El siguiente recibo de la luz y del gas siempre es un enigma. Viva la liberalización sin competencia. Ha entrado el invierno y conviene recordar que el progreso, antes que nada, se nota en la abolición del frío de la vida cotidiana. Así empezó a ser hace medio millón de años, cuando el hombre aprendió a controlar el fuego, aunque hace medio siglo el frío todavía era general en más de media España. Los adultos españoles actuales se podrían dividir por sus carencias. Los mayores de 70 años tienen bastantes posibilidades de haber conocido el hambre y el frío. Los que rondan los 50 sólo el frío. Son carencias que no se olvidan: salen en las conversaciones evocadoras y se leen en las memorias y los relatos de corte autobiográfico. En la supresión de estas carencias se ve el progreso del país.

Los que manden dentro de unos años habrán perdido el conocimiento del frío ambiente ineludible en cuyo interior hay que hacer la vida. Entonces quitarse el frío podrá costar mucho dinero. El frío es reversible: el capitalismo trajo la libertad a Rusia pero le bajó bastante la temperatura porque los inviernos matan más personas. La liberalización del sector no ha aumentado la competencia real pero sí el albedrío facturador y deja a los ciudadanos corrientes eso que se ha llamado, como apocalípticamente, la «tarifa del último recurso» que suena a extremaunción o a triquiñuela desesperada en la defensa del juicio final. El nombre apocalíptico da miedo pero es adecuado. La energía fue alfa y será omega. El origen del universo fue un desbarajuste energético (una gran explosión, si lo prefieren, un «hágase la luz») y todos los finales temidos hasta ahora también.

La infeliz coincidencia de la subida de precios energéticos con empleos destruidos, salarios menguantes y poder adquisitivo debilitado, produce escalofríos, esa bajada de temperatura psicológica.