21 de septiembre de 2013
21.09.2013
Espacio Abierto

Renovación de las élites y cambio político en Murcia

«Tenemos que ser escépticos sobre el significado de esa supuesta ‘segunda transición’. La agenda política oficial de la región sigue dominada por la habitual santísima trinidad de agua, financiación e infraestructuras, junto a la ansiedad por identificar signos de recuperación económica. O sea, prácticamente lo de siempre»

21.09.2013 | 04:00

La anunciada dimisión del presidente Valcárcel y las previsiones de sustitución en los próximos meses de otros dirigentes de significativas instituciones y organizaciones de la región (CROEM, Cámaras de Comercio, Universidad de Murcia, etc.), junto a los cambios ya producidos en sectores como las Cajas de Ahorro, y los que puedan derivarse de los procesos congresuales abiertos en sindicatos y partidos, ha permitido que algunos vuelvan a esa invocación recurrente de hablar de una ´segunda transición´, aplicado ahora a la Región de Murcia.

A falta de otros contenidos mucho más de fondo, el concepto se refiere por ahora exclusivamente a la renovación en marcha de las viejas élites político-económicas que han dirigido la región en las últimas décadas. Pero, ¿puede llamarse a esto, per se, incluso si tiene mucho de cambio generacional, una ´segunda transición´? ¿entre qué y qué se produce la transición? ¿qué va a cambiar con la renovación personal?
A lo largo de los dos últimos siglos de nuestra historia regional se han producido diversos procesos de renovación de las élites y las clases dominantes, aunque nunca se ha roto la íntima conexión del poder económico y político. El viejo caciquismo oligárquico ha sabido ´gatopardescamente´ sobrevivir y adaptarse al cambio de los tiempos, reestructurándose como exigüo grupo social con la incorporación de nuevos actores en ascenso.

«La oligarquía, como sistema, y el caciquismo, como instrumento „exclusión de la voluntad de los más„, son anteriores al régimen constitucional y al sufragio y han persistido con ellos», decía Manuel Azaña. Y las tierras de Murcia fueron quizá históricamente el mejor ejemplo de ello. Estos atavismos de dominación política y de clase no nos han abandonado todavía.

Así, si el historiador Rodríguez Llopis escribía en su Historia de la Región de Murcia (1998), refiriéndose al ciclo desarrollista de los años 60 del siglo pasado que en la región «surgieron y crecieron numerosos patrimonios al amparo de la actividad política de sus creadores, que manejaban información privilegiada a través de la ostentación de alcaldías y cargos provinciales; la creación de inmobiliarias con políticos como socios fue uno de los mejores ejemplos de todo ello», ¿no podríamos suscribir el mismo párrafo medio siglo después refiriéndolo al boom inmobiliario que está en la base del estallido de la actual crisis?

La plaga de corrupción que nos ha dejado „que ha permitido que se nos cite esta semana en la presentación de la Memoria de la Fiscalía referida a 2012„ y que solo ahora estamos conociendo en su aproximada magnitud (nunca del todo, ya que sólo sabemos los casos denunciados), que nos ha convertido en la región proporcionalmente con más Ayuntamientos inmersos en casos de corrupción (según un estudio de la Universidad de La Laguna para el período 2000-2010 los casos de corrupción alcanzaron al 57,8% de los municipios de la región, siete veces el porcentaje medio nacional, y siguen aparecido más), son el testimonio de la persistencia de los viejos y deplorables hábitos de las élites conservadoras dominantes en la región, de la falta de modernización económica e institucional, y del escaso arraigo de los valores de la cultura democrática.

Esta dominación secular tiene su correlato, retroalimentado como causa y efecto, en el clientelismo, la apatía y la sumisión de amplios sectores sociales, sin los cuales no sería posible. Es a lo que se refería hace un siglo el periodista y escritor Martínez Tornel cuando hablaba de «esa inmensa mayoría de los murcianos que parece que no se enteran de nada, que les es completamente indiferente cuanto se hace en la población, que no figuran en ninguna asociación ni suscripción» (1912), y que ahora es las mayoría silenciosa a la que apela el PP.
Por eso tenemos que ser escépticos sobre el significado de esa supuesta ´segunda transición´. La agenda política oficial de la región sigue dominada por la habitual santísima trinidad de agua, financiación e infraestructuras, junto a la ansiedad por identificar signos de recuperación económica. O sea prácticamente lo de siempre, las viejas organizaciones, el viejo sistema institucional y los mismos temas en la agenda.

Dejemos ya los abusos del lenguaje. Si de verdadero cambio se tratara, ¿no habría que plantear si se van o no a adoptar medidas para acabar con la corrupción estructural; si se va a abordar como prioridad la aguda crisis social y de empleo que vive la sociedad murciana; si se va a definir para ello un nuevo modelo económico, ambientalmente sostenible, que plantee un horizonte de salida de la crisis que no sea la vuelta a la especulación urbanística y a la estafa de los macroproyectos (sean Paramount o Marina de Cope); si se va a modificar la injusta ley electoral; si se va a transformar radicalmente la vida pública de manos de una verdadera (e inédita aún) transparencia, y se va a avanzar en términos de calidad democrática; si se va a detener la ola recortadora y privatizadora de servicios públicos; si va a encontrar la ciudadanía nuevos cauces políticos para intervenir directamente en la vida pública; si vamos a tomar en serio la sostenibilidad ambiental (en movilidad, energías sostenibles, emisiones, usos del territorio, etc.).

Sólo con asuntos como estos, con reformas profundas de la esfera económica, política, institucional y ambiental, con una política que ponga en primer lugar las necesidades de las personas sin exclusiones y su derecho a conseguir los medios que le permitan una vida digna, con redistribución de rentas, y la apuesta por una nueva definición de la democracia, deliberante y participativa, que incluya activamente a los ciudadanos en su autogobierno, podríamos hablar de segunda transición: la que va de un sistema político con elecciones pero bloqueado autoritariamente, con ínfima calidad democrática y mucha crueldad neoliberal que excluye y desposee de derechos y de recursoscada vez a más gente, mientras aumentan los privilegios de una minoría, a una democracia real, sostenible, inclusiva, con transparencia y equidad social.

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