Tony Blair ganó el año pasado, a base de influencias, 28 millones de euros. Es una cifra mareante sin necesidad de traducirla a pesetas (no digamos a dracmas). Para la mayoría de la gente, ser rico consiste en no verse obligado a comprobar, a final de mes, si tiene o no tiene dinero en la cuenta para pagar la luz o el colegio de los niños. Tony Blair, con tales ingresos, podría pasarse varias vidas humanas, incluso varias vidas animales, sin revisar la suya. Parece, sin embargo, que el hombre está muy angustiado frente a la posibilidad de arruinarse. El otro día intentó cobrar once euros a cada uno de los niños que acudieron al cumpleaños de su hijo. No parecía mucha pasta si tenemos en cuenta que los llevaba en autobús hasta su casa (un palacio) y que luego les invitaba a merendar, pero era demasiada si consideramos lo que el tipo es capaz de producir en un año. Con ese arranque de tacañería, tampoco es difícil imaginar que la merienda consistiría en yogures caducados y galletas húmedas. Es lo que tiene ser amiguito de los Blair.

¿Qué pasa por la cabeza de un multimillonario que intenta hacer negocio con el cumpleaños de su hijo? Un hombre que comete una fechoría de ese calibre es capaz de los actos más viles que quepa imaginar. De hecho, hace poco anduvo por aquí presentando una especie de autobiografía y se mostró muy partidario de sí mismo y de las decisiones tomadas durante su mandato, la de arrasar Irak entre otras. La gente de este tipo es muy cruel con los demás. El fanático de su propia persona viene a ser una especie de nacionalista radical de sí mismo, de su cuerpo, su casa, su jardín y su cuenta corriente. Sólo a un nacionalista radical de su cuenta corriente se le ocurriría hacer números para calcular el precio del cumpleaños de su hijo.

Estos nacionalistas son en realidad psicópatas incapaces de ponerse en el lugar del otro, incluso del propio hijo. Por fortuna, no es el caso de Blair, que cuando saltó a la prensa lo de los once euros, con el escándalo consiguiente, se ofreció a pagar de su bolsillo la entrada de aquellos niños cuyos padres tuvieran dificultades económicas. Suponemos que les pediría un certificado de pobreza.