Los indignados» han levantado el campamento pero lo que —como niebla persistente, como Berlusconi sin Viagra—, no se levanta es la indignación. Hay menos ganas de acampar que motivos para estar indignados, por eso los activistas del movimiento del 15M realmente existentes contaron con mucha simpatía o, al menos, comprensión. Reunir indignación es más fácil que hallar su máximo común divisor o su mínimo común múltiplo, (no me acuerdo) que son operaciones que buscan resultados.

Rosalía Mera, que fundó Zara con el que era su marido, Amancio Ortega, y a la que se calcula una fortuna de 3.000 millones de euros, se mostró a favor de los indignados: «Es lo menos que podemos hacer viendo los niveles de corrupción que tenemos, de múltiple índole, tanto política en cualquier bando, como social o económica». Como es la mujer más rica de España (según Forbes) hay gente a la que no le parece bien que se indigne. Se le aplica el viejo «come y calla». ¿Tendría que comportarse como Adolfo Domínguez —por no dejar el dedal— y hablar sólo como tiburón laboral?

La primera personalidad pública que manifestó su rechazo a los indignados fue Esperanza Aguirre, que tiene muchos reflejos y soltura. En los medios de comunicación se acabó viendo y oyendo a los indignados con los indignados, en su mayoría tertulianos liberales que pasan el año indignados e indignando contra el Gobierno, primero, y contra los políticos, después, y nunca contra los bancos, contra el mercado, contra el sistema, que hace siempre lo que debe, sólo por hacerlo, porque puede, porque le dejan, porque es natural y porque lo dice el catecismo de Smith. Son «los encantados» y quieren acampar en Consejos de Administración, en gabinetes de estudios, en think tanks, rapeando conferencias en la gira continua «Bussiness and hapiness tour».