Hay que echar pieles de cristiano a los leones de la clientela. En el pesebre braman porque van a reducirles las raciones, las gollerías, y hay que calmar a los adeptos. Mientras el imperio se hunde, vuelve el circo con más fuerza que nunca, y la arena se llena de Cristos, sotanas, cofias frescas de monja para entretener a los desesperados que creyeron en un PSOE socialdemócrata y europeo y se encontraron de nuevo con el sectarismo iluminado y totalitario, con el Frente Popular pasado por los espejos del Callejón del Gato y aliado con la carcundia nazionalista de cuantos odian a España.

Sobre las ruinas, el apogeo del rencor otra vez. A la pesadilla del hombre nuevo, sano, magro, enemigo del tabaco, correcto, hipócrita, progresista, sin pasión, tornan a unirle el monstruo de la nación nueva, sin orígenes, sin historia, sin tradiciones, multiplicada, sin nación siquiera, recién fundada sobre la nada de una Ziquierda que siempre soñó con crear el mundo en lugar de Dios. Para el nuevo Ministerio de la Verdad orwellzapaterista, España nunca fue cristiana. Ese es un horror que quieren borrar a toda costa, que no queden para las nuevas generacione ni las huellas siquiera de la Historia. Una amnesia que anule a un pueblo que, según ellos, en todo anduvo equivocado. Hasta en sus gestas.

No entienden nada de la religiosidad popular, de la memoria sobre la que hemos crecido, de las infancias y los mitos. Pero sí saben que arrancar el pasado es dejar a un pueblo sin aliento, sin rumbo. Reescríbase todo, venga de nuevo el padrecito Stalin con nosotros. Que todo resto cristiano deje de ser vivido y se convierta en escenario sin figuras, forma hueca, un barroco perfecto por vacío. Incluso compartiendo el mismo afán por descristianizar España, el bochorno consiste en saber que hoy no es Azaña quien proclama que España ha dejado de ser católica, sino Chacón. Y la distancia que va de Azaña a Chacón, de Prieto a Zapatero, de Besteiro a Bono, es la que produce una incurable melancolía. Las máscaras de la farsa, los muñecotes del guiñol nos gobiernan y nos destruyen hoy. De una utopía errada a la mera estupidez.

Pero supongamos por un momento que la normativa establecida desde el chaconismo, apartando a nuestros militares de cualquier relación institucional con seculares tradiciones españolas (que por serlo son cristianas, aunque a ellos no les guste), como el Corpus, la Semana Santa, las procesiones, respondiera a la convicción de que el Estado no debe mostrar ninguna relación especial con ninguna confesión religiosa. Sería la negación de la memoria histórica que tanto pregonan, pero aceptemos que su selectiva memoria histórica (esa que, al respecto de la guerra civil, en un bando ve 'excesos', y en el otro, crímenes organizados) no responde al mero tacticismo de un Gobierno demagógico y perdido, de un emperador en caída, sino a una idea de la democracia que podemos discutir, pero que es honesta.

¿Qué hacen entonces todos ellos siempre los primeros en la procesión, poniendo una vela a Dios y otra al diablo? No hay un solo pueblo en España donde alcaldes y concejales Socialistas de la Nación Nueva, gobernadores o delegados, presidentes de Taifa o Diputación, pedáneos o de barrio, no hayan salido desde hace treinta años acompañando palios, custodias y cruces, reliquias y vírgenes, santos y tronos. ¿Qué pintaban Barreda y García-Page, alcalde de Toledo, en un Corpus al que su partido quiere desvincular de cualquier relación con instituciones o representantes del Estado? ¿Barreda, aun con cara de mártir 'machaconado', no es el máximo representante del Estado neutral que quieren imponer? ¿Irá también a rezar a las mezquitas? ¿Cantará y llorará con los gitanos evangélicos?

Por poner sólo un ejemplo próximo, tengo a González Tovar, el delegado del Gobierno, por un buen hombre. Más aún, por un caravaqueño de corazón, a pesar de no haber nacido allí. Les ha pasado a muchos, que después de vivir con nosotros guardan para siempre una devoción por todo lo que nos caracteriza. Por eso, además de por su ubicuidad, que es también de orden milagroso, no me sorprendió verlo en primera fila en el Baño de Nuestra Santísima Cruz el día 3 de mayo en el Templete. Pero el Delegado de un gobierno que avanza hacia la prohibición de los signos católicos en la vida pública no debería mostrarse intentando mojar su pañuelo en agua bendita caravaqueña. Salvo que sea un fariseo, salvo que todos ellos sean una panda de sepulcros blanqueados que sólo se muestran devotos por miserables razones electorales, o una sarta de cobardes incapaces de mandar a tomar por saco al señorito de la Moncloa y a la señorita del "Rubianes somos todos". Pero como creo que su fervor es sincero, me pregunto qué hará este hombre, y muchos como él, ante la próxima Ley de Libertad Religiosa con la que sus jefes pretenden azuzar otra vez el anticlericalismo y el odio a la religión cristiana para distraernos de su incompetencia.

Veremos, y ya hay voces que pretenden achacar el déficit a la Iglesia, cómo se tratará de desviar la frustración por nuestro hundimiento contra las sacristías. Querrán ahogarlos económicamente. Y una legión de desheredados, enfermos, viejos, niños despreciados sin más esperanza que el amor de unas monjas, como las de la Inclusa de Murcia, mujeres acogidas por las seguidoras de la Madre Teresa, indigentes que sobreviven gracias a Jesús Abandonado, gentes que lo perdieron todo y a los que Cáritas sostiene frente a la devastación de sus vidas, todos esos, la verdadera famélica legión, tan ajena a los sindicatos y a las fuerzas progresistas de diseño, serán, como fueron siempre, los perdedores de la tierra. Los biendesventurados de esta suma de argucias y canalladas que llamamos la crisis, y que ya no tendrán ni a Dios para caerse muertos.