asesinando y sometiendo a la población que encuentra en su camino. Lo curioso del asunto es que la existencia de esta horda criminal tiene su origen, según Edward Snowden, ex-analista de la CIA, en los servicios secretos de Israel, EEUU y Gran Bretaña, y fue financiada profusamente por estas potencias, así como por Arabia Saudí, a fin de propiciar la caída del gobierno de Al Assad. La propia Hillary Clinton lo sugiere cuando acusa a Obama de financiar al grupo equivocado en la guerra siria.

En fin, que al contrario de lo que nos cuentan, Occidente no exporta al resto del mundo desarrollo y democracia, sino el horror en su forma más pura.