31 de enero de 2014
31.01.2014
Punto de vista

Terrorismo y miedo a la muerte

31.01.2014 | 04:00

"Ninguna de estas mujeres ha sido reconocida oficialmente como víctima de terrorismo por el ministerio del Interior. Por consiguiente, no han podido hacer uso de los derechos legales de este colectivo. El argumento que se les ha ofrecido es que la bomba no explotó y no hubo daños materiales considerables ni heridos"

Cuando se han sufrido acontecimientos traumáticos esas experiencias se graban con fuego en la memoria emocional y pueden dejar una huella para siempre. Puede ser un accidente de tráfico, un atentado terrorista, la pérdida dramática de un ser querido, el impacto de la violencia, la amenaza de una enfermedad grave o los abusos sexuales, entre otros eventos. Esos acontecimientos destruyen los conceptos fundamentales de la persona sobre la seguridad del mundo. Por consiguiente, los traumas se caracterizan por el miedo intenso, la indefensión, la pérdida de control y la amenaza de muerte en las víctimas.

Esas vivencias, que pueden quedarse dormidas incluso durante años, suelen reaparecer ante estímulos que recuerdan vagamente lo que sucedió como un ruido intenso, un olor característico, un grito, un llanto de un niño, o una mirada que se percibe amenazante. Son típicas las recaídas en los aniversarios o ante noticias en la prensa o la televisión vinculadas con los hechos. En esas situaciones, la persona se pone en guardia y reacciona de una forma desproporcionada a lo que le ocurre. Se desborda emocionalmente casi con la misma intensidad que el día que sufrió la experiencia traumática.

Durante mi trabajo como psicoterapeuta especializada en traumas, conocí a tres mujeres a las que llamaré Mercedes, Ana y María, madre e hijas respectivamente. Veintiún años antes habían sufrido un atentado terrorista, perpetrado por la ETA, mientras habitaban en la Casa Cuartel de la Guarda Civil en un pequeño pueblo del País Vasco. En ese momento, Ana tenía cinco años y María tres.

En una fría y lluviosa noche de marzo, una potente granada fue lanzada sobre el cuartel. Y aunque, afortunadamente, no explotó del todo, produjo un ruido intenso y la ruptura de cristales y otros objetos. La amenaza de muerte rodó como pólvora encendida, el pánico cundió y los miembros de la Casa Cuartel tuvieron que abandonarla por las ventanas de la planta baja, pues el acceso a la puerta principal quedó bloqueado. En una de esas habitaciones, que se colapsó de mujeres y de niños asustados intentando escapar del peligro, dormían las dos niñas de esta historia. Era la una de la madrugada.

La madre, Mercedes, al recordar el atentado, nos relata la situación: «Primero salió mi hija mayor, Ana, que estaba a punto de cumplir seis años. Le pusimos una sillita para que pudiese saltar por la ventana y un guardia la recogió al otro lado. Luego a María, que estaba en la cuna durmiendo, la cogí por un brazo y se la tiré al guardia casi volando, porque había que salir de allí corriendo. Ella se despertó sobresaltada, quedó con los ojos muy abiertos, petrificada de miedo, llorando. Había que desaparecer de la habitación, los niños tenían que salir primero y había gente esperando para saltar por nuestra ventana. Según su hermana, no paró de llorar en toda la noche. En la mañana, cuando volví a verle, estaba muy nerviosa y no quiso desayunarse su biberón».

Como parte de los ejercicios terapéuticos en las sesiones, Ana recuerda el momento del atentado veintiún años después: «Oímos un ruido muy fuerte, una explosión muy fuerte, gente corriendo por los tejados, gritos. Tuve mucho miedo, mucho miedo. Supe que había pasado algo malo, oyes que ha habido una bomba y te asustas. Todo el mundo estaba asustado. Quería irme de la habitación, quería salir corriendo. Nos llevaron a casa de los abuelos de uno de mis amigos del cuartel, de Ángel. Éramos varios y llorábamos todos. Sólo mi amigo Ángel no lloraba, porque estaba con sus abuelos y estaba acostumbrado a estar con ellos. Mi hermana estuvo muy asustada toda la noche, con los ojos muy abiertos, sin parar de llorar. Sentíamos que algo malo estaba pasando. Yo no quería estar allí, quería irme con mis padres. Me sentía sola. Los abuelos se ocupaban de los niños más pequeños, que no se calmaron. Mi hermana María no se calmó en toda la noche».

A María también la exponemos a que entre en contacto con sus experiencias de este atentado, como si estuviese ocurriendo en el momento presente: «Me veo en una habitación a oscuras, veo la cuna y la ventana. Algo malo ha pasado. Hay mucha gente alrededor llena de miedo. Estoy muy asustada, soy un bebé con pánico. Estoy aterrorizada. ¡Dios mío, he sentido algo dentro de mí aterrorizado! Tengo tanto pánico y tanto miedo que no puedo controlarme».

¿Qué consecuencias ha supuesto estas experiencias para estas dos niñas?

A María le estalló un trastorno de ansiedad por el que acudió a consulta: «Me pongo fatal a menudo, con un miedo inexplicable. Tengo miedo por las noches de que va a pasar algo malo. No puedo dormir. Soy incapaz de apagar la luz. Si mi madre me apaga la luz me altero mucho, me agobio y me entristezco. Paso las noches sin dormirme hasta las cinco. En mi casa me quedo pendiente de la puerta y la ventana, como si fuese a entrar alguien y lo quiero controlar. Duermo justo al lado de la puerta, me creo que va a pasar algo malo, que va a entrar alguien. No puedo quedarme sola en casa, tengo que llamar a mi novio, a mis hermanas, no puedo estar sola. Me da un ataque de pánico. Creo que va a venir alguien a matarme. En el trabajo me asusto mucho cuando alguien va a entrar por la puerta trasera del almacén. Es la puerta de los empleados, pero ayer me pasó que mi compañera fue a entrar y me asusté tanto que cogí uno de nuestros cuchillos para defenderme. No sé de donde viene este miedo, estas reacciones extrañas. Creo que no soy normal, que me estoy volviendo loca. Tengo mucho miedo a la muerte, siempre me asalta la misma idea obsesiva, la idea de que alguien viene a matarme».

Para las personas traumatizadas por sucesos donde ha habido una amenaza a la propia vida, el mundo ha dejado de ser un lugar seguro, predecible, controlable. Se cree que la muerte puede acechar en el sitio más inesperado.

Después de recordar el día del atentado en las sesiones, María nos contaba: «Ahora entiendo el miedo a la oscuridad, el temor de que va a pasar algo malo. Pensaba que como no tenía recuerdos de ese día no podía haberme afectado, pero ahora he sentido totalmente el miedo de ese día. ¡Madre mía, estoy llena de miedo!».

A Ana le explotaron varias crisis de ansiedad, y ha tenido problemas laborales y de relación. «Voy con una armadura puesta, no me fío de nadie. Voy en tensión, pues parece que me van a decir algo que no voy a poder contestar, o que me van a preguntar algo íntimo mío y que me voy a quedar bloqueada. No me gusta hablar de mí, soy reservada. Creo que las personas son malas, no me fío de nadie. Esta situación me crea rechazo hacia la gente. En la familia de mi novio hablan todos muy libremente y yo no puedo hablar de nada con naturalidad. Me duele lo que dicen, estoy en guardia, me pongo violenta, tensa; entonces parezco estúpida. Dicen que soy demasiado seria».

Cuando se ha sufrido acontecimientos de este tipo perpetrados por otros hombres se puede perder la confianza en los seres humanos. El trauma viola la conexión humana y la persona queda presa del aislamiento, del miedo a resultar nuevamente herida, dañada.

Gracias al tratamiento psicológico, María pudo superar los trastornos mentales que presentaba y ha conseguido irse a trabajar a Londres de camarera para aprender Inglés. Aunque le asaltan los miedos en las noches en que acude a su restaurante, en un barrio periférico de la ciudad, es capaz de controlarlos y persiste en su sueño de convertirse en azafata de vuelo. Ana convive con su miedo a la ansiedad y con unos nervios que se le disparan de vez en cuando. Se ha casado recientemente. Ella se esfuerza por continuar con sus estudios universitarios después de haber conseguido un acceso para mayores de veinticinco años, a pesar de los problemas de concentración que padece.

Ninguna de estas mujeres ha sido reconocida, oficialmente, como víctima de terrorismo por el ministerio del Interior. Por consiguiente, no han podido hacer uso de los derechos legales de este colectivo. El argumento que se les ha ofrecido hasta el momento es que la bomba no explotó y no hubo daños materiales considerables ni heridos. Lo incompresible es que este atentado dispone de sentencia en la Audiencia Nacional y que la familia guarda las entrevistas de prensa y un vídeo que les hicieron días después del hecho.

Mientras Ana y María luchan por superar las secuelas de este trauma, claman por una vieja palabra llamada Justicia.

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